La historia de Fernando Huerta, un sobreviviente que encontró en la fe una segunda oportunidad
A veces las historias llegan de manera inesperada. Mientras se realizaba un homenaje póstumo a monseñor Antonio Arregui, un buen amigo, Christian Huerta, compartió una carta escrita por su hermano Fernando. En ella rendía tributo a la calidad humana y pastoral del arzobispo. Sin embargo, entre sus líneas aparecía algo más: el relato de una experiencia marcada por el dolor, la enfermedad y, finalmente, por lo que él mismo considera un verdadero milagro. Era evidente que detrás de esas palabras había una historia más profunda. Por eso decidí llamar a Fernando y pedirle que contara con más detalle lo sucedido. Lo que relató fue una experiencia atravesada por tragedias familiares, una grave enfermedad durante la pandemia y un encuentro que marcaría su manera de entender la vida y la fe.
Fernando Huerta Dorman, quinto hijo del Dr. Hugo Huerta de Nully y Azucena Dorman, al igual que su padre fue bombero, y su amor por la naturaleza lo llevó a estudiar Biología Marina. Junto a Laura Mohauad, con quien tiene 38 años de matrimonio, ha criado a sus cuatro hijos: Laura María, Fernando, Paula y Ricardo. Con el tiempo se involucró en el cultivo de camarón, actividad que desarrolló junto a sus hermanos Hugo y Christian en un proyecto camaronero familiar.
Una herida que nunca cerró
Para comprender lo que ocurrió años después, Fernando empieza su historia mucho antes, en 1992. La situación del país no era tan peligrosa como hoy, pero existían grandes deficiencias en materia de seguridad. Ese año su familia vivió un golpe devastador. Su hermano Hugo regresaba de la camaronera con la pesca destinada a la empacadora cuando fue interceptado por delincuentes que intentaron robarle el camarón. No solo se llevaron el fruto del trabajo de la familia, sino que también asesinaron a Hugo. Como ocurre en muchos casos similares en el país, aunque los responsables fueron identificados, nunca se hizo justicia. La pérdida dejó una profunda marca en la familia Huerta.
Con el paso del tiempo, Fernando continuó vinculado al sector camaronero y hoy se desempeña como consultor, trabajando con empresas del sector en Ecuador y en el extranjero. La vida siguió su curso. Nadie imaginaba que, casi tres décadas después, enfrentaría una de las pruebas más duras de su vida.
Esto es lo que él mismo cuenta.
Una batalla por la vida
Durante la pandemia, Fernando y su familia tomaron todas las precauciones posibles. Sin embargo, su trabajo no podía detenerse. Como consultor camaronero debía continuar supervisando las producciones de sus clientes, labor que en muchos casos realizaba junto a su hijo mayor, Fernando.
Al recordar esos días, explica que, pese a los cuidados, el virus terminó entrando en la casa. “En mi trabajo no había descanso. A pesar de esto, un día mi hijo mayor me dice que se sentía mal. Enseguida lo pusimos en cuarentena en el último piso de la casa y yo continué con las labores. Ya habíamos pasado la primera ola del Covid; esta era la segunda”.
Poco después fue él quien comenzó a sentirse mal. Fernando comenta que un día decidió quedarse en casa y no ir a trabajar. Recalca que siempre había tenido problemas de peso, aunque para entonces había logrado bajar más de 40 kilos. Así recuerda ese momento: “Aunque todavía tenía algunos kilos de más, estaba mejor físicamente. Sin embargo, a medida que pasaban los días mi salud iba empeorando, hasta que mis pulmones colapsaron: solo estaban funcionando al 70 %”.
En ese momento ocurrió algo decisivo. Fernando cuenta que, en esos días, su hija María Laura era residente de la unidad de cuidados intensivos del hospital del IESS. Al verlo tan deteriorado acudió con su jefa para examinarlo. Según relata: “inmediatamente me dijeron que debía hospitalizarme. Yo creo que vino con su jefa porque pensaba que me iba a negar, pero les respondí que me ayudaran a subir al carro para irnos al hospital”.
La respuesta fue inmediata. La jefa de su hija le dijo: “Esperemos la ambulancia, usted no puede ir en carro”. Gracias a su pasado como capitán de bomberos le facilitaron una ambulancia y fue trasladado a la clínica San Francisco. A partir de ese momento comenzaron a suceder hechos que él interpreta como milagros.
