Compartir:

Continuando con los siete domingos de San José, te presentamos los cuatro últimos para que prepares tu corazón para esta festividad a celebrarse el 19 de marzo. 

También te puede interesar: Los siete domingos de San José (primera parte)

Cuarto domingo de san José: Preséntale tus necesidades de este día

“¡Id a José!” clamaba el Faraón de Egipto cuando el pueblo hambriento por la sequía no tenía trigo ni comida. “¡Id a José y haced lo que él os diga!” (Gén, 41, 55-57). El Faraón descargó sobre las espaldas de José la solución del hambre de su pueblo en los siete años de vacas flacas o sequía por toda la tierra. En José de Nazaret encontraremos al “varón justo” (Mt, 1, 19) en el que hallar soluciones a nuestros problemas de cada día, pequeños o grandes.

San José nos llevará de modo seguro a Jesús y a María. Está esperando que acudamos a su intercesión y presentarnos a sus dos grandes amores en la tierra y en el cielo. ¡Qué gran intercesor tenemos!

En el cuarto domingo, también contemplamos el dolor y el gozo que pasó José cuando presentó a su hijo Jesús al Templo de Jerusalén para consagrarlo al Señor. José y María no tenían dinero, por lo que la ofrenda fue un par de tórtolas (Lc, 2, 22-38). Cuando llegó al Templo José encontró a Simeón y a Ana, dos ancianos que profetizaban y piropeaban al Niño: “Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él” (Lc, 2, 33).

Junto a esta alegría que vivió José, también tuvo el dolor de escuchar lo que el anciano Simeón dijo a María su esposa: “a ti misma una espada te atravesará el alma”. José, que amaba a su esposa, quedó pensativo ante esta frase. ¡Cuánto deberá sufrir María!, pensó. Y así fue: ella siguió a su hijo Jesús en el recorrido de su vida hasta la Pasión y Muerte.

Quinto domingo de San José: cuéntale tus problemas familiares

La vida de José de Nazaret tuvo muchos contrastes: vio la gloria de Jesús, por una parte, y sufrió las duras pruebas que le sometía Dios. José dio muestras de una gran serenidad, aplomo, fidelidad, entrega a Dios. Nunca dijo que “no” a las exigencias de su vocación como esposo de María y padre de Jesús según la Ley.

Por estas razones san José también es patrono de los matrimonios en crisis, de los separados y de las familias desestructuradas, de las madres solteras. Cuando tengas un problema con algún hijo y no sepas cómo afrontarlo, o con tu marido o mujer, acude a José. Cuando has roto con tu familia, aunque creas que no hay marcha atrás, acude a José, él te aconsejará bien.

En este domingo se contempla la visita de los Reyes Magos. José acogió los presentes que les llevaron: oro, incienso y mirra. Sin embargo, la alegría le duró poco.

Y “avisado en sueños” (Mt, 2, 1-18) José tuvo que partir aquella misma noche. “Tomó al Niño y a su Madre y se fue a Egipto”. Así emprendió un fatigoso viaje hacia tierras desconocidas. Necesitaría de los regalos de los Reyes Magos para poder atender las necesidades de su queridísima esposa María y del Niño.

Sorprende en este pasaje del Evangelio que José no dudó ni un momento: Herodes perseguía al Niño Dios para matarlo. Le dijo el ángel que debía estar en Egipto “hasta que yo te avise” (Mt, 2, 13).

Sexto Domingo de san José: Inspírate en su manera de trabajar

Este domingo nos situamos en la vida normal de José de Nazaret tras los duros viajes que tuvieron que hacer. Sin importar, ellos se sentían felices de volver a su amada tierra Nazaret.

Jesús ya tenía unos años  y andaba con soltura siguiendo a sus padres. La Sagrada Familia se instala en Nazaret, al ser avisado José en sueños de su vuelta a Israel y de que no convenía ir a Belén otra vez, porque tenía que proteger a Jesús (Mt, 2, 19-23). Vivieron en una casa sencilla y pequeña, donde estaba la vivienda de los tres y además el taller donde trabajaba José.

La tradición dice que José era un “artesano”. Hacía labores de carpintero, de herrero, de albañil. Al empezar el trabajo seguramente rezaría una salmodia y levantaría los ojos al cielo, pidiendo la ayuda de Dios. Y lo mismo cuando terminaba.

Consciente de la misión que el Señor le confió en sueños a través de los ángeles, José se esforzó en hacer un trabajo bien hecho, con perfección humana. No solo porque así agradaba a Dios, sino porque al tener que cuidar a la Virgen María y del Niño necesitaba ofrecer a Dios y a sus vecinos un buen trabajo para alcanzar una reputación y sacar adelante a su familia. Además, José necesitaba trabajar duro y bien también para enseñar a Jesús el trabajo manual que realizaba.

Séptimo domingo de San José, dolor por la pérdida de Jesús en el Templo

 Jesús, al cumplir doce años, subió con María y José al Templo de Jerusalén para adorar al Padre en el día solemne de la Pascua. Terminadas las ceremonias, Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres se dieran cuenta. José pensó que Jesús estaba con María en el grupo de las mujeres y María creyó lo contrario.

En el primer descanso de los grupos, los Santos Esposos se dieron cuenta de la ausencia de Jesús. Llenos de dolor y desolación lo buscaron entre amigos y parientes. A todos preguntaban; mas las respuestas eran negativas. Las noches las pasaban en la oración y los días en alarmante búsqueda. ¡Qué triste y qué hondo dolor se daba en el corazón de María y de José!

Con los ojos llenos de lágrimas y al cumplirse el tercer día, María y José se dirigieron al templo de Jerusalén. Al pasar por sala donde los doctores de la Ley explicaban las Escrituras, percibieron una suave voz; era la de Jesús. Entraron y lo vieron preguntando y contestando a los Maestros del Pueblo, y siendo objeto de la admiración de los hombres.

María no pudo contenerse y después de complacerse en los misterios de Dios, le dijo: “Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Mira que tu padre y yo, llenos de dolor, te andábamos buscando”. Y Él les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabéis que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? (Le. 2,48).

Entre los brazos de ambos esposos regresó Jesús a Nazaret, causando profunda alegría al corazón de sus padres. Allí se corrió el velo del silencio y la Trinidad de la tierra se envolvió en la luz de la felicidad en su modesto hogar.

Vía: Aleteia.org 

 

 

Compartir: