El rescate de la figura paterna y la masculinidad en la educación actual: claves antropológicas y espirituales desde el humanismo cristiano frente a la crisis contemporánea
En un momento marcado por la incertidumbre antropológica y la transformación de los referentes sociales, el debate en torno a la masculinidad y el papel de los padres en el hogar y en las aulas se ha convertido en uno de los mayores desafíos educativos de nuestro tiempo. Para abordar esta realidad a fondo, conversamos con Eduardo Navarro Remis, director académico del Instituto Desarrollo y Persona de la Universidad Francisco de Vitoria, con motivo de la celebración del VII Congreso Online de Educadores Católicos.
A lo largo de esta entrevista, Navarro Remis reflexiona sobre el profundo impacto de la llamada «crisis de la paternidad» en las nuevas generaciones, la urgencia de recuperar una mirada renovada y luminosa de la figura paterna desde el humanismo cristiano, y las herramientas formativas indispensables para acompañar a los educadores en los ámbitos de la afectividad, la sexualidad y la complementariedad humana de cara al nuevo curso.
Hablar hoy de «masculinidad» y de «el corazón del padre» en el ámbito educativo parece tocar uno de los nudos más sensibles y contestados de la cultura contemporánea. Desde diagnóstico antropológico, ¿hasta qué punto la llamada «crisis de la paternidad» está condicionando no solo el rendimiento académico, sino la maduración afectiva y la identidad profunda de las nuevas generaciones?
Aunque es verdad que, en nuestra cultura, la figura paterna no tiene buena prensa, también es cierto que asistimos a un profundo anhelo por el retorno de un padre bueno, de una figura paterna positiva que tenga una presencia benéfica tanto en la familia como en la sociedad.
La psicología moderna, desde Freud, tomó de la mitología griega varios símbolos para explicar las relaciones paternofiliales. Y si Freud ofrecía el mito de Edipo como arquetipo para explicar las relaciones paternofiliales conflictivas, la figura que hoy emerge para explicar el estado actual ya no es la de Edipo, sino más bien la de Telémaco, el hijo de Ulises en La Odisea.
Telémaco simboliza el anhelo por el regreso del padre al hogar, incluso estando presente, ya que existen “hijos huérfanos de padres vivos”. Telémaco siente esta ausencia como una carencia, como un vacío que solo puede llenarlo el retorno del padre. Porque sin el padre, de alguna manera, su identidad no está completa.
Vivimos en lo que se ha llamado la época del “eclipse del padre” ya que el padre, tanto en lo numérico como en lo simbólico, ha desaparecido en muchos hogares. En muchas sociedades avanzadas, por ejemplo, en la de Estados Unidos en la que este tema se investiga y existen numerosos estudios, encontramos estadísticas que indican que aproximadamente uno de cada cuatro niños crecen sin padre. Pero la cifra asciende a la mitad en el caso de niños de la comunidad afroamericana. ¡La mitad de los niños no conoce a su padre!
Lo que defendemos desde la antropología humanista cristiana es que hombres y mujeres, iguales en dignidad y en valor infinito como personas, son al mismo tiempo diferentes. Por eso, la paternidad se asienta en la masculinidad y la entendemos como cierta plenitud del varón. Padre y madre vivifican cada uno a la familia y a la sociedad desde su modo propio de ser persona. Por lo tanto, si no existe el padre, la sociedad y la familia pierden su aportación específica. Al igual que con la madre, sin padre todos salimos perdiendo.
De ser esto cierto, la ausencia del padre terminaría plasmándose en aspectos como el rendimiento académico o la maduración afectiva. De hecho, existen estudios que vienen a confirmar estas afirmaciones. El consenso en la psicología y en la psiquiatría actuales es que la ausencia del padre no es neutra. En los hijos varones produce desequilibrios en el comportamiento que están más externalizados y se manifiestan, por ejemplo, en la transgresión de la ley, las adicciones o una mayor vinculación con la entrada en prisión o el abandono escolar. Mientras que en las hijas esta ausencia queda más internalizada: se manifiesta en heridas en la autoestima.
Por lo tanto, podemos afirmar que la crisis de la paternidad afecta negativamente no solo al hijo, sino a toda la familia y, con ello, a toda la sociedad.
En un clima sociopolítico y mediático donde los modelos tradicionales de masculinidad suelen ser cuestionados o reducidos a estereotipos negativos, ¿cuál debe ser la respuesta específica del educador católico? ¿Cómo evitar caer en la polarización ideológica y proponer, en cambio, una mirada renovada y atractiva de la figura paterna desde el humanismo cristiano?
Creo que el mejor antídoto en esta época donde los referentes clásicos han caído es el testimonio personal. Cada vez estoy más convencido de que no se trata tanto de explicar las cosas como de vivirlas. Aunque los temas importantes han de ser bien explicados, con altura académica y desde la belleza. Pero, ante todo, siendo testigos de aquello que se anuncia.