Fernando fue ingresado directamente a la unidad de cuidados intensivos. Allí entró en coma y tuvo que ser intubado. Permanecería en ese estado durante 45 días, un periodo lleno de incertidumbre para su familia. Pero incluso en medio de ese momento crítico ocurrió lo que él considera el primer milagro.
Fernando recuerda que su esposa Laurita también fue diagnosticada con Covid: “Sus pulmones estaban funcionando al 90% cuando también fue internada. Al día siguiente, cuando la clínica empezó a realizar nuevos TAC y exámenes, sus pulmones aparecieron limpios y funcionando al 100 %. Pasó unos pocos días más internada y regresó a casa”.
Para sus hijos la situación era difícil de asimilar: ambos padres hospitalizados al mismo tiempo. Al recordar ese momento, Fernando dice: “Imagínate ese cuadro para ellos: sus dos padres internados en UCI”.
Durante los 45 días que permaneció en coma, la familia organizó cadenas de oración por su recuperación. Su hermana Bernardita pidió oraciones por su salud e incluso logró que el entonces ex arzobispo de Guayaquil lo incluyera en sus peticiones.
En medio de ese estado entre la conciencia y la inconsciencia, Fernando recuerda experiencias que lo marcaron profundamente. En varias ocasiones veía a un enfermero vestido de morado que lo ayudaba a cambiar de posición varias veces al día cuando la posición era “pronado”(ósea boca abajo para que sus pulmones funcionaran mejor). Desde una altura considerable lo veía haciendo el movimiento del coello. Cuando despertó del coma decidió preguntar por esa persona. Fernando cuenta que le preguntó al enfermero si alguien más lo había estado ayudando durante su estancia en la terapia intensiva, y este respondió que no. A lo que Fernando le comentó: “Yo veía a un señor de uniforme morado que me movía y atendía, pero su uniforme es verde”. El enfermero le explicó que cuando él fue internado recién había ingresado a trabajar en la clínica y que, con los apuros, vestía el uniforme de su anterior trabajo, que era morado.
Otro recuerdo de ese periodo también lo marcó profundamente. Fernando relata que en algún momento sintió que se encontró en una luz maravillosa y escuchó a alguien decirle: “Tienes que perdonar”. En ese instante recordó lo sucedido con su hermano Hugo y, aun sin estar plenamente consciente, decidió perdonar. Para él, esa experiencia tuvo un significado especial, y lo resume con estas palabras: “Sucedieron muchas cosas más, pero el principal milagro es que yo estoy vivo por alguna razón que no termino de entender, pero que en su momento monseñor Arregui me la supo decir”.
Una segunda ocasión se presentó en la misma luz y le preguntaron por qué quería volver, a lo que contestó por mi esposa y luego se encontró otra vez en coma.
El regreso
Contra todo pronóstico, la salud de Fernando empezó a mejorar y poco a poco fue recuperando la conciencia, la respiración y la fuerza necesaria para salir adelante. Para su familia esto fue un alivio inmenso y para él una señal de que había recibido una nueva oportunidad. “Mi familia había puesto a rezar a medio Guayaquil, y entre ellos al monseñor. Le pedí a hermana Bernardita que quería celebrar una misa de acción de gracias por mi vida. Ella acudió a la iglesia donde monseñor celebraba sus misas y la solicitó. La persona encargada aceptó, pero al hablar con él puso una condición: que celebraría la misa solo si conversaba antes conmigo”.
Fernando recuerda que llegó temprano a la iglesia y se sentó en la primera banca; “aún andaba verde y patuleco por la enfermedad cuando se me acerca la encargada de la iglesia y me dice: ‘Monseñor Antonio quiere hablar con usted; no iniciará la misa si usted no se acerca’”.
El arzobispo estaba listo para ingresar al púlpito cuando se encontraron. “Me señala y me dice: ‘Tú eres Fernando, tú eres por quien me pidieron que rece. Tú eres un milagro, yo lo sé, y tienes que dar testimonio’”.
Fernando quedó sorprendido. Le agradeció sus oraciones y le preguntó por qué decía que era un milagro. La respuesta fue breve: “Después hablamos, debo celebrar una misa”.
Hoy, al recordar esa experiencia, Fernando expresa su gratitud: “Gracias a todos quienes rezaron por mí y en especial a monseñor Antonio Arregui, quien hoy ha de estar gozando de la vida eterna”.
Por Arcadio Arosemena Robles.
Correción de textos Carol Arosemena Abeiga








