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Sexo, alcohol, drogas y el narcotráfico fueron parte de su vida desde pequeño. Desafió a Dios y Él le respondió.

Nació en el estado de Arizona, EE.UU.,  en una familia adinerada y en línea con la masonería. El sexo, el alcohol, las drogas y el narcotráfico fueron parte de la vida de “el loco Maytorena”, a muy temprana edad. En su adolescencia intentó asesinar a su madre y suicidarse en varias ocasiones.

Tras un reto a su “hombría mexicana”, asistió a un retiro católico en donde lo único que hizo fue desafiar con ira a Dios… y Él le respondió.

Hizo dos años de filosofía y se graduó de teólogo en el 2001. Tiene publicados varios libros en donde aborda tres temas centrales: conversión, sanación interior y física. Su última publicación se titula “Por qué estamos enfermos”.

Omar de Jesús Maytorena ahora tiene 43 años, está casado, vive en Ecuador, y desde los 17 es predicador. Trabaja en radio y dicta conferencias y prédicas dentro y fuera del país.

Revista VIVE! tuvo la oportunidad de conocer su historia y esto fue lo que nos compartió.

Omar ¿cómo empieza tu historia?

Todo comienza con lo que venía arrastrando mi madre. Vengo de una familia muy poderosa del norte de México. Mi bisabuelo fue gobernador del estado de Sonora y estaba metido en la masonería. Él tuvo 20 hijos; entre ellos, mi abuelo materno. Alguien que nunca recibió el amor afectivo por parte de su papá, lo cual fue transferido a mi madre y a todos mis tíos. La familia estaba involucrada con el narcotráfico y la política.

A los 19 años, Sara Helena Maytorena, -mi madre- se conoció con mi papá (Guillermo Moreno), quien venía de una familia comunicativa y cariñosa. Para ella, él era como el “dios de la parte afectiva”. Dos años luego, se casaron y al año quedó embarazada de mí. Tres meses más tarde un accidente aéreo desmoronó el mundo de mi madre: mi papá murió junto a  sus hermanos.

La depresión de mi madre fue tan fuerte que pensó en matarme. Salió a Los Ángeles a una clínica clandestina para abortarme, fue donde sucedió el primer milagro de mi vida.

Diez minutos antes de la cirugía, ella miró a su derecha y vio al Sagrado Corazón de Jesús. Desistió de la idea y, pese a no ser creyente y seguir en la masonería, me nombró Omar de Jesús.

¿Cómo era la relación con tu madre?

No era la mejor. Pese a no haberme abortado, su depresión siguió y se involucró de lleno en la política. Fue diputada federal representante del estado de Sonora.

A los seis años yo empecé a sentir un fuerte odio contra ella. Tenía una lucha interna que no entendía y fue creciendo como un tumor en mi interior hasta los diez años, cuando decidí ir a vivir con mi abuela materna. Solo quería –sin razón de peso- asesinar a mi madre.

“Llegué drogado a casa de mi madre y una bala que disparé directo a su frente, la rozó. Vi cómo una sombra de una mujer con velo quitó a mi madre”

 

¿Te fue mejor con ese cambio donde tu abuela?

La verdad no mejoró mucho. Mi abuela en el 71 empezó a formar parte de un movimiento laical llamado la Renovación Carismática. Fue una mujer que siempre estuvo orando.

Yo me desaparecía los jueves y aparecía los lunes, borracho. Mi abuela llamaba a veinte viejitas del grupo de intercesión y entraban a su cuarto a orar por mí. Lo hicieron por cinco años y les debo mucho a ellas.

No fue de las que me agarró a “bibliazos”. Ella solo oraba, porque sabía lo que venía arrastrando en mi corazón.

¿No mejoraron las cosas entonces?

Solo en cuanto a los conflictos con mi madre, pero seguía con el mismo vacío. Pronto empezó mi incursión con las drogas. Con primos de mi edad (10), fumaba marihuana. Me gustó la anestesia momentánea y desde los 11 hasta los 15 probé todo lo que se me pasaba por el frente: desde cocaína, hasta ácidos. Debía acostarme y levantarme usando cocaína.

Conjuntamente, empecé a ver pornografía y fue lo más difícil. Tenía una vida de alcohol, libertinaje e infelicidad. Además, induje a tres chicas que embaracé, a abortar. En mí se encarnó la cultura de muerte. A los 14 años toqué fondo y vino el primer intento de suicidio a través de una inyección con heroína.

Aparecí en un hospital, y es allí donde tengo el segundo milagro de mi vida…

Los médicos le dieron a mi abuela dos opciones: que quedara como un vegetal o salir directo al panteón. Estuve cuatro días en coma.

Ella llevó un sacerdote y dos laicos, quienes oraron a puerta cerrada. A los diez minutos, yo abrí los ojos. Esa fue la segunda manifestación de Dios en mi vida, pero no la entendí. Salí y anduve bien dos días, pero regresé a la adicción.