El tema de la paternidad consiste también en darnos cuenta de que nosotros, los padres, apuntamos a algo más que nosotros, que solo hacemos visible (y con muchos errores y faltas) una parte de la paternidad y que, como dice Cristo en el Evangelio, el verdadero Padre es otro: solo el Padre del Cielo es el Padre verdadero.
Por tanto, nosotros únicamente somos testigos o podemos simbolizar, muy parcialmente, la verdadera paternidad. Por eso creemos que merece la pena ampliar el foco y hablar también de maternidad, paternidad espiritual, acogida familiar y adopción o de fecundidad más allá de la fertilidad.
La respuesta específica del educador católico es, por tanto, el testimonio, hacer hueco y mostrar el camino hacia la verdadera paternidad. Y hacerlo desde la conciencia de ser hijos. Y para dar testimonio hay que comprender y amar nuestra vocación e identidad.
En un tiempo como el nuestro, marcado por la polarización, tenemos que responder con el gran superpoder que tienen tanto el padre como la madre: la misericordia. Esa es la virtud de los padres, que adquiere todos los adjetivos que leemos en I Corintios 13 (paciente, servicial, perdona y olvida…).
La parábola del hijo pródigo es también y sobre todo la del padre misericordioso. Ese es el verdadero poder que tienen los padres; esa es su virtud.
La identidad del hijo es pura receptividad. Por tanto, su virtud propia es el agradecimiento. La identidad paterna y materna, en cambio, es de entrega: consiste en convertirse en condición de crecimiento para el hijo. Por tanto, consiste en una entrega total, en aceptar que el otro me traspase y tome de mí lo que precise, en mostrarle que merece la pena vivir a través de la hipótesis de vida que le ponemos delante.
En esa entrega, otro superpoder que tienen el padre y la madre —aunque, en este caso, yo diría que especialmente el padre en nuestra cultura— es la invisibilidad. En una cultura como la nuestra, en la que tantas veces vemos ejemplos negativos de figuras paternas, la influencia del padre bueno suele ser invisible y no acapara los titulares. Pero los verdaderos motores de la historia son esos padres y madres silenciosos y humildes que ocupan su lugar y desarrollan su identidad en esta vocación de entrega.
Por tanto, nuestra mirada ha de dirigirse hacia esos buenos modelos de paternidad que existen, proponiéndolos, pero, sobre todo, encarnándolos. Y en esta línea, pienso sobre todo en la figura de San José, padre de Jesús, de quien no tenemos una sola palabra escrita, pero que tuvo el honor de salvar al Salvador en su huida hacia Egipto.
Vivimos en sociedades hiperconectadas pero profundamente huérfanas de referentes significativos. ¿De qué manera la figura del padre —tanto en el hogar como en el aula— se convierte en el eje insustituible para la transmisión no solo de valores morales, sino de la experiencia viva de la fe y la filiación divina frente al anonimato digital?
Nuestra sociedad está huérfana de modelos, pero, al mismo tiempo, vivimos muy pendientes de lo que hacen los demás. Pienso, por ejemplo, en todas las personas que se presentan en las redes sociales como influencers. Esto nos habla de n la necesidad de poder mirar a otros en busca de referencias y modelos de conducta. Y, en efecto, en la medida en que se han perdido los referentes tradicionales, como la familia o la figura del padre, se buscan estos referentes.
Si nos fijamos, en todas las culturas ha existido una especie de código paterno, reconocido como un arquetipo. En este código, el padre asume simbólicamente una serie de funciones y de actos. Por ejemplo, poner el nombre. El padre es el que pone el nombre. Al poner el nombre, no solo designa al hijo, sino que lo individualiza e introduce en un legado, en una tradición, y le dice: «Tú eres mío, tú eres nuestro». Le concede esta seguridad en el origen.
Al mismo tiempo, simbólicamente, el padre ha sido la autoridad, que hoy en día también está vacía de contenido y se entiende cargada de negatividad, cuando «autoridad» viene de augere, que significa «hacer crecer».
En la vida necesito encontrarme con una autoridad buena. Lo que no necesito es el autoritarismo, que es la perversión de la autoridad. Pero, cuando el padre indica la ley al hijo, le está indicando, sobre todo, el objetivo que le hace crecer. No le está diciendo que le obedezca a él por ser él, sino que le está diciendo: «Hijo mío, este es el camino para que tú puedas crecer». Y, sobre todo, el padre también encarna este código de pertenencia. Al estar en el origen, también le indica al hijo el destino.
Cuando el padre hace acto de presencia con toda esta carga simbólica buena, el hijo se siente seguro y es como si todo lo atrajera hacia él. El hijo necesita ser bien mirado por el padre. Entonces, de alguna manera, efectivamente, el padre simboliza el amor de Dios Padre.
