Hace un poco más de 27 años, Monserrat Rouillón Puig Mir y José Xavier Chiarello fueron presentados por medio de amigos en común. Después de un breve romance, siendo ya adultos para la época, decidieron casarse con la ilusión de formar una familia lo antes posible. Sin embargo, la vida les tenía preparado un camino largo y lleno de pruebas antes de alcanzar ese sueño.
José Xavier: «En ese entonces, yo acababa de regresar a Quito desde los Estados Unidos. No lograba encontrar trabajo y mi hermana Carla me sugirió: ‘¿Por qué no te vas a Guayaquil?’ Poco después, conseguí empleo con Javier Macías Carminiani, quien estaba iniciando una cadena de minimarkets llamada EconoMarket. Al tiempo, un amigo me dijo: ‘Tengo una amiga a quien quiero que conozcas’. La llamé por teléfono, pero ella no podía salir porque estaba enferma».
Monserrat:»Yo tenía 31 años y, a esas alturas de mi vida, me dio varicela… ¡terrible! Tuvimos que esperar mes y medio para conocernos en persona. Finalmente, cuando nos vimos, él me invitó a salir. Nos seguimos viendo durante tres meses hasta que me pidió que fuera su novia. «Después de casi tres meses más, nos casamos. Tenía 31 años, y José 32. Ambos ya no éramos tan jóvenes y desde el principio compartimos el deseo de formar una familia. Yo trabajaba en una empresa multinacional y, durante toda mi vida, me había enfocado en el trabajo y los estudios. Viajaba mucho por mi empleo en ese tiempo. Mi hermana melliza y mis otros hermanos ya tenían hijos grandes; lo mismo pasaba con la familia de José: sus sobrinos eran mayores. Por ello todos esperaban que nos casáramos pronto. Sin embargo, mientras nacían más sobrinos y avanzaban mis 34, 35 y 36 años, las personas me decían que no me preocupara… pero era inevitable sentir esa presión». A pesar de la presión social y sus propias expectativas, Monserrat siempre tuvo presente la esperanza de que Dios les concedería un hijo en algún momento. Pero conforme pasaba el tiempo, ese deseo se hacía más lejano.

La lucha por ser padres
«Probamos varios tratamientos», cuenta Monserrat, «incluso viajamos a Buenos Aires para explorar nuevas posibilidades, pero nada funcionó. Fue un proceso agotador desde el punto de vista económico, físico, mental y emocional. Cada intento estaba cargado de expectativa… pero cuando no daba resultado, el dolor era inabarcable». Ese desgaste emocional fue constante. Monserrat sentía que la maternidad era una parte irrenunciable de su proyecto de vida junto a José Javier. Pero a los 40 años enfrentó la realidad: «Sabía que mi reloj biológico ya no era el mismo y que seguir intentando ya no era lo más recomendable». Aún así, intentó una última vez con un tratamiento médico que tampoco resultó. «Recuerdo haberle pedido a la Virgen una señal», cuenta Monserrat emocionada mientras revive aquel momento decisivo. «Le dije: ‘Si es tu voluntad, muéstrame el camino’. Y el 6 de enero desperté con una claridad en mi corazón: “el camino es la adopción». Cuando conversó con José al respecto, encontró en él un apoyo incondicional: «Si esto es lo que quieres y lo que te hará feliz, yo también lo seré contigo», le respondió él.
El proceso hacia la adopción
Monserrat describe cómo empezaron una nueva etapa en su vida tras tomar la decisión de adoptar un hijo: «Era antes del año 2007 cuando iniciamos con los trámites en el INNFA (Instituto Nacional del Niño y la Familia), dependiente del Ministerio de Bienestar Social. El proceso fue tedioso porque se manejaba bajo una ley antigua que ya entonces resultaba obsoleta». Los trámites eran complejos y las oportunidades escasas: «Para poder acceder a la adopción primero tenías que asistir a unos cursos que dictaban una sola vez al año.
Entonces muchas veces bastaba simplemente esperar y tener paciencia hasta su apertura». Además del tiempo que estos cursos requerían, también debían presentar toda clase de documentación: exámenes médicos, referencias personales, económicas y morales, pruebas diversas… incluso preparar álbumes con fotografías familiares. «En total nuestro expediente tenía más de 100 páginas», recuerda Monserrat entre risas nerviosas.
