Gratitud a las almas contemplativas

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Cada 21 de noviembre recordamos, La Presentación de la Virgen María, modelo de entrega total a Dios.

En la misma fecha, también se celebra la Jornada Pro Orantibus, que fue instituida por Pio XII en 1953. Es un día especial para recordar y orar por las comunidades religiosas de vida contemplativa, quienes, desde el silencio y la oración, se convierten en el alma orante del mundo.

Una vida ofrecida en silencio y amor

La vida contemplativa es un canto silencioso a la fidelidad. Lejos del bullicio y de las urgencias del mundo, los monjes, monjas y consagrados contemplativos dedican sus días a la oración, al trabajo manual, a la lectura orante de la Palabra y a la vida fraterna. Su misión no se mide por la visibilidad, sino por la profundidad de su entrega. Cada hora de oración, cada salmo, cada momento de adoración es un acto de amor ofrecido a Dios por toda la humanidad.

Mientras el mundo busca la inmediatez, ellos cultivan la espera confiada; mientras tantos viven saturados de ruido, ellos custodian el silencio fecundo donde Dios habla. Son el corazón escondido de la Iglesia, el latido constante que impulsa su vida espiritual.

Gratitud a quienes oran por nosotros

Hoy queremos decir con fuerza y ternura: ¡Gracias!

Gracias a todas las comunidades contemplativas que rezan por los padres y madres de familia, por los niños y jóvenes, por los sacerdotes, los misioneros, por los gobernantes, por el Papa… por todos. Gracias por sostener con su intercesión los momentos alegres y también los más difíciles de la vida del mundo.

De manera muy especial, mi familia y yo, queremos expresar nuestra gratitud a las Hermanas Clarisas de Montalvo (Los Ríos) y de Salvatierra-Agurain (Álava-España), cuya oración silenciosa y constante hemos sentido cercana en cada etapa de nuestra vida familiar. Sus plegarias han sido consuelo en la dificultad, luz en la incertidumbre y fortaleza en el camino. Saber que, en el silencio del convento, unas manos se alzan cada día para pedir por nosotros, es una gracia inmensa que merece un agradecimiento profundo.

Ellas, como tantas otras comunidades, nos enseñan que amar no es solo hacer, sino ofrecer. Que acompañar no siempre significa estar físicamente presente, sino permanecer fielmente unidos en la oración.

El valor de lo oculto y la fuerza de las almas raíz

Vivimos tiempos donde lo visible parece tener más valor que lo esencial. Sin embargo, la vida contemplativa nos recuerda la grandeza de lo sencillo. Como las raíces de un árbol, invisibles pero imprescindibles, las almas raíz sostienen silenciosamente la vida espiritual de la Iglesia. Desde su interioridad fecunda, mantienen viva la fe, el amor y la esperanza de todos.

Ellas nos enseñan que no hay oración inútil ni silencio estéril, y que la verdadera fecundidad no nace del ruido, sino de la comunión profunda con Dios.

Agradecimiento especial a los contemplativos del Ecuador

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