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El amor no es un instinto humano, la atracción sí. Ésta, como en los animales, busca expandir la especie humana mediante la unión  carnal. 

El amor, por su parte es una decisión del hombre, una posibilidad enorme para construirse y construir, para donarse, para ser feliz, para dar razón de ser a su vida y llevarlo a la comunión plena con Dios, que es amor (1 Jn 4,8).

Por creerlo instintivo, por suponer que puede dejarse a la naturaleza para que lo eduque (como aquellos animales que apenas nacen se ven obligado a ponerse en pie para poder sobrevivir), por estimar que no tenemos decisión sobre él y que simplemente nos arrastra como un enorme torbellino hacia su interior dejándonos una sensación de vértigo o un profundo cráter de dolor cuando hemos fracasado en su intento, por esto y más estamos construyendo relaciones de pareja adaptadas más al instinto de supervivencia afectiva que al plan de Dios para hacer de nosotros imágenes perfectas de sí mismo.

Estamos construyendo relaciones de pareja adaptadas más al instinto de supervivencia afectiva que al plan de Dios…

La desmesurada emoción que activa la atracción, (el llamado “amor a primera vista”), suele confundirse con esta facultad que tiene que ver más con la voluntad que con la piel (aunque en principio pueda iniciar como un amor erótico); de ahí que, con no poca frecuencia, hayamos dejado la experiencia de amar a lo que va dictaminando el cuerpo. “Obedece a tu corazón” es lo que normalmente aconsejan los que no saben qué más decir. Pero la gravedad de estas palabras es que “el corazón”  se circunscribe a las emociones y éstas tienen un gran componente fisiológico de tal modo que no acostumbramos a obedecer este músculo cardiaco por lo que determina el bien sino el placer. Recuerde que no todo lo bueno es placentero ni todo lo placentero es bueno.

Es por esto que bien vale la pena tener en cuenta que en los procesos de enamoramiento y su posterior decantamiento los esposos se han habituado a ciertas actitudes que muy pronto darán al traste con su vínculo:

1. Porque no saben amar como cónyuges, después de casados, tienden a estar más pendientes de sus padres que de su pareja. El mandato bíblico establece “Por eso deja (se aparta) el hombre a su padre y a su madre…” (Gn. 2,24); de ninguna manera esto implicaabandono de ellos. El vínculo filial no debe romperse jamás pero ocupa un lugar distinto en la escala de quienes se han casado. Hay que romper el cordón umbilical, salir de debajo de la falda de la madre.

2. Cuando los hijos vienen, tienden a volcarse sobre ellos olvidándose el uno del otro y sus compromisos conyugales. Los hijos no deben minar la relación sino reforzarla.

3. Llegan a considerar que el día domingo es para descansar DE la familia y no CON la familia. Este día está privilegiado sobre todos los demás para compartir momentos que refuercen la relación entre ellos y con Dios.

4. Habituados a los cuentos de hadas, consideran que el matrimonio es el “fin de la historia”; ahora a comer perdices. Éste es justamente el principio de un largo camino.

5. Al afrontar conflictos, corren el riesgo de considerar que la cama soluciona las dificultades. El sexo no soluciona problemas no engendrados en ella. Nunca vayan a la cama enojados. “Que la noche no os sorprenda en vuestro enojo” (Ef. 4,26).

6. Es un atentado al amor humano donar los cuerpos sin hacer una oblación de la vida. Eso se llama prostitución gratuita.

7. Confundir pasión con amor es una gran equivocación. La primera la aplacan los años pero purifica éste y lo perfecciona.

8. Finalmente, han de recordar que ninguno de los dos se hace “una sola carne” ni con los hijos, que un día se irán, ni con sus padres, de quienes ya se han separado o muerto. Toda pareja de esposos empieza sola y termina sola y esta es una simple razón para reconocer la importancia de cuidarse mutuamente.

Toda relación de esposos tiene una rutina, necesaria para la maduración; lo que debe evitarse es que tal rutina la conviertan en una monotonía que asesine su opción, su elección.

Porque no es un instinto sino una facultad, el mayor don para hacernos semejantes a Dios es por ello que requiere sentarse a los pies del Maestro para aprender directamente de él cómo debemos amarnos y no fracasar en el intento. 

 

Vía Aleteia

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