Uno tiende a pensar que hay muchos niños en espera de ser adoptados, pero la realidad no era así. Hace unos 20 años, las madres rara vez abandonaban a sus hijos; más bien, los dejaban en orfanatos para que los cuidaran, pero no estaban disponibles para adopción.
Era una situación complicada y bastante difícil de asimilar. Había una lista interminable de familias esperando; recuerdo que eran alrededor de 200 personas interesadas en adoptar, mientras que los niños disponibles no pasaban de 10 o 12. Además, había familias extranjeras que también buscaban adoptar, compitiendo con los nacionales. Nunca entendí cómo lograban tener prioridad. Luego de un año de espera, nos notificaron que finalmente habíamos sido incluidos en la lista. Sin embargo, todo se complicó cuando al año siguiente cambió el gobierno, de Palacios a Correa. Con las nuevas autoridades, nuestro trámite desapareció por completo. La carpeta con toda nuestra documentación se había perdido. Fue devastador. La idea de comenzar desde cero me llenó de una intensa tristeza y desilusión, una depresión que parecía insuperable.
Me encontraba preguntándole a Dios cuál era su voluntad. No entendía por qué se nos ponían tantas trabas en el camino. Incluso empezamos a dudar si realmente estábamos preparados para ser padres. Ver niños en la calle mendigando o siendo explotados por sus padres era desgarrador. Me llenaba de pesar y clamaba: “Dios mío, aquí estamos, queremos darles un hogar”. ¿Cómo podía ser que algunos luchábamos tanto por poder adoptar y dar amor a un niño mientras tantos otros los rechazaban? Fue un período muy duro y lleno de dolor. Recuerdo que incluso dejé de asistir a los cumpleaños de mis sobrinos; me costaba mucho enfrentar las preguntas indiscretas de la gente. Me sentía mal viendo cómo las demás familias disfrutaban de sus hijos, mientras nosotros seguíamos anhelando formar la nuestra. Todavía tengo muy presente los cumpleaños de los pequeños de mi hermana… simplemente no podía lidiar con ello. A la par, unas primas españolas habían iniciado un proceso similar para adoptar en Ecuador, pero tampoco lograron concluirlo exitosamente. Tiempo después me llamaron desde Ucrania, donde habían conseguido adoptar dos niñas. Me aconsejaron reiniciar el trámite en Ecuador porque todos los documentos recopilados podrían servir también en Ucrania, donde hay miles de niños en espera debido a hogares devastados por las adicciones y otras problemáticas sociales. Su experiencia me hizo reflexionar que quizá todo esto no era casualidad, sino parte de un propósito mayor. Así que decidimos volver a intentarlo y comenzamos el proceso nuevamente en ambos países, colocando nuestras esperanzas primero en Ecuador. La alegría fue inmensa cuando nos confirmaron que estábamos en la lista de espera tanto allá como en Ucrania. Finalmente, el 25 de diciembre recibimos la noticia más esperada: existía la posibilidad de que en marzo o abril hubiese varios niños disponibles para la adopción e, incluso, cabía la oportunidad de que adoptáramos dos. Esa noticia nos devolvió la ilusión y llenó nuestro corazón de esperanza.

La sorpresa
Montse relataba cómo los meses comenzaron a pasar sin que tuviera su periodo y, en un principio, pensó que debía tratarse de la menopausia. Con 43 años, jamás imaginó la posibilidad de un embarazo. Compartió esto con su mejor amiga, quien le expresó dudas sobre que fuera menopausia, pero Montse persistía: tenía calor, se sentía ahogada y muy sensible, lo que encajaba con los síntomas. Finalmente decidió comprar unas pruebas de embarazo. Al realizarlas, el resultado fue inmediato: positivo. La noticia la impactó tanto que casi pierde la consciencia. «Esto tiene que estar mal», pensaba. Le contó a José, su pareja, quien respondió: «Eso debe estar caducado, revísalo bien».
