Una mirada urgente a la vejez que estamos construyendo

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Hay ausencias que no hacen ruido.

No se anuncian. No irrumpen. No se nombran.

Se instalan de a poco: en los silencios prolongados, en las rutinas repetidas sin compañía, en las conversaciones que ya no ocurren.

Así empieza, muchas veces, la soledad en la vejez.

En Ecuador, más de 1,5 millones de personas tienen 65 años o más. La cifra crece, pero no siempre lo hacen al mismo ritmo las redes de cuidado, la orientación para acompañar ni los espacios donde esta etapa de la vida pueda vivirse con dignidad, bienestar y sentido de pertenencia.

Porque envejecer no debería ser sinónimo de desaparecer.

En el sur de Quito, don Servilio, de 82 años, ocupa cada día el mismo lugar afuera de un hospital. Observa, organiza, cuida carros. No tiene un ingreso fijo. Vive de lo que otros deciden darle. Su historia no busca conmover por lo excepcional, sino por lo cotidiano: porque se repite, porque se normaliza, porque rara vez se cuestiona.

Pero no es la única forma en que la vejez se vuelve invisible.

También está la de quienes viven acompañados y, aun así, experimentan otra clase de distancia. La de quienes comparten casa, pero no siempre conversación. La de quienes reciben cuidados, pero no siempre atención plena. Y, junto a ellos, la de quienes cuidan.

Hijas, hijos, nietas, familiares que sostienen la vida diaria de un adulto mayor sin haber sido preparados para ello. Que aprenden sobre la marcha, entre el afecto y el desgaste. Que asumen responsabilidades profundas sin orientación suficiente, sin pausas y, muchas veces, sin apoyo.

Cuidan como pueden.

Y, sin embargo, el cuidado —cuando es sostenido en el tiempo— no debería depender únicamente de la intuición o del sacrificio.

Desde esa certeza surge Cuidando la Edad Dorada, una iniciativa que propone un desplazamiento necesario: dejar de entender el cuidado como un acto individual y comenzar a asumirlo como una práctica que también se aprende, se comparte y se construye colectivamente.

Durante abril, Quito —incluidos sus valles y el sur de la ciudad— y Ambato se convierten en escenarios de encuentros que integran nutrición, bienestar y acompañamiento comunitario. Más que actividades, se trata de espacios donde la vejez deja de ser un concepto abstracto y se vuelve experiencia compartida.

El 2 de abril, en el sur de Quito, 67 adultos mayores se reunieron alrededor de una mesa para preparar y compartir fanesca.

La escena, en apariencia sencilla, contenía algo más profundo.

Había manos que recordaban gestos aprendidos hace décadas.

Había relatos que emergían entre pausas.

Había una memoria colectiva que, por un momento, encontraba un lugar donde desplegarse sin prisa.

Para algunos, fue una tradición.

Para otros, un reencuentro.

Para muchos, una forma de volver a sentirse parte.

Y en ese gesto —tan cotidiano y a la vez tan escaso— se revela una necesidad que no siempre sabemos nombrar: la de seguir siendo vistos, escuchados y reconocidos, incluso cuando el tiempo avanza.

La agenda de la campaña continúa el 13 de abril en Ambato, con un agasajo que mantiene esa misma intención: abrir espacios donde el cuidado se exprese desde la presencia, la cercanía y el reconocimiento. Detrás de cada encuentro hay voluntarios, profesionales y aliados que han decidido involucrarse en una pregunta que atraviesa a toda la sociedad.

No se trata solo de cuántos adultos mayores existen hoy.

Se trata de cómo estamos acompañando ese proceso.

Porque el envejecimiento no es un fenómeno ajeno. Es una condición compartida, un horizonte común. Y la manera en que hoy cuidamos habla, inevitablemente, de la sociedad que estamos construyendo.

Una sociedad que puede elegir mirar hacia otro lado.

O una que decide detenerse, aprender y sostener.

Tal vez, en el fondo, la pregunta es más simple de lo que parece —y por eso mismo, más difícil de responder:

¿Sabremos cuidar, con la misma presencia, a quienes un día nos sostuvieron?

Por Anally Corella Granja

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