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El amor no está en crisis. Estamos en crisis las personas cuando desviamos el sentido del amor, cuando sacamos de cause su significado y vivimos de espaldas a lo que verdaderamente es.

 

Estrictamente, el amor es una virtud que nos viene de Dios y a Dios converge, sencillamente porque Él es el Amor mismo. Todos los demás amores de Él proceden. Todo lo que es capaz de ser amado es un regalo de Dios, pero hay que estar atentos para no despistarnos y pensar que el amor ya pasó de moda…o que todo lo que nos place es necesariamente “el amor”.

Amor conyugal

El amor entre esposos es superior y  grande porque es la prolongación del Amor de Dios. El matrimonio se elige una vez y para siempre, aunque no se presente como la primera vez, ya que la convivencia podría matizar la primera pincelada del amor y hacerlo madurar.

El amor es una decisión de la voluntad. Por eso, el amor conyugal ha de ser una decisión habitual de los esposos. Un decir sí al esposo o a la esposa todos los días, muchas veces al día cuidando esos detalles que hacen agradable la vida conyugal o evitando situaciones que ponen en peligro el trato mutuo.

Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón 

Saber que en la vida todo tiene sus  prioridades, y el amor también tiene su escalafón: primero, Dios que es el inventor del amor; luego, “los demás” (no “lo demás”…) y en último lugar: yo.  Si cambiamos el orden del amor, siempre alguien va a salir “mal parado”.  Saber amar ordenadamente nos pone en el camino de la felicidad y la tranquilidad.  Cuando entre “los demás” el primero es el esposo o la esposa, incluso antes que los propios hijos, todo va poniéndose en su sitio:

  • el amor a la propia familia de sangre, que luego de habernos casado pasa a un segundo plano muy importante;
  • el amor a los amigos, que tienen su espacio pero que no nos quita intimidad con nuestro cónyuge;
  • el amor y dedicación al trabajo que ha de verse no como un fin sino como un medio;
  • la diversión y el descanso que son necesarios, vividos y pensados desde mi situación de persona casada, entre otros temas más.  

Todos los aspectos de nuestra vida, una vez que estamos casados, han de pasar por el filtro del aporte a la vida matrimonial: ¿esto o aquello que quiero o me gusta, me acerca o no a mi esposo o esposa? ¿Las decisiones importantes las tomamos en pareja? ¿Soy capaz de desprenderme de caprichos o gustos para hacer feliz a mi cónyuge? ¿Perdono con facilidad? ¿Pido disculpas de modo sencillo? ¿Acepto las observaciones que me hace mi esposo o esposa?

Un amor inteligente

El amor conyugal no está en crisis. Los valores humanos, las virtudes cristianas no están en crisis. Somos las personas las llamadas a dar al amor su lugar, su verdadero lugar. Un amor inteligente no se deja llevar por el capricho, la comodidad, la sensualidad, la novelería, la presión social.  El amor inteligente, y para que lo sea,  sabe que no todo gira alrededor del sentimiento. El sentimiento es un “adicional” que nos facilita el amor, aunque muchas veces también nos mete en problemas. El sentimiento no suple al amor ni es el amor mismo, ya que unas veces se “siente querer” y muchas otras no se siente nada.

El amor, lejos de ser un sentimiento, es una virtud que nos viene del cielo y al cielo debe volver, es una decisión de nuestra voluntad. Tiene que ser vivida día a día. Cuidamos al amor cuando cuidamos nuestro “encargo”, esa joya preciosa que los casados hemos recibido con nombre y apellido para siempre. Por eso, la guarda del corazón es importantísima en la historia de amor de cada pareja de casados. En el amor conyugal no caben “los recovecos”, esos espacios para el egoísmo porque luego no hay lugar más que para el “propio yo”, que convive con nosotros desde que nacimos y que se levanta por sobre todas las cosas cuando no se lo pone en su lugar. Se entrega el corazón a una sola persona y se lo entrega entero.

El dolor es un compañero de viaje

El amor no está peleado con el dolor. Ni con el dolor que viene sin que lo pidamos, ni con aquel que es consecuencia de nuestros errores o de nuestros defectos.  Hay que aprender a sufrir, porque el sufrimiento es el compañero de viaje de todos los mortales.  La aventura del matrimonio trae necesariamente algún toque de dolor, grande o pequeño, que, si lo sabemos llevar, nos ayuda a salir de nuestro ego y nos pone en UN camino de DOS, una unidad de dos.
 

Libremente del otro

Si bien el matrimonio es una unidad, cada quien sigue siendo el que es, pero “en el otro” y de un modo estricto, ya que la entrega es plena. Seguimos siendo personas con nuestra propia individualidad pero con la disponibilidad de una mutua entrega plena al otro. Y una entrega libre, sino no sería entrega. El amor será más grande en cuanto más plenamente me entregue. El amor no solo es renuncia sino también afirmación del quererme dar entero.  Y aquí también cuenta la capacidad de perdón. El perdón es volver a darse, volver a donarse. Volver a amar.

 

Por Cristina Viteri de Melo

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