¿Las personas inteligentes tienen más éxito en la vida?

Solemos valorar la inteligencia porque la asociamos con la expectativa de que quien es muy inteligente podrá aprender mejor, tomar buenas decisiones y obtener mayores logros.

Pero ¿hasta qué punto está justificada esa creencia?

Qué es la inteligencia y cómo se mide

La inteligencia no es fácil de definir. En general, se refiere a la capacidad para aprender, razonar, resolver problemas, comprender relaciones y adaptarse a situaciones nuevas.

Las pruebas de inteligencia intentan medir una parte de esas capacidades. Una de ellas es el razonamiento verbal, que se refiere a entender palabras, explicar conceptos y usar el lenguaje para pensar. En la vida diaria, esta capacidad se usa al comprender una noticia, explicar una idea o interpretar bien una instrucción.

Otra es el razonamiento perceptivo o visual. Se refiere a la capacidad para detectar patrones, organizar información visual y resolver problemas sin depender tanto del lenguaje. La usamos, por ejemplo, al montar un mueble siguiendo un esquema, orientarnos en un plano o encontrar la lógica de una imagen.

También se evalúa la memoria de trabajo. Esta permite mantener información en la mente y manipularla. La usamos al calcular mentalmente, recordar una dirección mientras caminamos hacia ella o seguir varios pasos de una receta sin mirar continuamente el papel.

Otra capacidad habitual es la velocidad de procesamiento. Se refiere a la rapidez con la que una persona puede percibir información sencilla, compararla y responder con precisión. En la vida cotidiana interviene al buscar un dato en una tabla, revisar documentos o realizar tareas repetitivas con rapidez y pocos errores.

¿Qué predice la inteligencia?

Sabemos que las puntuaciones en estas pruebas se relacionan directamente con el rendimiento académico, el nivel educativo alcanzado, el tipo de trabajo, el rendimiento laboral y los ingresos.

La relación con la escuela es fácil de entender. Muchas tareas académicas exigen comprender textos, resolver problemas y manejar información compleja. Son habilidades cercanas a las que evalúan muchas pruebas de inteligencia.

Por ejemplo, una estudiante con facilidad para entender instrucciones, relacionar ideas y resolver problemas abstractos parte con ventaja en varias asignaturas. Esa ventaja puede ayudarle a aprender más rápido y a rendir mejor en los exámenes.

No es una ventaja para toda la vida

Sin embargo, para que la inteligencia se convierta en buenos resultados también importan otras cosas, como ser constante, organizarse bien, confiar en las propias posibilidades, tener motivación, cuidar la salud mental, saber relacionarse con otras personas y contar con oportunidades reales.

Dos alumnos con capacidades parecidas pueden tener trayectorias muy distintas. Uno puede contar con apoyo familiar, expectativas altas, buenos hábitos y una escuela que detecta sus necesidades. Otro puede vivir inestabilidad, dificultades económicas, baja motivación o problemas emocionales.

En ambos casos, la capacidad intelectual puede ser similar. Lo que cambia es el contexto en el que esa capacidad se desarrolla.

Los estudios longitudinales muestran bien esta complejidad. En los llamados estudios de Varsovia, la inteligencia medida en la infancia y la adolescencia predijo años después algunos logros objetivos, como el nivel educativo alcanzado, la ocupación y el bienestar material. Sin embargo, no explicó igual de bien el éxito entendido de forma subjetiva. Además, no se pudo separar completamente el efecto de la inteligencia del efecto del entorno de los participantes.

¿Cuanto más listos, más nivel de estudios?

La idea de que la inteligencia siempre “se abre camino” tampoco se sostiene bien cuando miramos la vida adulta.

Un estudio longitudinal realizado en Suecia evaluó a adolescentes con una alta inteligencia hasta la adultez. Los resultados fueron interesantes y contundentes. Por ejemplo, obtener al menos un máster era casi diez veces más frecuente en el grupo de alta inteligencia que en el grupo de inteligencia media. Sin embargo, la proporción de personas con un coeficiente intelectual elevado que consiguieron este título no era alta: el 13 % de las chicas y el 34 % de los chicos.

¿Qué pasaba con el resto de los adolescentes con una inteligencia alta, los que no estudiaron un máster? ¿Y por qué un 20 % no terminó la educación secundaria superior?

Qué ocurre en la vida adulta

En el mundo laboral, la inteligencia se relaciona con algunos indicadores profesionales, pero su efecto no es igual en todas las personas ni en todos los contextos. En general, las capacidades cognitivas predicen mejor el rendimiento en el puesto, el éxito en procesos de formación y, de forma más indirecta, el nivel de ingresos. Sin embargo, su relación con otros aspectos de la trayectoria profesional, como la satisfacción laboral, la permanencia en una empresa, la promoción interna o la calidad de las relaciones en el trabajo, es más débil.

 

También es necesario preguntarse qué llamamos “éxito”, y si tener cargos directivos o sueldos elevados es la única manera de medirlo. Sobre todo porque el éxito profesional no siempre se traduce en felicidad. Una persona puede tener éxito profesional y sentirse insatisfecha. Otra puede no destacar académicamente y construir una vida estable, útil y valiosa.

Los modelos de bienestar subjetivo en la vida adulta señalan factores como la salud física y mental (la autonomía, las relaciones, la salud, el propósito y la participación en la comunidad) como mucho más determinantes de una vida exitosa.

La inteligencia no garantiza nada

La conclusión no debería ser que la inteligencia no importa. Tampoco que lo explica todo.

Una trayectoria vital no depende solo de una capacidad. Depende también del contexto, de las oportunidades, de la educación, de la salud, de la personalidad, de las expectativas y de lo que cada sociedad decide premiar.

Ser inteligente puede abrir puertas, pero no decide cuántas puertas hay, quién puede cruzarlas ni qué apoyos recibe para hacerlo. La inteligencia es una ventaja, no un destino.

Javier José Pérez Flores/Profesor del área de Psicobiología de la Universidad de La Laguna, Universidad de La Laguna

Foto www.magnific.com