Al leer la historia, encontramos que el totalitarismo busca hacerse del control total de la sociedad para su propio beneficio. ¿Qué tan real es esta tentación en el presente?, ¿y qué enseña la Iglesia para evitarlo?
El totalitarismo es una perversión en la forma de gobernar. A través de ella, el Estado y partido gobernante buscan tener el control total. Esto implica la supresión tácita de los contrapesos, la eliminación de organismos autónomos, la manipulación de la educación, la instauración de políticas económicas y sociales que crean sectores dependientes al régimen y la restricción progresiva de libertades. San Juan Pablo II señaló uno de sus principales peligros:
“La cultura y la praxis del totalitarismo comportan además la negación de la Iglesia. El Estado, o bien el partido, que cree poder realizar en la historia el bien absoluto y se erige por encima de todos los valores, no puede tolerar que se sostenga un criterio objetivo del bien y del mal por encima de la voluntad de los gobernantes y que, en determinadas circunstancias, puede servir para juzgar su comportamiento” (San Juan Pablo II, Centesimus Annus, n. 45).
Aunque existen muchos países en los que se utiliza la fuerza militar, en la actualidad su piedra angular es el populismo, que exalta al partido y da culto a sus líderes.
La moral social ante el totalitarismo
La Doctrina Social de la Iglesia condena el totalitarismo por ser contrario a la dignidad humana, a sus derechos, y al bien común. En efecto, las personas no pueden convertirse en instrumentos del Estado totalitario; al contrario, el Estado debe estar sometido a la voluntad y mando del pueblo al que se deben, en el marco del derecho y para el bien común. Incluso, cabe señalar, el derecho positivo –el creado por los hombres– debe estar sometido a la verdad de la ley natural y moral inscrita por Dios en su creación.
“(…) el totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. (…) La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado” (San Juan Pablo II, Centesimus Annus, n. 44).
Libertad de la Iglesia ante el totalitarismo
Queda claro que la vocación y misión de la Iglesia trasciende el orden social, pero no le es ajeno pues en él viven sus hijos, y en él libran su vida presente (mortal) y futura (inmortal). En este sentido, la Iglesia posee su propia autonomía y derechos para el cumplimiento de su misión. Precisamente, porque la Iglesia va más allá de la contingencia temporal es que su denuncia al totalitarismo no la identifica con una ideología determinada, sea del pasado o del presente, de un color u otro, sino con toda forma de gobierno que lesione la dignidad y derechos humanos y la búsqueda del bien común.
“(…) el Bien supremo y el bien moral se encuentran en la verdad: la verdad de Dios Creador y Redentor, y la verdad del hombre creado y redimido por él. Únicamente sobre esta verdad es posible construir una sociedad renovada y resolver los problemas complejos y graves que la afectan, ante todo el de vencer las formas más diversas de totalitarismo para abrir el camino a la auténtica libertad de la persona» (San Juan Pablo II, Veritatis Splendor, n. 99).
La denuncia profética de la Iglesia
La historia da cuenta de cómo, en su momento, la Iglesia denunció el fascismo italiano, el nazismo alemán, y el comunismo ruso (Cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 92). Y en el presente lo sigue haciendo con las dictaduras militares y con los totalitarismos encubiertos de pseudo democracia (sometida esta al propio Estado), de pseudo participación social (manipulada y controlada), y de pseudo desarrollo (asistencialismo dependiente).
“La moral denuncia la llaga de los estados totalitarios que falsifican sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los mass-media un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran delitos de opinión” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2499).








