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En los últimos días, se ha discutido mucho en Ecuador sobre el caso de un periodista que fue separado de su trabajo por un mensaje de voz en Whatsapp, difundido a través de redes sociales. Más allá de lo justo o injusto que ha sido el proceder de los canales de televisión y la sociedad en general, vale la pena reflexionar sobre la opinión personal en la era de la hiperconexión.

Las personas somos seres sociales y construimos vínculos; pero la diferencia es que la popularización de Internet hace que la red social queda expuesta al mundo. Hoy en día la separación entre la vida privada y pública se ha borrado, la práctica común es compartir abiertamente lo que hacemos y pensamos en espacios que consideramos propios. Lamentablemente no dimensionamos el efecto que puede llegar a tener una fotografía y un comentario; o la imagen personal que nosotros mismos proyectamos a través de lo que decimos y cómo lo decimos.

Todas las personas proyectamos una imagen y comunicamos «algo» acerca de nosotros mismos todo el tiempo; incluso si decidimos no decir nada y quedarnos callados estamos reflejando algo. Por lo tanto, hay que tener mucho más cuidado, porque efectivamente somos seres humanos que nos podemos equivocar, pero hipócrita o no, el entorno demanda un comportamiento «adecuado» al ser compartido. Más aún si somos personajes públicos y nuestra opinión tiene el potencial de llegar e influenciar a más gente. La opinión de líderes tiene mayor trascendencia, pues funciona como guía para el resto e influye la posición o posturas de sus seguidores.

Más allá de quién emite un comentario, quienes lo reciben se sienten «dueños» de esa información y generalmente la difunden.

En el caso de personas públicas vinculadas a una empresa u organización, la relación es inevitable, y lo que hacen es directamente relacionado con la organización de la que forman parte. Consciente o inconscientemente se convierten en voceros o portavoces de una visión.  Al emitir una opinión o comentario esta persona es mensajera de una postura o noticia, y esta comunicación se convierte en una mercancía que puede ser intercambiada, y otorga poder a quien la posee.

Es por esto que más allá de quién emite un comentario, quienes lo reciben se sienten «dueños» de esa información y generalmente la difunden.

Lo que le sucedió a Carlos Gálvez es lamentable, alguien de su círculo cercano difundió  la opinión personal sobre los jugadores de un equipo de fútbol públicamente. El mensaje tenía un tono y un estilo despectivo que reflejaba una imagen de quien trabajaba como comunicador de una empresa.  

Esta experiencia nos muestra que en la actualidad cuando decidimos compartir algo con los demás, sean quienes sean estos otros, de cierta forma el mensaje nos dejó de pertenecer y pueden traer consecuencia.  

 

Por Jimena Babra

Comunicadora especializada en RR.PP., imagen y educación

 

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