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A pesar de la dura experiencia que atravesó, Bosco Gutiérrez decidió vivir como católico y enfrentar las consecuencias.

 

La historia de Bosco Gutiérrez Cortina, arquitecto mexicano, trascendió para ser plasmada en un libro escrito por José Pedro Manglano, llamado 257 días. Éste relata momentos de resistencia, entereza y espiritualidad vividos cuando fue secuestrado a fines de agosto de 1990 y encerrado en un cuarto de tres por un metro por 257 días.

Bosco visitó Guayaquil y Quito para contar su historia gracias a una invitación del Opus Dei. Su formación como supernumerario y miembro de este movimiento católico le ayudó a enfrentar esta terrible experiencia.

“Había un olor horrible, estaba lleno de mosquitos, y todavía tenía sangre del secuestro”.

Miembro de una familia de 14 hermanos, es el noveno y menor de los hombres. “Yo viví en una familia con padres excepcionales, mi papá era motor y mi mamá el timón”, así describe Bosco a sus padres, resaltando la delicadeza espiritual y el cariño especial de su madre hacia el Santísimo. Esta devoción natural los dejó muy tocados a él y a toda su familia. Eran tiempos perfectos, como vivir una “Disneylandia” donde todo era divertido y no habían problemas.

Punto de quiebre

El punto de quiebre se da en 1987 cuando muere su madre, siendo éste el primer remezón que experimentaba la familia. Tres años después, Bosco fue secuestrado, lo que llevó a su familia a replantearse todo. Para esa época ya tenía nueve años de matrimonio con su esposa Gaby y su hijo mayor tenía 8 años. “Ser el menor de mis hermanos y tener una rutina diaria, ya que me levantaba muy temprano, trotaba una hora, pasaba por Misa de 08h00 y luego iba al trabajo, me convirtió en el candidato perfecto para ser secuestrado”, comenta Bosco. Dentro de la estructura de la empresa familiar él no tenía responsabilidades con respecto al manejo de dinero.

Su vida dio un giro

Un 5 de septiembre, cayó sobre el catre y no volvería a levantarse en mucho tiempo. No comía, apenas bebía y hasta se hacía sus necesidades encima. Perdió la noción de la realidad y llegó a soñar que estaba muerto. Los guardianes vieron que la mercancía, el hombre por el que tenían que darles dinero, se echaba a perder y trataron de reanimarlo.

“En el zulo había un olor horrible, no había drenaje, estaba lleno de mosquitos, yo no me había lavado la boca y todavía tenía sangre del secuestro. Cuando me ofrecieron tomar algo, como yo no sabía si se estaban burlando de mí, dije: ‘Un whisky solo, sin agua, con hielo y en una copa de cristal’. Quería emborracharme, si es que el ofrecimiento era verdad”.

“Y vio el whisky en el ventanuco. “Pensé que era una visión. Me arrastré, porque no podía caminar, lo cogí y volví a la parte de atrás”. Bosco se pasó el vaso frío por el cuerpo, jugó con el hielo, lo olió, lo disfrutó y, cuando iba a beberlo, la voz de su conciencia le dijo: “Ofrécelo”.

Bosco junto a su esposa en su visita orando en la capilla del Colegio Torremar.

“Me puse de rodillas en el suelo y volqué el vaso. Después me sentí ridículo y tonto, me acosté en el suelo y me golpeé con la taza. Pero entonces empecé a sentir cierta alegría y escribí en el cuaderno que me habían dejado: ‘16 de septiembre. Whisky’”.

Ese fue el único momento en el que tuvo acercamiento con los guardianes y salió fortalecido. Bosco nunca vio la cara de los secuestradores.

El poder de la Navidad

Pero, a pesar de la angustia, Bosco había decidido vivir como católico, con todas las consecuencias. “Tenía que ayudar a los guardianes a conocer la fe”, explica. “Hoy es Navidad y esta noche no hay secuestradores ni secuestrados. Todos somos hijos de Dios y esta noche vamos a rezar juntos”, fue lo que escribió a los captores en un papel. Él rezó y ellos escucharon.

Tras 26 años de su liberación, Bosco reflexiona y concluye que la formación que recibió en La Obra –y a la que se refiere como “oro molido” – fue vital para redescubrirse como católico e hijo de Dios, pues gracias a la oración pudo salir fortalecido de esta experiencia.

Solo hay una cosa que echa de menos de aquellos 257 días que pasó encerrado: “Rompí el anonimato con Dios. Todo lo hacía en torno a ese amigo mío que tenía cerca… Y eso no lo he vuelto a conseguir”.

Por: Arcadio Arosemena R.

Director Revista Vive

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