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La gente es una cuando va a misa y es otra cuando trabaja, come, bebe, se relaciona con los demás. Si a un chico se le obliga a ir a misa, jamás encontrará el sentido del para qué vino Jesús al mundo y cuál es la misión del creyente de hoy.

No hay duda que la gente va a misa por una convicción, por una necesidad. Lo sentimos, lo deseamos. Pero la gran pregunta no es por qué ir a misa, sino ¿PARA QUÉ? Pues analizar las intenciones del corazón donde están las verdaderas respuestas de la vida, solo lo puede hacer Dios. A Él no lo podemos engañar, y sabe lo que hay en nuestro corazón, que es donde se toman las decisiones. Lo que me hace ser y hacer lo que me hace bien, bueno y bello.

Si después de ir a misa, yo sigo igual o peor, si en mi cotidianidad no celebro lo que confieso, la misa no tiene sentido. Los chicos hoy no siguen ideas, siguen ejemplos.

Un chico bueno, como el que nos cuenta el relato de Marcos, hacía todo lo que tenía que hacer para cumplir con su religión. Sin embargo, no era feliz, estaba inquieto, por eso se la acercó a Jesús y le preguntó:

¿Maestro, qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?

Jesús le dijo: “cumple los mandamientos”.

Marcos responde: “todo eso lo he hecho desde hace tiempo,  ¿qué más me falta para obtener la vida eterna?”.

Jesús lo miró a los ojos con cariño y le dijo: “anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres”.

El joven se fue triste, pues tenía dinero, que no quería soltar. (Marcos 10: 17).

 

Cumplir ritos y mandamientos no sirven sino nos hacen seguidores de Jesús. Para seguir a Jesús y ser feliz, que es sinónimo de vida eterna, yo debo hacer un acto de fe, libre y con sentido. Es decir, desde mi inteligencia y voluntad.

Los chicos no encuentran sentido a la misa por varias razones. Entre ellas por el mal testimonio que damos los adultos (la separación de la fe y de la vida), por no saber argumentar (exigimos lo que nosotros no hacemos), y lo más grave por el poco contacto real, místico con Jesús (no comulgamos de mente y de corazón).

La escuela de amor

La misa, mal llamada misa, es hacer memoria de la “Cena de Jesús”. Es una cena, donde se comparte la vida, así se fomenta la esperanza. Ir a misa es celebrar la esperanza, que no estoy solo en este mundo y que tengo el alimento que me da fuerza para luchar con sentido.

La misa es una escuela de agradecimiento. Doy gracias a Dios por todo, por eso se llama EUCARISTÍA, acción de gracias, donde celebro la vida. He encontrado a Dios en mi vida, es verdad lo que me han enseñado y transmitido, que Dios es padre y todos somos hermanos. Esto lo demuestro en el día a día, cuando estoy en una fiesta, en un juego, estudio o trabajo.

La misa ante todo, es ESCUELA DE AMOR. Revivo, actualizo y me comprometo en el proyecto de Jesús. Por mí murió en la cruz, pero resucitó y me anima a seguir su misión. Cuando comulgo, siento claramente lo que nos decía san Agustín: “el que come a Cristo, se convierte en Cristo”.

Reflexionemos:

¿Por qué ir a misa?

La respuesta eclesial es para celebrar la vida. Y ¿la personal?.

¿Por qué no quieren ir los chicos a misa?

Porque los adultos no somos coherentes y no sabemos contagiar la fe.

¿Qué debemos hacer para contagiar la fe?

Comulgar con Jesús en su palabra y en su pan.

Vía: Fabrosi.com

 

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