Ya sea que te dirijas a una audiencia, tu jefe, amigos, pareja o a tus hijos, no todo depende de lo que dices, sino también de cómo lo dices. Aquí unos consejos
«Aveces, siento que hablo al vacío…». ¿Quién no ha sentido alguna vez esa frustración de ver cómo sus palabras se pierden, sin encontrar eco ni respuesta? Como si la conversación existiera por un lado, pero no realmente por el otro. Porque hablar no consiste simplemente en encadenar ideas. Se trata, ante todo, de crear un espacio de atención compartida, un momento en el que el otro no sea solo el destinatario del mensaje, sino un verdadero compañero en el intercambio. Por eso conviene llevar a cabo estos consejos.
Para lograrlo, Milija van Cappel, Doctora en Psicología y Secretaria General de la Red Europea de Psicología Positiva (ENPP), comparte con Aleteia varias ideas para aprender a formular mensajes que realmente sean recibidos, y no solo escuchados.
1 Verificar la disponibilidad de la persona con quien se habla
«Para que te escuchen, debes tener una intención clara: preguntarte a quién te estás dirigiendo realmente», explica Milija van Cappel. Según ella, esta regla se aplica en todos los contextos, ya sean profesionales o personales. Incluso antes de hablar, es útil evaluar la disponibilidad de la otra persona.
La experta compara este proceso con tomarle el pulso a la relación: ¿está cansado, preocupado, irritado o, por el contrario, relajado y abierto a la conversación? La capacidad de escuchar depende en gran medida del contexto. Una persona estresada o absorta en sus preocupaciones no será tan receptiva. Por lo tanto, elegir el momento adecuado es parte integral de la eficacia del mensaje.
Para captar la atención de tu interlocutor, es necesario entender qué es lo que le importa. «Ponerse en el lugar del otro es preguntarse qué necesita, cómo puedo simplificarle la vida o aliviar su carga mental», explica Milija. Una actitud que invita a cambiar el enfoque de tu discurso. Ya no se trata solo de expresar lo que uno quiere decir, sino de reflexionar sobre lo que el otro realmente puede asimilar, comprender y aprovechar. Cuanto más responda el mensaje a una necesidad concreta del interlocutor, más posibilidades habrá de que sea escuchado.
3 Fomentar la interacción para mantener la atención
La atención es un recurso limitado y variable, como señala la psicóloga: «Las investigaciones en psicología de la atención muestran que nuestra capacidad para mantener una concentración sostenida varía considerablemente según la edad, el contexto y el nivel de compromiso con la actividad. A modo de referencia, un niño de 5 años suele poder mantener su atención durante unos diez minutos, un adolescente de unos quince años entre 30 y 45 minutos, y un adulto entre 45 y 90 minutos, dependiendo de la situación».
Para mantener el interés de tu interlocutor, no basta con hablar, sino que hay que involucrarlo en la conversación. «Incluso un mensaje relevante puede perder su impacto si es demasiado unilateral». Hacer preguntas, pedir una opinión, verificar que el otro haya entendido o invitarlo a compartir su experiencia permite mantener su participación.
Para que te escuchen, también hay que saber adaptar el discurso a la persona que tienes frente a ti. «Hay que ajustar el nivel de complejidad del discurso a tu interlocutor. Si es demasiado complejo, pierdes a la otra persona. Si es demasiado simple, la aburres. Se trata de encontrar un equilibrio dinámico», observa la experta. Al igual que en el «flow» —ese estado de gracia y absorción total en el que uno está plenamente comprometido con lo que hace—, la atención se mantiene más fácilmente cuando el nivel de dificultad es el adecuado.
Este equilibrio requiere prestar atención constante a las reacciones del otro: verificar que siga el razonamiento, reformular cuando sea necesario y adaptar el nivel de explicación a medida que avanza la conversación. Una comunicación eficaz es, ante todo, una comunicación que se adapta.








