Alimentar, nutrir, no desperdiciar

El Banco de Alimentos de Guayaquil, Diakonía, cumplió 15 años de vida.

Una institución creada bajo la visión del entonces arzobispo de Guayaquil, Monseñor Antonio Arregui, junto con un grupo diverso de mujeres y hombres comprometidos para llevar adelante a una entidad, hoy madura organizacionalmente, enfocada en procurar aplacar el hambre en la comunidad originalmente de Guayaquil y sus cercanías.

El tiempo puso a prueba a Diakonía en épocas de emergencia, ofreciéndose como una luz de guía en momentos de adversidad. En el terremoto de 2016, en la pandemia en 2020, así como en otras situaciones de crisis que para la ciudadanía han sido menos visibles, nuestra comunidad y el país todo, pudo contar con una organización que ha sido la columna vertebral de la logística alimentaria humanitaria.

Un entorno cada vez más sustentado en la tecnología y con exigencias de mayor profesionalismo enfocan hoy, bajo el liderazgo de nuestro Cardenal Luis Gerardo Cabrera, la tarea no solo en la alimentación, sino también en la calidad de ella, es decir en la nutrición adecuada y en contribuir a la reducción del desperdicio de alimentos. No solo es pertinente llevar un plato de comida a un ser humano necesitado, sino también enfocarse en que lo que se pueda ofrecer, a todos a quienes se sirve pero en especial a los niños, sea de la mejor calidad nutritiva.

Para citar unos números, en Ecuador la desnutrición crónica infantil (DCI) afecta al 19.3% de niños menores de 2 años, y al 17.5% de niños menores de 5 años. Ciertamente los esfuerzos del gobierno central y ciertos programas de gobiernos seccionales han ayudado disminuir la DCI, pero aún es enorme y vergonzante para una sociedad esta realidad. Cuando separamos el análisis entre el área urbana y rural, las cifras son más alarmantes. En el área campesina, y particularmente indígena de las provincias centrales, 3 de cada 10 niños padecen de desnutrición. Una situación similar se produce en la provincia de Santa Elena.

Las aristas para combatir la DCI son muy variadas e integrales. Posiblemente la mejor medida que se puede tomar tiene que ver con el mejoramiento de la calidad del agua que se ingiere, pero hay muchísimas otras acciones sobre las que se debe actuar y se ha estado actuando, donde a veces no solo es carencia de alimentos, sino también costumbres y desde luego educación. Sin embargo, hay una acción sobre la cual cada ciudadano puede actuar desde su vida diaria, así como las empresas y desde luego las autoridades, y es la lucha por la reducción del desperdicio.

Según un informe de la ONU, en el mundo se desperdicia alrededor de 1,050 millones de toneladas de comida al año, esto es el 20% del total de alimentos que se producen. En nuestro país el total de desperdicio de comida estimado es de 900,000 toneladas, es decir aproximadamente 50 kilos de comida por persona. De esta cantidad, más del 60% ocurre en los hogares. El resto jamás llega a los hogares por problemas en la cadena logística, pérdida de cosechas, transporte, cadena de frío, precios inhibitorios, etc.

Si fuéramos capaces de lograr resolver el tema del desperdicio de alimentos y lo complementáramos con educación para una adecuada nutrición, habríamos resuelto este mal en nuestro país y el mundo. Una parte de esa responsabilidad está en los hombros de cada uno de nosotros, y como parte de esa responsabilidad el Banco de Alimentos de Guayaquil, Diakonía, ha emprendido acciones para mitigar el desperdicio.

Hay varias medidas que una sociedad debe tomar para mitigar el desperdicio de alimentos, y podemos empezar en el hogar. Es importante realizar una adecuada planificación de los menús y eso trasladarlo a la programación de compras de la familia. Muchas veces se adquieren alimentos cuya combinación deja desfazado a algún tipo de alimento generando obsolescencia. Además, es conveniente el adecuado almacenamiento de los alimentos, conociendo la temperatura correcta para mejorar su preservación. Tenga el cuidado de colocar los alimentos de próximo vencimiento en la parte frontal de la nevera.

Adicionalmente eduquémonos y eduquemos a los menores para entender y observar la diferencia entre fecha de caducidad, que implica seguridad, y fecha de consumo preferente, que significa calidad. Finalmente, procure aprovechar las sobras en nuevas recetas, donde la última alternativa sea botarlas.

Nacido en un hogar de un padre que se educó en parte en la dura Alemania de fines de los años treinta, siempre escuché la frase “solo sírvase lo que va comer, y lo que se sirva se lo comerá hasta el último grano”. La prevención del desperdicio nace en el hogar con los niños muy pequeños. El alimento es una bendición y las bendiciones no se las desperdicia porque alguien más las puede necesitar.

El sector empresarial ha emprendido en innumerables estrategias para evitar el desperdicio o mitigarlo, mejorando sus cadenas logísticas e instrumentando programas de donación, como por ejemplo aquellos que tienen en Guayaquil con Diakonía, y que empieza a progresar y expandirse con el modelo de banco digital de alimentos que impulsa también Diakonía. Este programa transformará la posibilidad de ampliar la dimensión de asistencia alimentaria humanitaria en nuestro país.  

No esperemos a que alguien más tome acciones para evitar el desperdicio o que más alimentos lleguen a los estómagos de compatriotas que los necesitan por su vulnerabilidad. Cada uno de nosotros tiene un espacio de responsabilidad y acción, así como una oportunidad de compartir un pan como lo hizo Jesús a orillas del Mar de Galilea.

Por Paul Palacios

Foto Diakonía