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Desde épocas de reyes y emperadores, una ofensa hacia alguien era más que una mera mala educación, se trataba de un acto grave que hasta podía ser castigado con la muerte, dependiendo de la dignidad de a quien se ofendiese.

Si un esclavo ofendía a otro esclavo, un simple acto de perdón bastaría para saldar la deuda. Pero si ese esclavo ofendiese a su amo, su ofensa seria de mayor grado por el hecho de que a quien ofendió posee mayor dignidad  (en términos humanos).

Así mismo, si ofendiera a su rey, su duda sería mucho mayor. Ahora, ¿qué pasaría si una persona ofendiese a su Dios?, la deuda de esta persona sería infinita ya que a quien ofendió  goza de dignidad infinita, incomparable a la de cualquier hombre. ¿Cómo saldar esa deuda? Sería imposible. 

Ni todos los sacrificios del mundo alcanzan a equivaler a aquella deuda. Con el pecado de los primeros padres justamente esto fue lo que sucedió. Esta es la carga terrible del pecado original. Fue entonces que Dios, queriendo dar otra oportunidad a la humanidad, envió al único que podría saldar aquella deuda con su sacrificio: a su Hijo, pues él goza de la misma dignidad que el Padre. 

Así como los corderitos eran sacrificados en ofrenda para la purificación, es Cristo quien se ofrece por puro amor para purificarnos. “Él ha sido herido por nuestras rebeldías y molido por nuestros pecados, el castigo que nos devuelve la paz calló sobre Él y por sus llagas hemos sido curados”. (ls 53,5). La cruz nos enseña quiénes somos para Dios y es signo de nuestra reconciliación. La cruz es el signo del cristiano. Esa cruz es la historia de amor de Dios con nosotros tiene forma de Cruz. ¡Acojámosla con fe!

 

 

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