El suicidio continúa siendo un problema de salud pública que muchas veces permanece oculto detrás del silencio, el estigma o la dificultad para hablar sobre el malestar emocional.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año, y advierte que, por cada muerte, existen muchos más intentos. En Ecuador, 1.172 personas fallecieron por lesiones autoinfligidas intencionalmente durante el 2024, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Entre los jóvenes de 18 a 29 años, esta fue la tercera causa de muerte, con 391 fallecimientos registrados en el mismo año.
Frente a esta realidad, la prevención no depende únicamente de la intervención clínica. Reconocer cambios en el comportamiento, escuchar sin juzgar y facilitar el acceso oportuno a apoyo profesional pueden marcar la diferencia.
Escuchar también es una forma de prevenir
Hablar sobre lo que una persona está sintiendo puede ayudar a romper el aislamiento que suele acompañar a una crisis emocional. Crear un espacio seguro, prestar atención a lo que expresa y evitar respuestas que minimicen su experiencia son acciones que favorecen a que la persona se sienta acompañada y considere buscar ayuda profesional.
“Cuando una persona atraviesa una crisis emocional, no siempre necesita que alguien tenga inmediatamente una respuesta o una solución. Escuchar con atención, validar lo que está sintiendo y evitar minimizar su experiencia puede abrir una puerta para que acepte ayuda. La prevención empieza también en esos espacios cotidianos donde alguien siente que puede hablar sin ser juzgado”, explica la Dra. María Mercedes Ganán.
La escucha, sin embargo, no sustituye la atención especializada. Su papel es ayudar a identificar de manera oportuna que algo está ocurriendo y facilitar el siguiente paso: buscar apoyo profesional.
Señales que no deberían pasar inadvertidas
No existe una única señal que permita anticipar una conducta suicida. Cambios marcados de ánimo, aislamiento social, expresiones frecuentes de desesperanza, pérdida de interés en actividades habituales, alteraciones persistentes del sueño o un mayor consumo de alcohol u otras sustancias pueden indicar que una persona necesita apoyo.
También es importante prestar atención cuando estos cambios aparecen de forma repentina, se intensifican o se presentan en conjunto. No deben interpretarse como una etapa pasajera ni minimizarse, advierte la especialista, especialmente cuando la persona manifiesta un profundo sentimiento de desesperanza o realiza comentarios relacionados con la muerte.
¿Cómo acompañar a alguien que atraviesa una crisis?
Acompañar no significa asumir el rol de un profesional de salud mental. Se trata de brindar apoyo y facilitar el acceso a ayuda cuando sea necesario:
- Escuchar sin juzgar: dar espacio para que la persona exprese lo que siente, sin interrumpirla, cuestionarla o restar importancia a su malestar.
- Mostrar disponibilidad y cercanía: hacerle saber que puede hablar y que no tiene que enfrentar sola una situación difícil.
- Evitar frases que minimicen la situación: expresiones como “todo va a estar bien” o “hay personas con problemas peores” pueden aumentar la sensación de incomprensión.
- Conectar con ayuda profesional: facilitar el contacto con un psicólogo, médico u otro servicio especializado y, cuando sea posible, acompañar a la persona durante ese proceso.
- Actuar ante un riesgo inmediato: si existe una situación de peligro o la persona manifiesta intención de hacerse daño, es importante no dejarla sola y buscar asistencia de emergencia.
El acompañamiento profesional, más cerca
Contar con canales accesibles de orientación puede facilitar que las personas busquen apoyo antes de que una situación de malestar emocional se agrave. “La atención telefónica, por ejemplo, puede convertirse en un primer punto de contacto para quien necesita hablar y recibir una guía. Facilitar estos canales contribuye a que pedir ayuda sea una acción más cercana”, asegura Ganán.
Prevenir el suicidio requiere romper el silencio que todavía rodea al tema. Una conversación no reemplaza la intervención profesional, pero puede convertirse en el inicio de ella. Escuchar, acompañar y conectar a tiempo con ayuda especializada son acciones que pueden contribuir a proteger una vida.








