En el mundo se produce un suicidio cada 40 segundos. Anualmente fallecen así más de 800.000 personas; más que por guerras y homicidios de forma conjunta. Tres de cada cuatro suicidios son de hombres. Por cada muerte se estima que hay 20 intentos. Tales son las cifras que la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó en su informe de 2014, Prevención del suicidio. Un imperativo global.
A pesar de lo imponente de estas cifras, puede que aún nos resulte un problema lejano. Pero la realidad del suicidio está mucho más cerca de lo que pensamos.
El suicidio en Ecuador
La investigación identificó agrupaciones significativas de suicidios entre 2012 y 2022. En total 11.348 personas se suicidaron en Ecuador en ese periodo. El 77,6 % fueron hombres. El 37 % de los suicidios fueron de personas menores de 25 años.
La mayoría de los suicidios están ubicados en zonas de alta y moderada altitud, como Quito, Cuenca, Ambato y Tulcán. Esto coincide con estudios internacionales que sugieren una posible relación entre altitud y riesgo suicida, debido a los efectos de la hipoxia sobre la química cerebral.
“Encontramos que muchas de estas zonas coinciden con regiones serranas del país y que incluso cuando se ajustan variables como altitud y ruralidad, algunos clústeres desaparecen, pero otros persisten. Eso nos dice que hay múltiples factores en juego”, explica David Grijalva, investigador PUCE.
Impacto del terremoto de Manabí
Otro hallazgo fue el surgimiento de un clúster en Manabí, dos años después del terremoto de 2016. Este agrupamiento persistió incluso al ajustar por variables geográficas. “Esto refuerza la hipótesis de que el desastre natural tuvo efectos prolongados sobre la salud mental de la población afectada”, agregó David Grijalva, investigador PUCE.
En contraste, durante la pandemia de COVID-19 solo se detectó un clúster significativo en Cuenca, que desaparece al incluir covariables. Esto sugiere que, al menos en el corto plazo, la pandemia no generó un aumento nacional de suicidios en Ecuador.
Estigma y tabú
El suicidio es una muerte silenciada, oculta; las personas afectadas están estigmatizadas; no es materia de atención, cuidado o aprendizaje. Menos aun cuando la muerte se la produce alguien de forma “voluntaria”, atentando de forma incomprensible contra los principios más básicos de la vida y los más sagrados de las creencias religiosas que aún forman parte de nuestro subconsciente. Este supuesto atentado convierte al suicidio en un hecho incomprensible e indeseable. Ocultamos esa muerte, la silenciamos, la encerramos en el ámbito de lo privado; al fin y al cabo “ellos lo han decidido”. Ni sabemos, ni queremos saber. Pero esto no se debe a factores naturales; es, más bien, una interpretación sociocultural.
El suicidio ha sido interpretado de formas muy diversas a lo largo de la historia. Se ha considerado un acto honorable (en la antigua Grecia o en el Japón de los samuráis) o el sacrilegio más atroz (en el mundo cristiano a partir del siglo IV con las ideas de San Agustín), pasando por considerarse un acto romántico (la Europa del XVIII) o de patriotismo o heroicidad (como en el caso de los kamikazes o, actualmente, el de los terroristas suicidas). Es, en realidad, un acto individual con sentido social.
En la actualidad, el suicidio está desprovisto de significación heroica o cívica, pero el miedo a la muerte se mezcla con un poso religioso que impide afrontarlo con normalidad.
¿Es una muerte voluntaria? ¿Se puede evitar?
El suicidio no es voluntario en todos los casos. Sí lo es formalmente, puesto que se trata de darse muerte a uno mismo. Pero requiere de cuatro elementos o fases: un objetivo o fin, un proceso de deliberación que analice las razones en favor y en contra, una decisión y la ejecución del acto.
En muchos casos el objetivo no es morir, sino dejar de sufrir. Los trabajos de muchos terapeutas e investigadores experimentados así lo confirman, como el caso del padre de la suicidología Edwin Shneidman, o el de la logoterapia, el psiquiatra austriaco Viktor Frankl. Se apunta, pues, a la posibilidad de actuar sobre ese sufrimiento y disminuirlo, evitando el suicidio y posibilitando una vida mejor.
Por otro lado, es fundamental considerar la causa del sufrimiento que hace insoportable la idea de vivir. En ocasiones es una situación que no va a desaparecer, generando una desesperanza inamovible: enfermedades terminales, graves dolores físicos, años sin movilidad, etc.
En otras ocasiones es transitoria, algo que puede cambiar con el tiempo o con el manejo de las emociones (acoso escolar, ruina económica, etc.). Así, el derecho a la eutanasia o al suicidio asistido no debe ser confundido ni confrontado con la necesidad de prevenir el suicidio en ocasiones de desesperanza transitoria.
También hay que tener en cuenta cómo se lleva a cabo la decisión. Es posible que una persona medite profunda y libremente, llegando a la conclusión de que la vida no merece la pena ser vivida. En este caso estaríamos ante un suicidio filosófico o existencial. Pero no todos los suicidios ocurren bajo esta circunstancia. De hecho, en la mayoría de los casos se toma una decisión tan radical e irreversible con las capacidades intelectuales y/o emocionales seriamente dañadas y/o mermadas, o de forma impulsiva en un momento de crisis.
Por tanto, hay un amplio abanico de casos en los que se puede y se debe actuar. El suicidio no se puede evitar siempre, pero sí se puede prevenir (tomar medidas por adelantado para evitar daño, riesgo o peligro).
fuente
Profesora Titular de Sociología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
David Grijalva, investigador PUCE.