En ese proceso, intenté matar en tres ocasiones a mi madre. La última vez a mis quince años. Llegué drogado a casa de ella y una bala que disparé directo a su frente, la rozó. Yo vi cómo una sombra de una mujer con velo quitó a mi madre de la trayectoria de la bala.

¿Santa María o un fantasma?

Definitivamente era Santa María. La cicatriz en su frente siempre me recuerda la misericordia de Dios.

Mi abuela me llevó a un retiro de una semana en donde me hablaron de la vida nueva. Accedí a ir por mi ego. En mi soberbia le dije: lo voy a retar a tu diosito para que vea que no puede conmigo. No podía creer en un Dios que me amaba, perdí un papá y mi mamá no me amaba.

¿Cómo pudiste asistir a un retiro tan largo?

Seguí yendo porque el Señor usó el gancho de una de sus servidoras que me gustó… como estaba enfermo, me encantó su cuerpo y seguí yendo por ella.

Aplaudían y lloraba y cantaban. Nada iba conmigo.

“Como sicólogo clínico, estoy convencido de que las adicciones, en el 98 % de los casos, cuentan con una solución en el área afectiva”

¿Fue por ella que cambiaste?

No precisamente. El sábado, fue el momento de la sanación. Estaba el padre Onésimo Cepeda, arzobispo de Catepec en aquel entonces. Él, frente a todos, me retó a cerrar los ojos y orar. No le hice caso sino hasta la tercera ocasión, donde enérgicamente me señaló y me dijo: “Dile que, si es Dios, te lo demuestre”.

Cerré los ojos y le dije con sinceridad: “Si realmente eres Dios y no un invento, este es el único momento para mostrarme que existes”. Tres hermanos llegaron a rezar por mí, como por arte de magia.

En ese momento, ni lo que no había sentido con la cocaína más pura, ni con la mujer más bella, se comparaba con la paz que sentía. Empecé a llorar como un niño.

¿Qué fue lo primero que se te pasó por la mente en ese momento?

Yo le dije a Dios, con mucho dolor, que por qué no me dio un papá que me amara. Y sentí que me respondía diciendo: “Hijo, tantos años que te he querido amar y tú te has alejado de mí”. Duré dos horas frente al Santísimo sin saber qué era esa caja dorada con el foco intermitente, que pensé estaba dañado.

Me confesé luego de ocho años, durante dos horas.

¿Cómo te sentiste?

Me sentí aliviado, hasta escuchar la penitencia. El sacerdote me dijo que tenía que pedirle perdón a mi mamá y mi reacción inmediata fue de negación. No había pasado por tanto para esto. “El que conoció a Jesús fuiste tú, no ella. A ti te corresponde dar testimonio”, aseguró el padre.

“Ni lo que no había sentido con la cocaína más pura, ni con la mujer más bella, se comparaba con la paz que sentía”

¿Lo hiciste?

Duré media hora caminando círculos hasta que me arrodillé y le dije que me perdonara por haber sido un mal hijo. Ella se paró, me empujó y me gritó: “católico hipócrita”.

Si hubiera tenido una metralleta, se la descargaba encima. Me costó tanto humillarme, y ella reaccionó así.

¿Quisiste hechar todo por la borda?

No. Pero salí como un relámpago en mi carro y le grité al padre: “¡Usted me mandó al matadero!”.

Tras la media hora más larga de mi vida frente al Santísimo, el cura se incorporó y me dijo que debía demostrarle a mi madre mi cambio con mi ejemplo, durante un mes.

Al regresar a mi casa mi abuela me dio la noticia de que mi mamá iba a vivir con nosotros por un mes, por remodelaciones en su casa. ¿Coincidencia?, no creo.

Ella empezó a ver un cambio en mi vida: misa, rosario, etc…

¿Supiste por qué le tenías tanta rabia a tu madre?

Tras mi conversión, Dios me mostró el episodio en la clínica de Los Ángeles, 15 años atrás. Creo que mi inconsciente lo sabía y por eso sentía furia. La perdoné y ella no sabía de dónde me habían contado eso. “Dios me lo contó”, le dije.

Cuando pasó el mes, mi madre sola me dijo postrada en el suelo y llorando: “¡Quiero aceptar al mismo Jesús que te cambió! Porque no me lo contaron. Mis ojos lo han visto.”  Y ella me pidió perdón. La abracé y le dije a Dios: “Papá Dios, dame una mamá nueva”.

¿Dejó la masonería por el catolicismo?

Sí. Fue un cambio tan drástico que tuvimos que salir de México, por la persecución de los masones. Tras varias amenazas fuimos a vivir a Estados Unidos.

¿Cómo llegaste a Ecuador?

A través de un obispo, a los 17 años empecé a contar mi testimonio y a predicar. Sigo haciéndolo y es Dios quien más me llena y da las fuerzas. Vine a Ecuador hace siete años por una invitación de Mons. Fausto Través, obispo de Babahoyo. Estoy felizmente casado y tengo dos hijas que he adoptado como propias. Silvia, -mi esposa- las tuvo antes de enviudar. Fiorella (10) y Valentina (15).

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