¿Hay que fingir para caerle bien y gustarle a alguien?

No responder demasiado rápido a un mensaje, hacerte esperar, no mostrar tu interés de inmediato, mantener un poco de misterio… En las redes sociales y entre amigos, no faltan consejos para seducir. Pero, ¿de verdad hay que jugar un juego para gustar? Entre el instinto de seducción, el deseo de mostrar lo mejor de uno mismo y el miedo al rechazo, ¿dónde está la línea divisoria entre el encanto y la estrategia?

La seducción se ha convertido en un campo de estrategias. A juzgar por algunos consejos en las redes sociales, casi parecería que existe un manual de instrucciones para hacer que la otra persona se interese por uno: esperar antes de responder, nunca parecer demasiado disponible, dosificar los mensajes, mantener la distancia, crear misterio… Hasta tal punto que surge una pregunta: ¿hay que jugar un juego, o incluso fingir actuar un papel, para gustarle a la otra persona?

Para Bérengère de Charentenay, consejera matrimonial y familiar, la respuesta es más matizada: «Cuando alguien me gusta, es natural querer dar una buena imagen de mí misma. Me iré revelando con el tiempo; es comprensible empezar por lo que le gusta al otro». La seducción implica un proceso de selección: algunas cosas se muestran, otras permanecen en la intimidad. «La misma palabra ‘seducción’ remite a la idea de atraer al otro hacia uno mismo. La necesidad de gustar es profundamente humana», subraya la especialista.

Un deseo de mostrar lo mejor de uno mismo que también puede estar relacionado con el miedo al rechazo. «En algunos casos, actuar puede convertirse así en un mecanismo de defensa. Una persona que ya ha experimentado el rechazo después de mostrarse tal como es puede aprender a filtrar más lo que deja ver. Con el tiempo, puede terminar por presentar a los demás una versión de sí misma que considera más fácil de querer. La actuación ya no es solo una forma de seducir. Se convierte en una forma de evitar el riesgo de ser rechazado», matiza la experta.

En otras palabras, mostrarse de la mejor manera posible no significa necesariamente hacerse pasar por otra persona. «Pero todo depende de la intención que haya detrás de este acto. ¿Se busca crear una relación duradera o utilizar a la otra persona para obtener algo?», advierte Bérengère de Charentenay, recordando que a nadie le gusta que lo reduzcan a un objeto.

Seducir sin mentir

Este deseo de seducir se remonta a las primeras etapas de la vida amorosa. En ¿Quiénes son estas parejas felices?, el psicólogo y sexólogo canadiense Yvon Dallaire describe cuatro fases en la construcción de una pareja: la pasión y la luna de miel, marcadas por la ilusión amorosa, la fusión y la idealización del otro; la desilusión, cuando surgen la realidad y los defectos; la aceptación, que implica, entre otras cosas, renunciar a querer cambiar al otro; y, por último, el compromiso, basado en una relación más consciente y real.

«Es en la primera fase cuando cada uno muestra de manera natural sus lados más atractivos y el otro puede ver que lo que le atrae, le gusta. Luego viene la desilusión: aparecen los hábitos, también los defectos, y ciertas diferencias se hacen visibles. El otro ya no es solo la persona fascinante de las primeras citas» explica Bérengère de Charentenay. Si bien esta etapa puede ser complicada, es sin embargo esencial para la pareja.

De la pareja imaginaria a la pareja real

 
Para el psicoanalista Jean-Georges Lemaire, precisamente permite pasar de la pareja imaginada a la pareja real. Comienza cuando el otro deja de corresponder perfectamente a los ideales y las expectativas que se proyectan sobre él. La experiencia puede ser difícil, pero permite a la pareja salir de la «neurosis de la ilusión» y reconocer progresivamente la alteridad del otro. Por lo tanto, el reto no es eliminar la seducción, sino permitir que, poco a poco, la fachada deje entrever otras facetas.

«Nuestra fachada suele ser el primer punto de contacto. Solo con el tiempo y al establecerse un clima de confianza y seguridad es que la relación se profundiza, lo que lleva a cada uno a despojarse de la coraza para revelar su yo auténtico. Podríamos ilustrar o comparar esto con el Babybel: el empaque exterior, visible y atractivo; la capa de cera, que protege y oculta; el queso, el verdadero corazón del ser, el yo real. Es importante no mantener una brecha demasiado grande entre nuestra fachada y la realidad de lo que somos», explica la especialista.

Entonces, ¿hay que fingir para gustar?

«Un poco, sin duda. Seducir implica, naturalmente, el deseo de dar una buena imagen de uno mismo y de no revelarlo todo de inmediato. Pero hay una diferencia entre resaltar las propias cualidades y actuar como si fueras otro. Porque, si bien la seducción puede atraer a la otra persona, solo la autenticidad permite luego construir una relación basada en la realidad. Por lo tanto, lo importante no es encontrar la estrategia adecuada para que te quieran, sino poder ser uno mismo poco a poco, aunque eso signifique aceptar que al otro no le guste todo de ti», concluye Bérengère de Charentenay.

Por Anna Ashkova-Aleteia
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