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Seguramente, el título del artículo nos entusiasma a descubrir la “solución mágica” para comprender mejor a nuestros hijos y ayudarlos lo mejor que podamos. Pero esa “solución mágica” no existe porque cada hijo es único.

Revisemos algunos aspectos esenciales de nuestros hijos, que a veces nos olvidamos y otras no tomamos en cuenta. No permitamos que la cantidad avasalladora de información que encontramos en libros, revistas y manuales – la cual hay por montones y para todos los gustos – nos confunda, en vez de iluminar el camino hermoso pero difícil que es la educación de nuestros hijos.

Nunca podemos olvidar que son un regalo de Dios. Nuestros hijos son don de Dios. No son nuestra propiedad, pero Dios confía en nosotros para educarlos y formarlos. Lo cual, obviamente, implica mucha responsabilidad.

 No hay edad perfecta para tener hijos

En primer lugar, lo más importante que podemos hacer por ellos es fortalecer los vínculos familiares. ¿Qué lugar tienen los hijos al interior de la familia? Es cada vez más común, que parejas jóvenes los vean cual si fueran un obstáculo para seguir disfrutando de una vida sin compromisos, responsabilidades y sin “ataduras”. Hay que madurar. Hay que crecer en el amor. Descubrir que los hijos son una riqueza para la familia. Los hijos renuevan la familia y revelan un horizonte infinito para crecer en el amor. Si queremos ayudarlos es imprescindible que la familia tenga momentos para estar juntos. Compartir y vivir el amor, momentos de alegría y gozo, así como la incertidumbre y el miedo por las dificultades y sufrimientos que puedan venir. Muchas veces ese amor implica renunciar a los propios intereses, por buenos y necesarios que sean. Nuestro valioso tiempo e involucrarse para ser parte esencial de sus vidas. Sólo así podemos conocer sus sueños, problemas y alegrías.

Los hijos quieren ser amados

Independientemente de su edad, desean nuestro amor, cariño y atención. Son personas necesitadas de amor. Quieren ser amadas. Esto implica tener las prioridades claras. El trabajo y las responsabilidades, que en muchos casos no sólo es tarea del padre, dificulta acompañarlos como quisiéramos. Por eso debemos aprovechar los escasos momentos para estar juntos. Estar a su costado no es lo único. Aunque sea realmente importante, más significativo es lo que hacemos cuando estamos a su costado. Cada momento, actividad y detalle pueden ser trascendentales y marcarlos para el resto de sus vidas. Padre y madre tienen que involucrarse de manera personal con cada uno. Un beso, un cariño, un te quiero. Que sientan que realmente son más importantes que cualquier otra responsabilidad. Todo eso lo guardarán en el corazón para el resto de sus vidas.

Ningún hijo es único

Cada uno es un misterio. Siempre nos sorprenden con algo nuevo. Tienen muchas y distintas experiencias de vida, dones personales, carácter y personalidad única e irrepetible y tantas riquezas más, que exigen muchísima reverencia de nuestra parte. No tengamos la pretensión de conocerlos al 100%, pero esforcémonos al máximo. Eso demanda mucha dedicación, atención, preocupación, tiempo, amor, cariño, una actitud sacrificada y generosa para que se sientan comprendidos y atendidos. Para ellos los padres deben ser los primeros consejeros para escucharlos y acompañarlos en las buenas y en las malas.

 Los hijos: el tesoro más valioso

Para nuestra vida como padres son como un diamante en bruto que demanda mucha dedicación, desde que nacen hasta el final de sus vidas. Un objetivo fundamental es lograr que en el futuro puedan asumir la propia vida por sí mismos, con sus propias fuerzas y responsabilidad. Normalmente nos preocupamos por su salud, educación y bien estar. Todo eso está muy bien, y es necesario. Sin embargo, no nos olvidemos que lo más importante para sus vidas es Dios. Que sólo Él puede dar lo que más queremos para nuestros hijos: la auténtica felicidad.

Por: Pablo Augusto Perazzo

Magíster en Educación

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