Vida profesional: el arte de aprovechar las oportunidades

El «factor suerte» en la vida profesional no se reduce a un acontecimiento fortuito que cae del cielo.

La suerte es el encuentro entre lo imprevisto y la capacidad de aprovechar la oportunidad que se presenta

¿Ysi el éxito profesional dependiera más de la suerte de lo que estamos dispuestos a admitir? En la misma época que Steve Jobs, otros emprendedores brillantes llevaban a cabo proyectos similares. ¿Por qué uno se convirtió en una leyenda mientras que los demás cayeron en el olvido? La hipótesis resulta incómoda, ya que pone en tela de juicio la idea de que el éxito depende únicamente del mérito.

Nos hace plantearnos el papel de la suerte en la vida profesional: por lo general, se considera que el puesto que ocupamos se lo debemos, ante todo, a nuestras competencias y a nuestro esfuerzo. Sin embargo, numerosos artículos de la prensa especializada relativizan esta afirmación: según ellos, habría tres tipos de suerte: la que nos llega, la que sabemos reconocer y la que preparamos.

La importancia del azar

En un podcast de Les Échos, Frédéric Fréry, profesor de la ESCP, explica que no siempre es conveniente imitar a los mejores: si su estrategia es ganadora, no es necesariamente porque sea buena; es probable que otros hayan utilizado esa misma estrategia sin alcanzar el mismo éxito. Es aquí donde introduce el concepto de suerte: hubo muchos otros genios además de Steve Jobs —como Adam Osborne—, pero que no tuvieron su suerte y que, además, cometieron errores que Steve Jobs supo evitar.

¿Existe la personalidad afortunada?

En su libro *The Luck Factor* (Arrow, 2004), el mago Richard Wiseman —hoy profesor universitario y psicólogo— analiza qué puede ser una «persona afortunada». A él se le debe un famoso experimento: se reparte una revista entre personas que se consideran afortunadas y otras que se consideran desafortunadas. Se les pide que cuenten todas las fotografías. En la segunda página aparece un mensaje enorme: «Dejen de contar. Hay 43 fotografías en este periódico».

Pues bien, las personas «afortunadas» se fijaban en ese mensaje mucho más que las desafortunadas. ¿Conclusión? Los desafortunados suelen estar tan concentrados en su objetivo que pasan por alto las oportunidades que se les presentan.

Una persona con suerte no disfruta necesariamente de un destino más favorable, pero desarrolla su red de relaciones, se muestra más abierta a los encuentros inesperados, se da cuenta de las oportunidades, toma iniciativas con gusto y transforma más fácilmente los reveses en ocasiones para recuperarse. Es como si contara con un capital de atención y de apertura a la realidad que marca la diferencia.

«El azar solo favorece a las mentes preparadas»

Esa era la convicción de Pasteur. La suerte no es solo algo involuntario, ni es solo privilegio de una personalidad abierta: hay que prepararse para ella. Esta misma idea se refleja en el término «serendipia»: el arte de crear las condiciones que permiten reconocer y aprovechar lo inesperado cuando surge. No se trata de provocar los acontecimientos, sino de estar abierto a lo que estos aportan.

La oportunidad implica una reciprocidad entre, por un lado, un acontecimiento fortuito y, por otro, una mirada capaz de reconocerlo y aprovecharlo. Dos personas pueden vivir exactamente el mismo imprevisto: una lo verá como un obstáculo y la otra, como el punto de partida de una nueva aventura.

¿Tienes suerte?

En realidad, nadie puede responder por completo a esta pregunta. No elegimos ni el lugar donde nacemos, ni nuestra familia, ni nuestros talentos, ni los encuentros decisivos que marcan nuestra existencia. Pero cada uno conserva el poder de elegir cómo afronta los acontecimientos fortuitos. Así pues, podemos introducir otra forma de mérito: aprovechar lo que se nos ofrece.

La suerte presenta, por tanto, una doble naturaleza: es a la vez un acontecimiento independiente de nuestra voluntad y, cuando surge, una disposición interior para aprovecharla y convertirla en una ventaja. Ni puro azar ni puro mérito, la suerte nace del encuentro entre un acontecimiento que no esperábamos y nuestro discernimiento, que, por su parte, se cultiva.

Por Pierre d’Elbée -Aleteia
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