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Algunos padres autoritarios o que son muy competitivos, pueden caer en el error de no dejar al hijo desarrollar su autonomía y tomar sus propias decisiones.

 

En estos últimos días en la televisión local se está presentado una publicidad sobre la “Familia Fierro”, que es parte de una campaña sobre un crédito para estudios, la cual ejemplifica claramente cómo la tradición familiar de un trabajo, que es transmitido de padres a hijos y que incluso puede ser un orgullo o parte de la esencia en las tradiciones familiares muy arraigadas, no necesariamente son asumidas por las nuevas generaciones.

Así pues, de acuerdo a la propaganda, tanto el abuelo como el padre eran herreros, pero el hijo desea estudiar en la universidad. Luego de la conversación del hijo con el padre, lo apoyan, estudia en la universidad y consigue su meta: ¡ser el doctor Fierro!

Esto que parece como una historia ya superada, aún hoy puede ser motivo de conflicto. Tal vez en menores proporciones que en décadas anteriores, donde era más común la imposición de una carrera cuando la opinión de los jóvenes era menos tomada en cuenta.

Hoy, en que los hijos son más autónomos y tienen variadas ofertas académicas incluso a nivel internacional, sus voces son escuchadas con mayor fuerza y con mejores argumentos para elegir ellos mismos sus destinos.


¡Se hace lo que yo digo!

Podemos encontrarnos con distintas causas por las que los padres quieren, muchas veces, vivir o tomar decisiones por sus hijos. Una de ellas corresponde a los padres que no han logrado manejar una autoridad democrática, sino una autoritaria: “Se hace lo que yo digo, lo que yo creo que es mejor”, lo que genera en unos hijos rebeldía, resentimiento, inseguridad o dependencia para otros.

“No hagan por un niño nada que él pueda hacer por sí mismo”. Rudolf Dreikurs

Llevando a los hijos a algo que es peor aún: una poca identificación con la carrera o el destino impuesto por padres autoritarios. Un alto nivel de insatisfacción o frustración sienten los jóvenes que se ven presionados a elegir la carrera familiar, pasan los años de estudios muchas veces soportando la culpa de no querer defraudar a los padres que han depositado en ellos la gran carga de la tradición familiar.

Algunos no pueden sobrellevarlo y abandonan en el camino la carrera y otros la terminan, pero incluso desean luego hacer “ahora sí” lo que ellos verdaderamente desean. Complacieron a sus padres como buenos hijos, pero luego quieren tomar sus propias alas y volar.

Parecería también que quien impone criterios personales al hijo suele ser un padre que no ha podido desarrollar, ni la habilidad de la escucha activa, ni la habilidad de mirar y observar conductas del hijo para conocerlo bien y establecer la distancia suficiente para no invadir su espacio vital.

Muchas veces estas imposiciones reflejan algunas frustraciones de sueños no cumplidos o quizás, más bien, la buena intención de garantizar que el negocio familiar “seguro” quede en buenas manos.

Para algunas familias esto suele ser una gran posibilidad, pero para otras no. Lo importante es dejar en libertad a los hijos para que elijan con criterio sus pequeñas o grandes decisiones.


Padres que compiten con otros padres

Otro aspecto que con más frecuencia se presenta es el afán de competitividad, que a través de los hijos pueden experimentar, sobre todo los padres jóvenes. Hay parejas que deciden poner a sus hijos desde tempranas edades en cuanto curso o actividad exista, como una manifiesta carrera entre padres. Parece una necesidad absurda de sobresalir, de llamar la atención, mediante la participación o involucramiento, no solo de sus hijos, sino de ellos mismos en cuanta actividad hay.

Como ejemplo, el caso de una niña que había participado desde el año y medio en actividades de estimulación en dos horarios, en dos centros diferentes, durante las mañanas, y por si fuera poco, en unos meses más la introdujeron en clases de natación y terapia de lenguaje.

La sobrestimulación de la niña, que ya de por sí era un poco más inquieta que lo ordinario a esas edades, generó un mayor descontrol de sus movimientos y un comportamiento más desbordado, que implicó luego un trabajo de control de impulsos.

¡No es cierto que más sea mejor! Hay que consultar, para evitar caer en errores por falta de información adecuada.

Además, este afán de “estar en todo y de ser el mejor” puede desarrollar en los hijos un sentido equivocado de competitividad: deseos de superioridad sobre los demás. Cuando la competitividad debe ser solo con uno mismo, procurando ser mejor cada día. La educación de hoy y el trabajo laboral exigen un sentido de apoyo y trabajo de equipo cooperativo y esto se educa desde casa, cuando se genera un ambiente de ayuda familiar entre todos los miembros, aún desde los más pequeños.

Es sano guiar a los hijos desde pequeños para que vayan tomando sus propias decisiones, respetando sus opiniones, sus gustos y sin olvidar que muchas veces los hijos equivocarán sus caminos; pero son los padres quienes deben estar cercanos para animarlos a retomar, a levantarse de la caída y a reflexionar sobre ello (de allí la importancia de la confianza y buena comunicación).

Mientras se lo permitan, los hijos desarrollarán seguridad personal y el sentido de que son capaces de tomar decisiones y afrontar sus consecuencias.

 

Mónica Morla de Salvador
Mg. Neuropsicología
Psicoterapia TREC
Moderadora del Instituto de Matrimonio y Familia

 

 

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