Existen estudios muy curiosos que relacionan la práctica de la fe en los hijos, sobre todo, con el comportamiento del padre. Es decir, que, si el hijo o la hija ven al padre rezar, es más probable que el hijo o la hija recen. Si papá es la autoridad, ¿ante quién se arrodilla mi padre? Si mi padre en la tierra se arrodilla ante el Padre del cielo, eso causa en el hijo un impacto que perdura. Volvemos otra vez al influjo positivo de la presencia paterna.
Este congreso convoca a miles de profesores, orientadores y agentes de pastoral. Tras siete ediciones impulsadas por el Instituto Desarrollo y Persona, ¿cuáles considera que son los principales déficits formativos con los que llegan hoy los educadores a la hora de abordar la afectividad, la sexualidad y la complementariedad varón-mujer, y qué herramientas prácticas aporta este congreso para sanarlos?
El Instituto Desarrollo y Persona lleva más de veinticinco años impartiendo formación en el ámbito de la educación afectivo-sexual. Nuestra misión declarada es formar formadores para que descubran y transmitan la belleza del amor humano, de la afectividad y de la sexualidad.
Es en este descubrimiento de la belleza —en la atracción que el bien despierta en mí— como puedo convertirme verdaderamente en un testigo que anuncia estos contenidos. Nuestros cursos siempre buscan un equilibrio entre la profundidad académica y la calidad de los docentes y contenidos y la experiencia comunitaria y de aprendizaje. Siempre decimos que el método es el profesor, por eso buscamos que nuestros docentes sean el elemento diferenciador.
Los principales déficits formativos que existen hoy en día en estas cuestiones tienen que ver, especialmente, con la pérdida de los conceptos e ideas clave, la ausencia de certezas que sirvan de base para construir. En cierta medida, es una crisis sobre la verdad del amor, de la familia o de la sexualidad. Otro factor clave en nuestros cursos es aplicar el principio de “razón abierta” en el que insistía Benedicto XVI, que nos lleva a integrar fe y razón, esas dos alas de la vedad a las que también se refirió San Juan Pablo II. Esto implica que las ciencias empíricas no se cierren en sí mismas, sino que se abran a la pregunta por el sentido; es decir, a las humanidades.
Creo que el principal déficit que tenemos hoy en día puede encontrarse precisamente ahí: en la ausencia de una antropología adecuada. Sin esta base humana, lo que viene después no encuentra una tierra fértil en la que asentarse. Hoy en día, el gran interrogante de nuestra época, la pregunta que creo que la caracteriza, es la diferencia sexual: la diferencia entre el hombre y la mujer. Porque ahí se adentra también la pregunta sobre el matrimonio, la familia o los hijos, así como sobre la paternidad y la maternidad.
Si tuviera que definir el fruto principal que este VII Congreso espera dejar en las familias y en las aulas de cara al nuevo curso, ¿cuál sería? ¿Cómo transformar este concepto de «el corazón del padre» en una palanca real de transformación social y eclesial para los próximos años?
Personalmente, nos gustaría desvelar algo del misterio del corazón del padre, arrojar algo de luz sobre este gran tema de nuestro tiempo. Cuando hablamos de paternidad, también nos referimos a la paternidad de Dios, de quien procede toda paternidad. Hay un misterio en nuestra fe acerca de por qué Dios, que no es “padre” o “madre” en términos humanos, ha querido revelarse a sí mismo como Padre. En Dios no hay diferencia sexual: no es ni hombre ni mujer. Sin embargo, sí hay diferencia de personas, y hablamos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Hay, por tanto, un misterio por el cual Dios se nos ha revelado como Padre y no como madre. Y el Hijo, al enseñarnos a rezar, nos ha pedido que lo llamemos “Padre” nuestro, y Él mismo lo llamaba “papi, papaíto”.
Quizá, en nuestra época confusa y marcada por tantos cambios, el padre humano ha sido despojado de las prerrogativas que tenía en el pasado. Ahora solo queda volver a la esencia de la paternidad. Esto significa volver al vínculo con la madre y, entre los dos, con el hijo. Volver al vínculo y descubrir la belleza y la riqueza que existen en estas relaciones y en el encuentro que se produce en ellas. Distinguir sin separar la riqueza de las relaciones que se viven en la familia.
Al final, el padre es quien hace hueco, en su corazón y en su vida, a la esposa y al hijo, para poder conducirlos hacia el Otro, con mayúscula. Nos gustaría profundizar un poco en la identidad paterna. El padre, más allá de lo biológico, es aquel que genera y sostiene en la vida y en el ser cada día; aquel que acepta tener una palabra en mi vida y en mi destino; que asume un compromiso con su propia vida, entregándose; que acepta convertirse en condición de posibilidad para el crecimiento del otro, con la virtud propia de la misericordia.








