La droga dopamina que te pierde

Vivimos en la era de la “anestesia total”.

Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido tantas herramientas para evitar el aburrimiento, la tristeza o la incomodidad. Si te sientes solo, hay un scroll infinito esperándote. Si te sientes ansioso, hay un vaporizador con sabor a frutas o una pastilla “mágica” a la mano. Si la realidad pesa, hay un metaverso o una serie de Netflix para fugarte. Sin embargo, paradójicamente, nunca habíamos estado tan deprimidos.

Como sociedad, hemos desarrollado una fobia patológica al dolor. Hemos decidido que cualquier asomo de sufrimiento es un “error del sistema” que debe ser corregido de inmediato con un estímulo externo. Pero hay una trampa: al bloquear nuestra capacidad de sentir dolor, estamos atrofiando, por defecto, nuestra capacidad de sentir propósito. Y una vida sin propósito es la antesala perfecta para la cultura del descarte.

El secuestro de la dopamina

La neurociencia es clara: el cerebro humano funciona mediante un delicado equilibrio de placer y dolor. Anna Lembke, psiquiatra de la Universidad de Stanford y autora de Dopamine Nation, explica que cuando bombardeamos nuestro cerebro con picos constantes de dopamina (redes sociales, videojuegos, pornografía, drogas), el cerebro compensa inclinando la balanza hacia el lado del dolor para mantener la homeostasis.

¿El resultado? Un estado de anhedonia: la incapacidad de sentir placer en las cosas comunes de la vida. Para el joven de hoy, un atardecer no compite con un video de 15 segundos con colores saturados y música estridente. El problema es que, cuando el estímulo cesa, lo que queda es un vacío profundo y una sensación de futilidad.

Así como cuidamos el medio ambiente, debemos cuidar nuestro ecosistema interior. El Papa Francisco fue incisivo al hablar de la “contaminación mental” que produce el aislamiento digital. “Estamos hiperconectados, pero más solos que nunca”, ha dicho. Y la soledad, cuando se encuentra con un cerebro agotado por la dopamina, es el caldo de cultivo para la pérdida del sentido de la vida.

De la evasión química al vacío existencial

En México, el consumo de drogas sintéticas y el abuso de ansiolíticos entre jóvenes de 18 a 35 años ha mostrado un repunte preocupante. Ya no se trata solo de la búsqueda de un “viaje” recreativo; se trata de “automedicar” un dolor existencial que no tiene nombre.

“Empecé vapeando para encajar, luego pasé a las benzodiacepinas porque no podía dormir por la ansiedad de las redes, y terminé sintiendo que mi vida era un estorbo”, cuenta Luis, un exestudiante de arquitectura de 22 años. El hilo conductor es el mismo: la incapacidad de procesar la realidad tal como es.

Aquí es donde el debate de la eutanasia se vuelve peligroso. Si educamos a una generación en la idea de que “sufrir es inaceptable” y que “si algo no te hace feliz, deséchalo”, ¿qué pasará cuando descubran que la vida, por definición, incluye momentos de oscuridad? Si la única solución que les hemos dado es la evasión (pantallas o drogas), el día que esas anestesias fallen, la muerte asistida se presentará como la “última dosis” de olvido.

El valor del silencio y el encuentro

Una visión humanista propone un camino radicalmente distinto: la Trascendencia. No como un concepto místico alejado de la realidad, sino como la capacidad de salir de uno mismo para encontrarse con el otro y con Dios. El vacío que deja el algoritmo solo se llena con el encuentro real.

En México, tenemos una tradición rica en comunidad. La fiesta patronal, el mercado, la reunión familiar… son espacios de “dopamina lenta”, de esa que construye vínculos y no solo adicciones. Sin embargo, el individualismo digital está erosionando estos pilares. Hoy, en una cena familiar, hay cinco personas y cinco pantallas. Estamos físicamente presentes, pero existencialmente ausentes.

“La fe me enseñó que mi dolor no era basura, sino un camino”, dice Sofía, quien tras una crisis de adicción digital encontró en un grupo de jóvenes católicos la “red” que realmente necesitaba. “Descubrí que sentir es el precio de estar vivo, y que el dolor, cuando se comparte, se convierte en esperanza”.

El periodismo ante la “Muerte por Aburrimiento”

Nuestra labor es denunciar la “economía de la atención” que está lucrando con nuestra salud mental. Las grandes tecnológicas saben que la indignación y el placer instantáneo venden más que la reflexión y la paz.

¿Qué podemos proponer para retomar el control?

  1. Ayuno Digital y Ascética de la Atención: Necesitamos recuperar el silencio. No para huir del mundo, sino para encontrarnos en él. Sin silencio, no hay oración; y sin oración, no hay raíces.
  2. Rehabilitar el sentido del Sufrimiento: El dolor no es un fracaso; es parte de la condición humana. Aprender a transitarlo con resiliencia es la verdadera libertad.
  3. Fomentar Comunidades de Sentido: debeos ser el lugar donde los “rotos” por el sistema encuentran un propósito que el algoritmo no puede ofrecer.

¿Por qué ya no queremos sentir nada? Porque sentir duele, y nos han dicho que el dolor es el enemigo. Pero el anestésico tiene un precio: nos quita la humanidad. Una sociedad que prefiere estar drogada o conectada a una pantalla antes que enfrentar su propia vulnerabilidad es una sociedad que ya ha renunciado a vivir.

La eutanasia es el síntoma final de esta huida. Si no queremos que nuestros jóvenes vean en la muerte una solución, debemos enseñarles a amar la vida con todo y sus cicatrices. Debemos desconectar el cable para conectar con el alma. Al final, la única conexión que realmente importa es la que nos lleva a reconocer que somos amados, no por lo que publicamos o consumimos, sino por lo que somos: seres humanos valiosos y dignos.

Luz Tlāltikpakayotl/ via yoinfluyo
Foto www.freepik.es

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