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“La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones”, Evangelii Gaudium, n.103.

Cristo fue ante sus contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación correspondiente a esta dignidad.

A lo largo del Evangelio podemos ver la manera en que Jesús se relaciona con mujeres de toda edad y condición. Les concede milagros como a la hija de Jairo a quien le devolvió la vida. (Mc 5, 41), otras le acompañaron durante sus peregrinaciones mientras anunciaba el Evangelio.

Se muestra justo y misericordioso con la mujer sorprendida en adulterio, a quien un grupo de hombres iban a lapidarla, Jesús les dice: “Aquel de vosotros que esté sin pecado que le arroje la primera piedra.” Al desaparecer sus acusadores le dice a la mujer: “Yo tampoco te condeno. Vete y en adelante no peques más” (Jn 8, 3-11). Con cada palabra, con cada gesto que Jesús tiene con las mujeres recuerda y renueva esa dignidad que Dios les confirió “al principio”.

Se sorprendían de que hablara con una mujer
(Jn 4, 27).

Jesús confió en la mujeres

En una ocasión dialogó con una samaritana en el pozo de Siquem. Incluso, le revela a esta mujer que Él era el Mesías (Jn, 4,24). Jesús les confió a las mujeres, igual que a los hombres, verdades divinas, lo cual era inconcebible en esta época.

Cuando le preguntaron a Jesús sobre el derecho de los hombres de repudiar a su esposa por cualquier motivo, Él les contestó: al principio fueron creados hombre y mujer, y al unirse llegan a ser una sola carne. “Lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mt 19,6). En este pasaje del Evangelio, Jesús nos recuerda la indisolubilidad del matrimonio como una de sus propiedades esenciales. Al mismo tiempo condena la discriminación hacia la mujer. La relación entre hombre y mujer tiene como base el respeto y ayuda mutua.

Jesús les dice a los hombres: “todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 28). Condena la cosificación de la mujer, condena que sea vista como un objeto, específicamente, como un objeto de placer. De este manera realza la dignidad de la mujer, del hombre y del amor conyugal.

Por último, fue un grupo de mujeres, entre ellas María Magdalena las primeras testigos de la Resurrección de Jesús; fueron las primeras llamadas a anunciar esta verdad a los apóstoles.

Esta visión cristiana sobre la dignidad de la mujer supuso un gran cambio para las mujeres en occidente lo que no ocurrió en otras civilizaciones.

Cristina Valverde
Abogada

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