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Miles de seres humanos viven obsesionados por su imagen corporal.

Estudios siquiátricos recientes asociados con la Cirugía Estética y la Dermatología revelan que,  aproximadamente el 2% de la población mundial padece el “trastorno dismórfico corporal” conocido como TDC caracterizado por una percepción distorsionada del cuerpo que genera una exagerada tendencia a la autocrítica con respecto al aspecto físico.

El TDC llega a convertirse en algo crónico cuyos síntomas empeoran con el tiempo si no se recibe un tratamiento adecuado. Quienes padecen esta patología continuamente encuentran defectos en su persona que pueden tener un origen real o imaginario y los lleva a experimentar un significativo malestar sicológico que deteriora grandemente su desempeño personal, social y laboral. La mayoría de los investigadores concuerdan en que se debe a una combinación de  factores biológicos, psicológicos y ambientales.

Por lo general el inicio de los síntomas comienza en la adolescencia cuando es más fuerte el impacto de las críticas relacionadas con la imagen y aunque erróneamente se pensó que las mujeres eran las más afectadas, las investigaciones han demostrado que se da en ambos sexos. Cuando llega a casos extremos puede llevar a pensar en el suicidio (algunos lo han cometido) por lo que, cuando se diagnostica, es necesario buscar ayuda siquiátrica o sicológica.

El Trastorno Dismórfico Corporal (TDC) fue descrito por primera vez en 1891 por el italiano Enrico Morselli, quien acuñó el término  dismorfofobia. Pasaron décadas hasta que los criterios diagnósticos quedaron estandarizados y no fue hasta 1987 que la Asociación Psiquiátrica Americana lo registró oficialmente como trastorno siquiátrico.  Se calcula que unos nueve  millones lo padecen en Estados Unidos, de los cuales un 75% recurre a las cirujías plásticas para cambiar su apariencia.

Los afectados por este trastorno suelen desarrollar conductas compulsivas y continuamente se comparan con otras personas. Buscan disimular la parte del cuerpo que les produce la inconformidad, evitan socializar o fotografiarse y les gusta interrogar a los que tienen a su alrededor sobre su aspecto físico. Visitan compulsivamente a médicos, dermatólogos y cirujanos plásticos buscando un remedio con el que generalmente no están de acuerdo, porque más que físico, el problema es sicológico.

Los afectados por este trastorno suelen desarrollar conductas compulsivas y continuamente se comparan con otras personas. 

La imagen de los “mass media” refuerza el problema

Los medios de comunicación constantemente promueven imágenes de cuerpos esbeltos y llenos de glamour.  Comerciales, películas y series televisivas, imponen estándares de belleza casi siempre creados artificialmente a base de bisturí y cosméticos en las mujeres, sin excluir a los hombres, quienes además utilizan dósis de esteroides y programas de ejercicios en los gimnasios para crear cuerpos musculosos.

A esto se agrega un  modelo de vida carente de  valores morales y espirituales, con ausencia de Dios y de la fe, donde sólo importan el placer, el dinero y el éxito a toda costa. Esta combinación de factores crea patrones de conducta equivocados en las mentes de los pasivos espectadores, que reciben el mensaje sin ejercer una  conciencia crítica sobre el producto que están consumiendo. El deseo de imitar a estos “falsos ídolos” lleva a muchos a obsesionarse con su imagen corporal y pueden llegar a desarrollar la patología del TDC.

El deseo de imitar a “falsos ídolos” lleva a muchos a obsesionarse con su imagen corporal y pueden llegar a desarrollar la patología del TDC.

La Palabra de Dios y la Fe muestran la dignidad del ser humano

En el primer libro de la Biblia, leemos: “Dios creó al hombre a su  imagen, a imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27)

De todas las criaturas visibles sólo el hombre es “capaz de conocer a su Creador”, es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y esta es la razón fundamental de su dignidad. (Catecismo No. 362)

La dignidad del ser humano se fundamenta en ser hijo de Dios, creado a imagen y semejanza de su Creador. 

La dignidad del hombre no radica en los genes de su ADN, ni depende de cuanto puede tener o hacer, o de su pertenencia a una raza determinada, a una cultura o nación. Tampoco disminuye a causa de una enfermedad o de algún defecto corporal. Quienes piensan así están equivocados y sus creencias y su comportamiento causan grandes daños a la humanidad.  La dignidad del ser humano se fundamenta en ser hijo de Dios, creado a imagen y semejanza de su Creador.  Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de libre voluntad la persona humana está ordenada a Dios y llamada, con su alma y su cuerpo, a la felicidad eterna.

 

Vía Aleteia

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