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En varios países, el aborto está permitido en estos casos. ¿Es mejor acabar con una vida que ha empezado de una manera violenta que dejar que nazca de una madre el hijo de su agresor?

La violación es siempre un acto malo porque se ejerce una violencia contra otro ser humano.

El Señor pretendió que la intimidad sexual tuviera lugar sólo en el contexto del matrimonio entre un hombre y una mujer. En el Génesis podemos ver como Adán exclama: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”. La Escritura continúa diciendo: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne”. (Gn 2, 23 y 24).

La intimidad que conlleva la unión sexual se da entre los esposos y Dios quiso que fuese libre, confiada y fructífera. La Iglesia sostiene que esta unión no es solo física, también es espiritual: “En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual” (Catecismo de la Iglesia Católica 2360).

Está claro que una violación es un acto violento y un pecado gravísimo y que va en contra directamente de lo que debería ser la intimidad sexual. El Catecismo afirma: “La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral” (nº 2356).

El Señor nunca quiso que el acto sexual se realizase de esta forma tan violenta. La violación es siempre un pecado gravísimo. En cualquier caso, la vida humana es siempre sagrada desde el momento de la concepción, sea cual sea el modo en que el niño fue concebido.

El Señor saca un bien de un mal, y en este caso una nueva vida de un acto destructivo.

La vida humana comienza en el momento de la concepción. Cuando un espermatozoide fertiliza un óvulo, una nueva vida humana ha sido creada. “Desde todos los aspectos de la biología molecular moderna, la vida biológica está presente desde el momento de la concepción”, afirma el doctor Hymie Gordon, presidente del Departamento de Genética de la clínica Mayo. “Cada persona tiene su propio ADN, un código genético que demuestra que él o ella son una persona única”.

Una nueva vida humana no es sencillamente la suma del padre y de la madre, ni tampoco la suma de sus acciones. La Congregación para la Doctrina de la Fe dice: “Desde el momento de la fecundación del óvulo, queda inaugurada una vida que no es ni la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo”. (Declaración sobre el aborto, nº 12).

El Beato Juan Pablo II escribió mucho sobre el valor de la vida humana en Evangelium Vitae: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado (Jr 1, 5). La existencia de cada individuo, desde su origen, está en el designio divino”  (Evangelium Vitæ, 44). El Señor nos conoce a cada uno de nosotros, sea cual sea la forma en la que hayamos sido concebidos, y nos quiso incluso antes de existir.

El profesor Joseph Arias del Christendom College explica que “a pesar de ser un gran bien, la vida humana puede ser, en algunos casos, producto de un acto pecaminoso. Algunos niños son concebidos en actos de fornicación, adulterio y en muchas ocasiones mediante la fecundación in Vitro. Dios prohíbe estas acciones en la medida en que constituyen un pecado, pero el valor de la vida humana sigue siendo incalculable, para la persona concebida especialmente y también para el resto de nosotros, que deberíamos amar esta vida y también la vida por venir”.

La violencia perpetrada contra la mujer no se puede eliminar a través de la violencia del aborto que esta realiza hacia su hijo. 

La Escritura nos cuenta que el Señor creó el mundo y que lo bendijo; incluso si se cometen acciones malvadas contrarias al plan de Dios. Esto se produce porque nos ha concedido libre albedrío. Mientras que el Señor permite que los hombres y las mujeres puedan elegir el mal, en su Providencia siempre saca un bien del mal cometido.Hay una gran diferencia entre la voluntad de Dios y lo que Él permite que ocurra respetando el libre albedrío de las personas. A menudo el Señor saca un bien de un mal, y en este caso una nueva vida de un acto destructivo.

 

El Catecismo nos enseña: “Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien” (Catecismo nº 311).

El profesor Joseph Arias escribe: “Es importante reconocer que en el caso de violación, o cualquier otra circunstancia que no sea la voluntad de Dios, a pesar del pecado, Él saca algo bueno (la concepción de una vida humana) pero esto que es algo bueno, no justifica el pecado. El pecado es intrínsecamente malo y está prohibido (y en absoluto forma parte de la voluntad de Dios), no puede ser justificado ni siquiera porque salga algo bueno de él. Sin embargo, el bien obtenido sigue siendo un bien y sigue teniendo la capacidad de tener un papel positivo en la providencia de Dios”.

Con respecto a los niños concebidos por violación, el profesor Arias afirma: “Dios quiere el bien de las vidas concebidas, a pesar de que el mal que contienen los actos que han llevado a su concepción está prohibido y solo se permite que tengan lugar”.

La pena y el sufrimiento de la víctima de la violación son enormes y exige nuestra compasión y nuestra atención. La violencia perpetrada contra la mujer no se puede eliminar a través de la violencia del aborto que esta realiza hacia su hijo. Su curación sólo puede realizarse a través del amor de Dios y del pueblo de Dios que puede hacer que este amor se haga palpable.

Vía Aleteia

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