El cambio nunca es fácil. De hecho, las personas tratamos de evitarlo a toda costa.
Salvo casos excepcionales, nos sentimos cómodos donde estamos. El cambio nos provoca incertidumbre, miedo y rechazo. Es curioso que inclusive en situaciones de dolor, de las que claramente queremos salir, el cambio también nos genera temor. No pocas veces el cambio implica reconocer las consecuencias de nuestras decisiones y la obligación con uno mismo de implementar correctivos inmediatos. Pero nadie quiere admitirlo.
Una joven queda embarazada meses antes de concretar el matrimonio que ya tenía en mente. Un sobreviviente de cáncer recibe el diagnóstico de una nueva masa. Un empresario se enfrenta a la realidad financiera de la compañía que trabajó toda la vida. Una adolescente no gana la competencia para la cual se preparó el año entero. La vida es así, no hay garantías, no existe un contrato que nos asegure el éxito. La palabra justicia nada tiene que ver con que nuestros planes se hagan realidad, no importa cuánto esfuerzo y sacrificio les hayamos puesto. Nada garantiza que las cosas van a salir como queremos que salgan.
¿Qué hacemos entonces? Unos podrían sentirse defraudados, frustrados y molestos, justificados para permitirse un comportamiento auto destructivo; no todo el mundo está acostumbrado al cambio ni sabe cómo encararlo y cuando sus planes no se concretan, se hunden, caen en depresión. Si tienen familia o personas que dependen del éxito de esos planes, la reacción puede ser aún peor. Otros tienen una mentalidad positiva y anticipan que el cambio puede resultar para mejor, que un proyecto fallido puede ser justamente la pauta para iniciar uno nuevo y más importante. También hay los que -sostenidos por la fe- ven la posibilidad de que un contra tiempo, inconveniente o adversidad sea en realidad la mano de Dios protegiéndolos de una tragedia o mal mayor.
Todos tenemos ambas opciones cuando enfrentamos el cambio: nos paralizamos y llenamos de quejas o aceptamos que hay cosas que no controlamos y que, por tanto, no vale la pena sufrir por ellas. Aceptar que las cosas pueden no salir como uno planea es el primer paso para eludir la decepción. Luego hay que sacar provecho del revés para corregir lo que haya que corregir, crecer o aprender donde me quedé corto. En definitiva, conceder que la perfección no existe, que el pasado no define el futuro y que muchas veces lo que se nos propone es suficientemente bueno.
Para muchos, el inicio de año es ocasión de propósitos y cambios. Cambios que cada uno sabe que son necesarios en su vida y que por A o B razón no se han dado hasta ahora. Usualmente, uno es su peor enemigo cuando se trata de hacer los cambios esenciales para vivir en plenitud. Podemos llenarnos de razones, pero al final del día sabemos bien que somos nosotros mismos quienes nos hemos convertido en obstáculo para dejar que nuestra vida fluya. El miedo nos congela: las experiencias pasadas nos frenan al ser invitados a correr un riesgo, podemos tener la felicidad frente a nuestros ojos, inclusive experimentarla ya parcialmente, pero el salto de fe no resulta tan obvio.
El autor australiano Matthew Kelly lo llama Resistencia a la Felicidad: cuando nos saboteamos y nos sentimos abrumados, cuando bloqueamos nuevos sueños, cuando nos falta coraje para decirle sí al cambio. Lo llama resistencia porque es algo que encontramos a diario: suena la alarma, pero no te levantas, te ganó la resistencia; sabes lo más importante que deberías completar hoy, pero te ocupas con cien otras menos importantes, la resistencia te ganó de nuevo. Vencer la resistencia es lo que nos permitirá experimentar la felicidad para la que fuimos creados y abandonar el estado donde insistimos permanecer.
Es la llamada zona de confort, donde no tenemos exactamente lo que podríamos tener, pero nos conformamos para no exponernos a la derrota y al sufrimiento. Evitamos el cambio a como dé lugar y nos acomodamos donde estamos. Las personas rechazamos el cambio porque preferimos la predictibilidad de lo conocido, incluso si es imperfecto, a la incertidumbre que podría desintegrar nuestro sentido de seguridad. Postergamos decisiones importantes y nos aferramos a rutinas subóptimas. El cambio implica renunciar a comodidad, control y apego, lo que activa un duelo no elaborado. Además, el cambio amenaza el supuesto control que ejerzo sobre la situación actual, protegiéndome de lo incierto. Es como quedarse en la orilla de un río por temor a nadar y así evitar ahogarse, pero también perdiendo la oportunidad de algo más profundo, intenso y vivaz.
Alguien muy querida tenía planes para este año que no se llevaron a cabo en su totalidad. Una cirugía no prevista le significó replantearse algunas metas y volver a considerar otras que quizás había descartado. Con esa perspectiva, me ayudó a reflexionar para este artículo. A veces nos ponemos muchos propósitos con toda emoción al comienzo del año, quizás exagerando nuestras expectativas, pero esos propósitos pueden ir cambiando. No necesariamente tenemos que cumplir todos, porque las circunstancias cambian y tenemos que estar abiertos a aceptar las cosas como vienen. Es muy bueno tener un plan y formular objetivos, alinear la mente hacia ellos nos da un sentido de propósito. Pero hay que reconocer que no están escritos en piedra y que el cambio es parte de la vida.
Cuando te veas ante el dilema de quedarte donde estás en vez de abrazar el cambio, estos tres pasos te pueden ayudar a encontrar el camino:
- Pregúntate qué es lo que valoras de la situación actual. Explora tu ansiedad de separación y apego a lo familiar. Cuestiónate si no se trata de una defensa que te está impidiendo vivir a plenitud.
- Deja el ayer en el pasado y enfócate en el hoy y el mañana. ¿No es el verdadero riesgo perder la oportunidad de algo más profundo por miedo a lo que podría pasar?
- Cierra los ojos e imagina dos escenarios: uno manteniendo la situación actual, otro arriesgándote a vivir el cambio. El verdadero poder está en elegir el riesgo, no en evitarlo.
Y una encrucijada siempre necesita de Dios para que ponga luz donde no vemos con claridad, para que nos dé la paz que nuestra mente no le deja experimentar al corazón. Mientras nosotros estamos ocupados mirando el árbol, Dios en su omnisciencia está mirando el universo. Su Plan siempre es mejor que el nuestro, apenas hace falta nuestro fiat.
Pablo Moysam D. X: @pmoysam/Spotify: Medio a Medias









