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Una actitud de apoyo y de respeto para fortalecer destrezas de empoderamiento y promoción para nuestros colaboradores.  

Procurar la eficiencia en la gestión organizacional, nos conduce con frecuencia a explorar las últimas técnicas gerenciales que permitan potenciar los rendimientos y alcanzar las metas trazadas. Buscamos incorporar métodos, procesos, mejoras tecnológicas y optimizar cada eslabón de la cadena de valor de nuestras empresas e instituciones, con la finalidad de lograr que los engranajes funcionen competitivamente.

Esta actitud gerencial, derivada de una formación convencional,  concentra nuestro análisis y la toma de decisiones en reportes caracterizados por cifras, indicadores, cuadros tendenciales y otros; pero en limitadas ocasiones dirigimos la mirada a la “única cosa en la empresa con valor eterno: Las personas”

Si pasamos revista por las compañías e instituciones de diversos sectores productivos del país, encontramos que aun cuando éstas hayan implementado algún sistema de aseguramiento de calidad, cuenten con programas de responsabilidad social corporativa o incluso estén calificadas como “Best place to work”; la visión, la misión y los valores de la empresa por lo general, no incorporan claramente a la subsidiariedad como parte de su fundamento.

Sin embargo, ésta puede ser una práctica en la gestión empresarial que contribuya a un entorno favorable para el desarrollo integral de los colaboradores, a la mejora productiva y al crecimiento de la propia empresa.  Este principio cristiano potencia los dones, talentos y capacidades de los empleados, permitiéndoles realizarse dignamente a través de su trabajo, evitando que el colaborador sea considerado un recurso más y peor aún un capital para explotar.

El Profesor D. Melé, de la Universidad de Navarra, señala como premisa que la subsidiariedad promueve que las personas no solo sean respetadas sino que asuman responsabilidades y cuenten con poder real lo cual conduce a alcanzar mayor autonomía, a impulsar la iniciativa, el espíritu emprendedor y la responsabilidad en el empleado.

La subsidiariedad más que una técnica, constituye entonces una actitud de apoyo, de respeto, de ayuda para fortalecer destrezas y habilidades, de empoderamiento y promoción para nuestros colaboradores.

Peter Drucker indica que “haciendo productivas las fortalezas, el ejecutivo integra sus propósitos individuales y las necesidades de la empresa; la capacidad individual y los resultados de la empresa; el logro individual y la oportunidad de la organización”.

De esta manera queda planteado el reto para impulsar estructuras donde se sesgue el privilegio del capital y los rendimientos financieros por sobre la dignidad de la persona. Impulsemos lugares donde nuestros colaboradores puedan realizarse como seres humanos, en las que el líder confíe y delegue no solo acciones sino la toma de decisión al mejor nivel de la organización, en la que derribemos la centralización de la autoridad y potenciemos la capacidad individual con la finalidad de contribuir así a un justo crecimiento personal y empresarial.

Por: Verónica Sión

Vicepresidenta Directorio

Banco de Alimentos

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