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Nada original pero me ha salido una bonita frase: “el apostolado es la amistad de Jesucristo que nace y crece entre los hombres”. Es como una de esas síntesis que se van destilando dentro de uno con el tiempo, el trabajo, la familia, los amigos, las gracias y desgracias de esta vida peregrina. Me reafirmo en ella. 

Creo firmemente que el apostolado es, antes que nada, amistad. Pero amistad de verdad, no complicidad en el mal. Jamás componenda ni respeto humano. Sintonía en el bien y la verdad, no solo un compromiso de buenas maneras ni una mera simpatía afectiva. La amistad contiene un potente interés por el bien del amigo, una alegría honda por verlo alegre, es un camino común lleno de las inclemencias de la vida así como de los consuelos y alegrías que el cariño nos ofrece. 

Como don inmerecido que es, no se puede calcular, medir, proponer como una estrategia o supeditar a algún tipo de resultado o meta extraña a la amistad misma. Pero su gratuidad e incondicionalidad no existe sin la verdad; en ese sentido busca y exige inflexiblemente los frutos propios de la caridad cristiana. Puede denunciar los errores y hasta las bajezas del amigo, pero jamás lo abandona por sus defectos, problemas o caídas. Está tan lejos del moralismo y el juicio duro como de la mentira política y cobarde que llama bien al mal y mal al bien por evitar algún sufrimiento o el rechazo. 

Queda algo fundamental por decir: el apostolado es la amistad de Jesucristo. No tiene otro paradigma que su Amor, su lealtad, su honda ternura y caridad. Como tal, arde en el corazón del cristiano con la paz perpetua del mismo Dios, ordena sus afectos, fortalece su voluntad y lo dispone al martirio. Siendo absolutamente íntima y personal, es a su vez una luz que invita a todos a la luz, una sal que da sabor a la vida. Como luz deja ver dentro de uno lo bueno, lo malo y lo feo; como sal da sabor y evita la corrupción. Esta luz y esta sal iluminan y dan sabor a todos los amores humanos que brotan como regalo de Dios entre los cristianos y es a su vez semilla de cristianos, savia que corre por las venas de la Iglesia hasta el fin del mundo.

No se puede esconder la amistad de Jesús, es una urgencia que llevamos dentro, una pasión inagotable por el bien de todos. Él mismo nos dijo: “yo los llamo amigos, no siervos”. Se me ocurre que es porque los primeros dan gratis, los segundos no. Y lo más bello en esta vida nunca se puede pagar.

 

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