El Mundial: una oportunidad para compartir y aprender en familia

Durante junio y parte de julio, muchas familias hemos estado pendientes del Mundial de Fútbol.

Primero, con la ilusión de ver a nuestra selección, Ecuador, tener un buen rendimiento; luego, dejándonos envolver por la emoción de los partidos de los otros equipos de nuestra preferencia, al escuchar las historias de los jugadores, entender lo vistoso de los uniformes, los himnos, los abrazos, las derrotas y las celebraciones.

Antes de que empezara el Mundial, muchas personas se dedicaron a llenar los álbumes de cromos. Niños, jóvenes y adultos aprendieron nombres de países, reconocieron banderas, descubrieron jugadores y participaron en verdaderas jornadas de intercambio en centros comerciales, parques o patios escolares. Lo que parecía una simple colección se convirtió, casi sin darnos cuenta, en una experiencia social, cultural y familiar.

El Mundial es mucho más que una competencia deportiva. Es un evento que reúne a países de distintos continentes, con historias, lenguas, culturas y trayectorias muy diversas. Cada selección llega después de haber recorrido un camino difícil en las eliminatorias. Estar ahí ya es, en sí mismo, un motivo de orgullo.

Lo curioso es que la emoción del Mundial une tanto a quienes saben mucho de fútbol como a quienes apenas conocen las reglas básicas. Incluso quienes no siguen habitualmente este deporte pueden emocionarse con un gol inesperado, con un arquero que salva a su equipo, con una hinchada que canta con el alma o con un jugador que llora al escuchar el himno de su país.

Y es precisamente allí donde aparece una gran oportunidad educativa: el Mundial puede convertirse en una ocasión para aprender en familia.

Podemos empezar por la geografía. Cada partido puede ser una excusa para buscar en el mapa dónde queda un país, en qué continente está, qué idioma se habla, cuál es su capital o cómo es su bandera. Podemos preguntarnos dónde queda Cabo Verde, por la  historia vikinga de  Noruega, una gran oportunidad para conocer sobre Africa con la diversidad de países que participaron, como ejemplo.

También podemos aprender historia y cultura. Las celebraciones de los equipos, sus cantos, sus colores y sus gestos nos hablan de identidad. Cuando una selección muestra con orgullo sus raíces, nos invita a conversar con nuestros hijos sobre los orígenes, la memoria, las tradiciones y el sentido de pertenencia. Un partido puede abrir una conversación sobre migración, pobreza, esfuerzo, diversidad y orgullo nacional.

El Mundial también permite hablar de gratitud. Muchos jugadores provienen de contextos de pobreza o vulnerabilidad y han encontrado en el fútbol una oportunidad para transformar sus vidas. Algunos llevan a sus padres a los partidos, les dedican goles o los abrazan al final del encuentro. Esos gestos pueden ayudarnos a conversar con nuestros hijos sobre el reconocimiento, el amor familiar y la importancia de no olvidar a quienes nos acompañaron en el camino.

Otra gran lección está en la perseverancia. En el fútbol, como en la vida, no siempre gana quien empieza mejor. Un equipo puede ir ganando y, de pronto, perder el control del partido. Otro puede estar abajo en el marcador y encontrar fuerzas para remontar. Allí hay una oportunidad para hablar de la frustración, la paciencia, la concentración y la capacidad de seguir intentando aun cuando las cosas no salen como esperábamos. O hablar sobre estrategia.

También podemos aprender respeto. Respetar al equipo que pierde, reconocer el esfuerzo del rival, celebrar sin humillar y aceptar que una derrota no borra el camino recorrido son aprendizajes necesarios para la vida cotidiana. En un mundo donde muchas veces se premia solo al ganador, el Mundial nos recuerda que llegar, competir con dignidad y dar lo mejor de sí también tiene un enorme valor.

El fútbol, además, nos permite conversar sobre trabajo en equipo. Ningún jugador gana solo. Aunque algunos nombres se vuelvan famosos, detrás de cada gol hay entrenamientos, pases, estrategias, compañeros, entrenadores, familias y comunidades. Esta es una gran oportunidad para que niños y adolescentes comprendan que los logros importantes rara vez son individuales.

Después de un partido, podemos hacer preguntas sencillas en casa: ¿qué país jugó hoy?, ¿qué aprendimos sobre ese lugar?, ¿qué hizo el equipo cuando iba perdiendo?, ¿qué jugador mostró respeto o gratitud?, ¿qué emoción sentimos al ver el partido?, ¿cómo reaccionamos cuando nuestro equipo no ganó?

Estas conversaciones no requieren una gran planificación. Basta con mirar el Mundial con otros ojos. No solo como un espectáculo deportivo, sino como una experiencia compartida que puede despertar curiosidad, fortalecer vínculos y abrir diálogos importantes.

Los niños y jóvenes no aprenden únicamente en la escuela. Aprenden cuando un adulto convierte la vida cotidiana en una oportunidad para conversar, hacerse preguntas, descubrir el mundo y reflexionar juntos. Pero el aprendizaje no es solo para ellos. Como adultos, el Mundial también nos ofrece la oportunidad de seguir aprendiendo: a conversar mejor con nuestros hijos, a despertar su curiosidad sin tener todas las respuestas, a descubrir países que quizás nunca habíamos buscado en un mapa, a interesarnos por otras culturas y a reconocer los valores que aparecen en cada partido: el esfuerzo, la perseverancia, la gratitud, el respeto, el trabajo en equipo y la capacidad de levantarse después de una derrota.

El Mundial terminará en unas semanas, pero las conversaciones que nazcan alrededor de él pueden permanecer durante toda la vida. Quizá esa sea la verdadera victoria: descubrir que educar no consiste únicamente en enseñar, sino también en aprender junto a nuestros hijos y convertir los acontecimientos cotidianos en oportunidades para crecer como familia.

Por Marcela Frugone J., PhD./Universidad Casagrande
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