Para asegurarse, Montse acudió a la Fundación María Gracia donde solía hacerse pruebas y, al confirmar los resultados, una de las trabajadoras le dijo emocionada: «Abogada, ¡está embarazada!». Fue un momento increíble para ella, lleno de felicidad y sorpresa, y sintió que era el mejor regalo de su vida. Llena de incertidumbre sobre lo que debía hacer a continuación, llamó a Mechita, su mejor amiga. Ella nunca había dejado de rezar por Montse y su deseo de ser madre. Al escuchar la noticia, Mechita reaccionó con alegría y apoyo absoluto. Pero Montse expresó su preocupación: hacía pocos días se había sometido a un tratamiento contra los ambes y temía que esto afectara el embarazo. Mechita rápidamente consultó a una doctora amiga, quien aseguró que no habría problemas.
Montse optó por ir con su médico habitual para realizarse una ecografía que, desafortunadamente, reveló malas noticias desde su interpretación: había un 95% de probabilidad de síndrome de Down en el bebé. El médico incluso sugirió interrumpir el embarazo. José, firme y decidido, le manifestó su postura: «No importa cómo venga el bebé, lo vamos a querer y juntos seguiremos adelante». Esto llevó a la pareja a buscar una segunda opinión con otro ginecólogo. Afortunadamente, este nuevo médico analizó el caso y corrigió la información errónea: el pequeño estaba sano y todo marchaba bien. La confusión inicial pertenecía a una mala interpretación de los estudios previos—algo que quedó claro al sexto mes de embarazo cuando ya se distinguía mejor el cordón umbilical en la imagen.
A pesar de esta buena noticia, el embarazo fue especialmente complicado. A los tres meses de gestación, falleció el padre de Montse. Más adelante, cuando la pareja tenía 30 semanas de espera, sufrieron un robo en su departamento. Todo lo que habían preparado para la llegada del bebé les fue arrebatado mientras observaban impotentes desde la casa de la suegra de José. Con entereza, Montse se dijo a sí misma: «Dios mío, estamos vivos, eso es lo importante». Pero esa misma noche comenzó a sentir intensos dolores y contracciones. Alarmada, contactó al médico de urgencia y este le indicó que era necesario hospitalizarse inmediatamente porque existía un riesgo inminente de parto prematuro. Si no lo hacía, el bebé nacería en apenas unas horas. Montse pasó las siguientes semanas en cama, mientras los doctores trabajaban para extender el tiempo del embarazo hasta al menos la semana 33. Finalmente llegó ese momento tan esperado y su hijo nació sano y perfecto el 6 de diciembre. Montse recordó que deseaba que naciera el día 8 para consagrarlo a la Virgen desde el instante en que supo de su existencia, pero aquel día igualmente se convirtió en el cierre feliz de una historia llena de desafíos y sorpresas. Así llegó José Gustavo a sus vidas transformando todo a su alrededor.
La crianza
José: Desde que era pequeño, José Gustavo siempre destacó por ser más alto que el promedio de sus amigos y compañeros. Hoy en día, incluso me supera en estatura; debe medir alrededor de 1,80 metros. Ser hijo de un padre mayor jamás fue un obstáculo para él. Sin embargo, cuando yo iba a su colegio o asistía a reuniones, no faltaba quien me preguntara: ¿Es su nieto? Y tenía que aclarar que era su padre. Recuerdo una vez que viajábamos a Disney. José tenía nueve años en ese entonces, y cuando pasamos por migración lo llevaron aparte para preguntarle si nosotros éramos realmente sus padres. Seguramente pensaron que lo estábamos secuestrando o que éramos sus abuelos. Esto nos pasó tanto al salir de Ecuador como al entrar a Estados Unidos.
El aprendizaje
Monse: Algo que tengo muy presente es que, cuando se piden milagros, estos llegan en su forma perfecta. Además, he aprendido que Dios también habla en los silencios, aunque a veces nos cueste entenderlo o aceptarlo. Dios siempre muestra un camino. Y si ese camino no es el de la vida biológica, existe algo maravilloso y lleno de amor en criar a un niño que no tiene padres. Es una labor hermosa pero desafiante, ya sea con un hijo biológico o adoptivo; ambos traen consigo lecciones de vida invaluables. A quienes no pueden tener hijos, les diría que tengan fe. La vida no se trata de quedarse esperando a que todo sea perfecto, porque lo perfecto simplemente no existe. Lo importante es abrirse a las oportunidades que llegan y encontrar felicidad más allá de las expectativas iniciales.
Entrevista completa en: https://youtu.be/epY9C_8Z0d0
Texto y foto Arcadio Arosemena Robles









