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La fiesta de la Pascua es una de las dos celebraciones más importantes del año litúrgico, junto con la Navidad.

Para celebrar la Pascua, desde hace siglos, los fieles católicos nos preparamos con una serie de prácticas tanto espirituales como corporales, que tienen como objetivo primordial ayudarnos a un encuentro con Jesucristo, nuestro Dios hecho hombre.

Las prácticas cuaresmales

Todos los creyentes experimentamos simultáneamente dos realidades en nuestro interior. Por una parte, tenemos fe en Dios y muchos deseos de amarlo; pero, por otra, sentimos desgana con nuestros deberes religiosos, donde también notamos que no es fácil nuestra relación con los demás.

Esta “ruptura interior” quedó sanada por la Muerte y Resurrección de Jesús, y es lo que celebramos en la Pascua. Jesucristo nos devolvió la salud interior mediante su gracia (que recibimos en los sacramentos), pero quiere contar con nuestra libertad y nuestro deseo de ser sanados. Por esto, él nos pide algunas prácticas que nos facilitarán recibir esa gracia suya: la oración, la limosna y el ayuno, que son devociones muy ligadas a un cambio en nuestra propia vida.

Mejorar nuestro trato con Dios: la oración. Aunque en ocasiones solemos reducir nuestras prácticas cuaresmales a vivir los días de ayuno y abstinencia, lo central de este tiempo litúrgico es que entablemos (o retomemos) nuestra relación personal con Dios, mediante la oración y las devociones que cada uno prefiramos. Muchas veces, el comienzo de nuestra amistad con Dios será hacer una buena confesión sacramental, para pedirle perdón al Señor por nuestros pecados y así recuperar la paz.

Ayudar a nuestro prójimo tanto en lo material como lo espiritual: la limosna. En la Biblia se alaba a quien da limosna; ya que cuando un creyente comparte sus bienes con los demás, su corazón se prepara para escuchar la voz de Dios. También hoy Dios nos invita a ser solidarios con los demás para remediar un poco el hambre y la soledad. Tengamos muy en cuenta los consejos del Papa Francisco para ayudar a las personas marginadas y a los migrantes.

Nuestra moderación y templanza para amar y servir: el ayuno. En la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos invita a imitar los 40 días que Jesús pasó en el desierto, durante los cuales practicó el ayuno. Mediante el ayuno (tanto corporal como espiritual) nuestra mente y nuestros afectos pueden poco a poco tomar el control de nuestra vida, para que la dirijamos a amar a Dios y a servir a las personas con las que convivimos.

Este ayuno busca conducirnos hacia una vida austera, como moderar el tener, el comer y el placer. También incluye el silencio para evitar el ruido interior y las distracciones. Además, el ayuno nos debe llevar a aprovechar nuestro tiempo para orar, trabajar y convivir con nuestra familia.

Dios nos concede una nueva Cuaresma en este año 2018. Aprovechémosla con ilusión, viviendo la oración, la limosna y el ayuno, deseosos de llegar muy bien preparados a la celebración la Pascua de Jesús, en la próxima Semana Santa.

 

Por: Luis-Fernando Valdés 

Sacerdote, doctor en Teología

@Feyrazon 

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