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Ayer, 24 de septiembre, Catholic-link (pagina que dirijo) publicó un artículo en el que se hacía una lectura crítica sobre el discurso de Emma Watson ante las Naciones Unidas. La nota alertaba sobre el tipo de feminismo del cual es partidaria la actriz británica y la ONU; un feminismo, como todos sabemos, explícitamente abortista que promueve la igualdad de género y toda la ideología que le es propia.
 
Los comentarios fueron muchos y muy diversos. Pero me llamó la atención la gran cantidad personas, cristianos de buena fe en su mayoría, que expresaron su malestar y manifestaron su oposición al artículo. Si tuviera que resumir el argumento principal del desacuerdo diría que para muchos criticar el feminismo equivalía a despreciar la importancia de luchar por los derechos de la mujer. Acusaciones de «misoginia» y «machismo», así como comentarios del tipo: «entonces están de acuerdo con el rechazo y la opresión femenina», me hicieron pensar en la existencia de una equivocada y peligrosa asociación de caracter exclusivo entre feminismo y defensa de los derechos de la mujer. Entendido de este modo es comprensible que una crítica al discurso feminista de la actriz, aunque fuese centrado sólo en los elementos ideológicos y anti-cristianos de su planteamiento, haya sido recibido con mucha resistencia y se haya malinterpretado con facilidad.

La verdad es que el feminismo es un modo de activismo cultural en favor de los derechos de la mujer pero no son el único modo. De hecho, existen una gran cantidad de personas y movimientos defensores de los derechos de la mujer que no aceptan que se les coloque la etiqueta de feministas. Lamentablemente, lo queramos o no, el término «feminismo» contiene una carga ideológica, o por lo menos, una ambigüedad tal, que en muchos casos confunde y no ayuda a comprender la aproximación pro-mujer que mantiene y promueve desde siempre la Iglesia: una aproximación a favor de la vida y de la comprensión de la maternidad como dimensión particular de la realización de la dignidad femenina (Mulieris Dignitatem, 17); de dignidad compartida y complementariedad fundamental entre los sexos (Mulieris Dignitatem, 25); una aproximación «que sin caer en la tentación de seguir modelos “machistas”, sabe reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación» (Evangelium Vitae, 99).

Sé que muchas feministas católicas, a quienes admiro y respeto profundamente, me responderían con dos argumentos: 

 

El primero, que existe un feminismo radical y un feminismo moderado; que es importante distinguir los dos para no satanizar al feminismo en sí. Concuerdo plenamente. Pero la verdad es que cuando nos enfrentamos a la realidad podemos ver que los cristianos no hacemos la matemática, son muy pocos los que saben distinguir bien un feminismo moderado de un feminismo radical si es que ninguno de sus exponentes aparece con los pechos descubiertos e insultando obispos. Es más, esta distinción ni siquiera la saben hacer algunas feministas católicas visto que rebotaron en sus redes sociales el discurso de la joven embajadora de la ONU. Eso sí, agregaron que no compartían lo de “decidir sobre el propio cuerpo” y la ideología de género, pero que el resto del discurso era feminismo sano. ¿Eso se puede hacer? Porque si se puede poner entre paréntesis la organización a la que se representa y el contexto de la ponencia, y además se pueden elegir los extractos más convenientes, creo que Hillary Clinton también tiene discursos muy recomendables. 

¿En qué momento el Papa nos pidió que usáramos el término «feminismo» para promover este «nuevo feminismo»? 

El segundo argumento iría en esta linea: me dirían que el Papa Juan Pablo II, en el mismo numeral de la encíclica que cité lineas arriba, invita a las mujeres católicas a promover un «nuevo feminismo» (que en el documento aparece entrecomillado, por cierto) distinto del feminismo ideologizado que actualmente domina la narrativa sobre la defensa de los derechos de la mujer. Estoy totalmente de acuerdo con esto y en ningún modo quisiera contradecir la invitación de nuestro santo pontífice, pero, ¿en qué momento el Papa nos pidió que usáramos el término «feminismo» para promover este «nuevo feminismo»? Considero que el uso de este término es una decisión estratégica que en ningún modo puede deducirse de las palabras del Santo Padre. Promover un «nuevo feminismo» quiere decir, más allá del nombre, impulsar un movimiento de evangelización de la cultura que recupere las bondades originarias del movimiento feminista, decante los contenidos ideológicos del feminismo actual y promueva las enseñanzas de la Iglesia sobre el rol de la mujer en la sociedad y sus derechos inalienables. 
 
Dado que a 20 años de la publicación de la encíclica Evangelium Vitae el término «feminismo» ha sido secuestrado a tal punto que ni los católicos mismos sabemos distinguir su versión católica de la versión radical promovida por la ONU, ¿Qué pasaría si por razones estratégicas y para evitar ambigüedades decidimos renunciar a él?, ¿Cuál sería el problema, visto que ni siquiera es un término acuñado en el seno de la Iglesia? ¿Por qué no reunir todas las fuerzas católicas y cristianas bajo la bandera de la defensa pro-mujer en vez de continuar navegando en el mar indiferenciado y borrascoso de la causa «feminista»? ¿No será que la causa pro-vida ha ganado tanto terreno porque nunca perdió el aliento en disquisiciones de este tipo? ¿Estaríamos desoyendo la invitación del Santo Padre si renunciamos al término «feminismo» en nuestra labor evangelizadora a favor de los derechos de la mujer? No formulo preguntas retóricas. Les comparto una genuina inquietud.
 
Termino diciendo que me duele sinceramente que algunas personas se hayan sentido ofendidas por las publicaciones que hizo Catholic-link en los últimos dos días. Espero que ahora, habiendo aclarado nuestras intenciones, puedan comprender mejor nuestro objetivo.
 
Por: Mauricio Artieda
Vía: Religión y Libertad
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