La vejez tiene cara de mujer

Las mujeres no solo viven más años; viven cuidando. Y ese cuidado, tantas veces invisible, es uno de los pilares más silenciosos de nuestra sociedad.

A mis 26 años, trabajo cada semana con mujeres mayores. Algunas siempre puntuales, otras con pasos lentos pero firmes; muchas traen consigo historias que no siempre se dicen en voz alta. Con el tiempo entendí algo simple y profundo: si la vejez tuviera un rostro, en Ecuador probablemente sería el de una mujer. No como una carga, sino como un testimonio vivo de todo lo que se ha sostenido a lo largo de la vida.

Las mujeres no solo viven más años; viven cuidando. Y ese cuidado, tantas veces invisible, es uno de los pilares más silenciosos de nuestra sociedad.

Las cifras lo confirman. En Ecuador, las mujeres tienen una esperanza de vida aproximadamente cinco años mayor que la de los hombres. Además, los estudios de uso del tiempo muestran que ellas dedican entre el doble y el triple de horas al trabajo de cuidado no remunerado: cuidar hijos, acompañar a personas enfermas, sostener hogares, organizar rutinas, escuchar, calmar, anticiparse. No aparece en contratos ni en balances económicos, pero sin ese trabajo la vida cotidiana simplemente no funcionaría.

Desde mi experiencia como psicóloga y gerontóloga, he aprendido que el cuidado no es solo una tarea: es un saber. Un saber que se construye con los años, con la observación fina, con la paciencia, con la capacidad de leer emociones antes de que se digan. Muchas mujeres mayores no se reconocen como expertas, pero durante décadas han sido las principales gestoras del bienestar emocional de sus familias.

He visto mujeres que criaron hijos mientras cuidaban a padres envejecidos; que acompañaron duelos sin tiempo para los propios; que sostuvieron vínculos cuando todo parecía romperse. Llegan a la vejez con una fortaleza serena, a veces silenciosa y con logros que aunque no siempre vengan acompañados de reconocimiento, valen oro.

Por eso, cuando decimos que la vejez tiene cara de mujer, no hablamos solo de estadísticas demográficas. Hablamos de mujeres que guardan historias familiares, tradiciones, formas de amar y de resolver conflictos. En muchas familias ecuatorianas, la estabilidad emocional tiene nombre de mujer mayor: la abuela que escucha sin juzgar, la tía que aconseja con prudencia, la madre que sigue cuidando incluso cuando ya no se lo piden.

Este reconocimiento es especialmente importante hoy. Vivimos en una sociedad que valora la rapidez, la productividad visible, lo inmediato. El cuidado, en cambio, es lento, constante y poco espectacular. Pero es justamente esa constancia la que ha permitido que generaciones enteras crezcan, se desarrollen y sigan adelante.

Reconocer a las mujeres mayores no significa idealizarlas ni negar los desafíos de la vejez. Significa mirarlas con respeto y entender que merecen ser acompañadas con la misma dedicación con la que ellas acompañaron a otros durante toda su vida.

Como profesional joven, trabajar con mujeres mayores me ha enseñado algo esencial: el cuidado no es un rol menor, es una forma de inteligencia social. Y quizá uno de los aprendizajes más urgentes sea empezar a valorar ese saber no solo cuando falta, sino mientras está presente.

La vejez tiene cara de mujer porque el cuidado también la tiene. Y reconocerlo no es un gesto simbólico: es un acto de gratitud y de justicia cotidiana. Mirar a las mujeres mayores con admiración es, en el fondo, reconocer las raíces que sostienen nuestro presente y abren posibilidades para un futuro más humano.

Por Psic. María Sol Torres Cañizares, Ms. en Gerontología 
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