Habitar nuestro tiempo

Envejecer no debería ser una enfermedad de la que tenemos que curarnos. Es una de las pocas experiencias universales de estar vivos.

Hay un momento en el que empezamos a mirar nuestra imagen de otra manera y empezamos a preguntarnos si la persona que vemos se parece a la que sentimos que somos. Aparecen las primeras líneas, cambian los contornos, el cuerpo se transforma. Y muchas veces interpretamos esos cambios como una pérdida, cuando en realidad son también una forma de memoria. Nuestro rostro cuenta que hemos vivido y cómo.

Vivimos en una época que nos propone una paradoja: tenemos cada vez más herramientas para cuidar nuestra apariencia, pero también estamos cada vez más expuestos a imágenes de juventud permanente.

Las redes sociales, los filtros y determinados discursos sobre la belleza pueden hacernos creer que envejecer es algo que deberíamos evitar. Sin embargo, el problema no está en querer vernos bien. El problema aparece cuando dejamos de aceptar que nuestra imagen también tiene una historia y empezamos a sentir que debemos borrar cada señal de historia.

La aceptación del paso del tiempo no significa resignación. No significa abandonar el cuidado, ni dejar de elegir cómo queremos vernos. Significa poder intervenir sobre nuestra imagen sin estar en guerra. Cuidar la piel, hacer actividad física, alimentarnos bien, recurrir a tratamientos médicos o estéticos puede ser una decisión de bienestar. La pregunta importante es desde dónde lo hacemos: ¿desde el deseo de acompañar quiénes somos hoy o desde la necesidad de volver a ser quienes fuimos?

Es importante comprender que identidad e imagen no son exactamente lo mismo. Podemos cambiar por fuera y seguir siendo profundamente nosotros. Y también podemos descubrir aspectos de nosotros mismos que antes no conocíamos. El desafío consiste en lograr que el espejo deje de ser un lugar de juicio y se convierta en un lugar de reconocimiento, Dejar de buscar a la persona que fuimos, y aprender a mirar con curiosidad y afecto a la persona en la que nos estamos convirtiendo.

Envejecer no debería ser una enfermedad de la que tenemos que curarnos. Es una de las pocas experiencias universales de estar vivos. Por eso, creo, la verdadera belleza está en conseguir que nuestra imagen pueda acompañar nuestra identidad a medida que esta cambia. Hay algo profundamente saludable en poder decir: este soy yo hoy. Con lo que el tiempo modificó, con lo que la vida dejó, con lo que todavía está por venir. Y poder mirarnos, finalmente, sin pedirle al espejo que nos devuelva lo que ya no somos.

Por Diego Bernardini-lasegundamitad.org
Foto www.magnific.com