Que sea frecuente no significa que sea normal: cuándo debe preocupar el dolor menstrual

Ibuprofeno en el bolso y una bolsa de agua caliente para intentar aliviar un dolor que, a veces, obliga a cancelar planes, faltar a clase o afrontar una jornada de trabajo intentando disimular el malestar. Para muchas mujeres, este escenario se repite cada mes y se acepta como una parte inevitable de la menstruación.

El dolor menstrual, o dismenorrea, es muy frecuente. Una revisión reciente que incluyó 336 investigaciones de 70 países estimó que afecta al 71,3 % de las mujeres, aunque los resultados variaron mucho entre estudios.

Que algo sea frecuente no significa, sin embargo, que debamos normalizarlo, especialmente cuando condiciona la vida cotidiana.

¿Por qué puede doler la menstruación?

Durante la menstruación, el útero se contrae para favorecer la expulsión del endometrio, el tejido que recubre su interior y que se desprende cuando no se ha producido un embarazo.

En este proceso intervienen unas sustancias similares a hormonas llamadas prostaglandinas. Su aumento favorece contracciones uterinas más intensas que pueden restringir temporalmente el flujo sanguíneo y activar mecanismos relacionados con el dolor.

Esto explica buena parte de la dismenorrea primaria, el dolor menstrual que aparece sin que exista una enfermedad pélvica identificable que lo justifique. Suele comenzar en la adolescencia y aparecer poco antes o al inicio de la menstruación. Además de las molestias en la parte baja del abdomen, puede acompañarse de náuseas, diarrea, dolor de cabeza o mareo.

Entonces, ¿cuánto dolor es “normal”?

No existe una frontera universal definida únicamente por una puntuación en una escala. La intensidad importa, pero también lo que ese dolor nos impide hacer. Una molestia manejable que permite mantener las actividades habituales no tiene el mismo significado que un sufrimiento que obliga a faltar a clase o al trabajo, impide hacer ejercicio, altera el sueño o lleva a cancelar actividades de forma repetida.

Su repercusión está bien documentada. Un metaanálisis encontró que aproximadamente una de cada cinco mujeres faltaba a clase o a la universidad debido a la dismenorrea y que alrededor de cuatro de cada diez referían una peor concentración o rendimiento académico.

Cuando el dolor puede avisarnos de algo más

Pero no todo dolor menstrual es dismenorrea primaria. Nos enfrentamos a una dismenorrea secundaria cuando existe una causa subyacente.

Conviene solicitar valoración sanitaria si el dolor es intenso o incapacitante, empeora progresivamente o persiste pese al tratamiento habitual. También cuando aparece un patrón diferente al previo o se acompaña de otros síntomas, como dolor pélvico fuera de la menstruación, dolor durante las relaciones sexuales, sangrado abundante o irregular, molestias al defecar o al orinar relacionadas con el ciclo o dificultades para conseguir un embarazo.

 

Entre las posibles causas se encuentran la endometriosis (presencia de tejido similar al endometrio fuera del útero), la adenomiosis (presencia de tejido endometrial en la pared muscular del útero) o los miomas uterinos. Esto no significa que una mujer con reglas dolorosas tenga necesariamente alguna de estas enfermedades, sino que determinados síntomas y patrones de dolor justifican investigar qué puede haber detrás.

La endometriosis es uno de los ejemplos más habituales y conocidos. La guía de la Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología recomienda que los profesionales consideren este diagnóstico ante síntomas como dolor menstrual, dolor profundo durante las relaciones sexuales, molestias al orinar o defecar, fatiga e infertilidad, entre otros.

Estas manifestaciones pueden orientar la evaluación, pero no permiten por sí solas establecer el diagnóstico. Para avanzar en él se combinan la historia clínica y la exploración con técnicas de imagen, principalmente ecografía y, en determinados casos, resonancia magnética. La laparoscopia puede estar indicada cuando las pruebas de imagen son negativas y persiste la sospecha o si el tratamiento empírico no resulta adecuado o eficaz.

El problema de acostumbrarnos al dolor

La normalización del dolor puede contribuir a retrasar la búsqueda de ayuda. En la endometriosis, además, el retraso diagnóstico sigue siendo un problema. Una revisión de 17 estudios encontró demoras hasta el diagnóstico de entre 0,3 y 12 años, con importantes diferencias según cómo se definía ese intervalo, el país y las características de las pacientes.

Este retraso no depende únicamente de quien experimenta los síntomas. La propia revisión señala dificultades relacionadas con el reconocimiento de la enfermedad por los profesionales y la necesidad de mejorar las estrategias diagnósticas.

El mensaje, por tanto, no debería ser que cualquier molestia menstrual es patológica ni que toda regla dolorosa esconde una enfermedad, porque eso supondría medicalizar un proceso fisiológico. Pero tampoco deberíamos asumir como inevitable un dolor que limita de manera repetida la vida cotidiana.

Si cada mes la menstruación obliga a reorganizar los estudios, el trabajo, el descanso, el deporte o la vida social alrededor del dolor, quizá la pregunta ya no sea cuánto podemos soportar, sino por qué está ocurriendo.

Por Victoria Mazoteras Pardo/Profesora Titular de Universidad, Universidad de Castilla-La Mancha
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