Los placeres inútiles


Vivimos en una época que nos acostumbró a preguntarnos para qué sirve casi todo. Hacemos ejercicio para estar saludables, trabajamos para producir, estudiamos para aprender algo que podamos utilizar y hasta muchas veces descansamos con la sensación de que deberíamos estar recuperando energía para volver a hacer. En ese contexto, los llamados «placeres inútiles» adquieren un valor enorme: son aquellas pequeñas cosas que no producen nada, no tienen un objetivo concreto y, justamente por eso, nos recuerdan que vivir no es solamente ser productivos.

Un café tomado lentamente, escuchar una canción varias veces, caminar sin tener un destino, mirar cómo cambia la luz de una tarde, cocinar algo simplemente porque nos gusta o conversar durante horas sobre un tema que no va a cambiar nuestra vida son experiencias que no necesitan justificarse. No tienen una utilidad medible. Y, sin embargo, tienen una función profundamente humana: nos devuelven al presente. Nos permiten estar en una experiencia sin convertirla inmediatamente en un medio para conseguir otra cosa.

En la segunda mitad de la vida, esto puede adquirir todavía más importancia. Durante muchos años estuvimos ocupados construyendo, criando, trabajando, resolviendo, cuidando y cumpliendo responsabilidades. Es posible que hayamos aprendido a postergar el placer para cuando todo estuviera terminado. Pero la vida nunca termina de estar resuelta. Siempre habrá algo pendiente. Por eso, una de las grandes libertades de esta etapa puede ser dejar de pedirle al tiempo que sea productivo y empezar a permitirnos simplemente disfrutarlo.

Además, los placeres inútiles pueden ayudarnos a recuperar una parte de nosotros mismos que muchas veces queda escondida detrás de los roles. No somos solamente profesionales, padres, madres, parejas, hijos o personas que cuidan de otros. Esos momentos aparentemente pequeños construyen algo que ninguna agenda puede medir: una sensación de vitalidad y de conexión con nuestra propia vida.

Para envejecer bien necesitamos recuperar el derecho a hacer cosas que no sirven para nada. Porque no todo lo valioso tiene que producir resultados, mejorar nuestro currículum o beneficiar nuestro futuro.

Hay placeres que no sirven para nada y, justamente por eso, sirven para algo esencial: recordarnos que estamos vivos.

Por Diego Bernardini
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