Una vida de 100 años

La longevidad y el significado de los años vividos

Hace poco asistí a la celebración de los cien años de un hombre al que conozco desde hace mucho tiempo. Después de escuchar las palabras amorosas de quienes lo acompañaban, se puso de pie con equilibrio y comenzó a hablar. No llevaba un discurso escrito. Recordó episodios de su vida, agradeció a quienes habían formado parte de ella y compartió algunas reflexiones sobre el tiempo transcurrido.

Me impresionaron su lucidez, su memoria prodigiosa y el dominio que conservaba del lenguaje. Su discurso despertó mi interés por su manera de mirar la vida a los cien años.

Pensé en todo lo que había presenciado durante un siglo. En las transformaciones sociales y culturales, en las personas que lo acompañaron durante buena parte de su camino y que ya no están, en las responsabilidades asumidas y las duras circunstancias que tuvo que afrontar desde muy joven.

Conozco algunos aspectos de su historia. Ha llevado una vida activa y ordenada, ha cultivado vínculos afectivos duraderos y conserva una curiosidad intelectual que se expresa en su afición por la lectura.

Su caso me llevó a revisar lo que sabemos sobre la longevidad y a reflexionar sobre lo que significa vivir cien años.

La investigación sobre envejecimiento ha identificado factores asociados con una mayor esperanza de vida y mejores condiciones de salud. La actividad física, los hábitos cotidianos, las relaciones sociales y la estimulación intelectual forman parte de ellos. Su influencia depende de la interacción con la genética, el entorno y las circunstancias individuales.

Desde la neuropsicología, el concepto de reserva cognitiva ayuda a comprender por qué algunas personas conservan un mejor funcionamiento cognitivo frente a determinados cambios cerebrales. Las experiencias educativas y las actividades intelectualmente estimulantes pueden contribuir a desarrollarla a lo largo de la vida.

Reconozco algunos de estos factores en aquel centenario, aunque resulta imposible establecer cuánto ha contribuido cada uno a su longevidad.

Vivir cien años supone haber atravesado numerosas pérdidas. Desaparecen personas queridas, cambian los lugares conocidos y se transforman las referencias culturales con las que construimos nuestra identidad. Quienes alcanzan edades tan avanzadas han tenido que adaptarse a un mundo muy distinto de aquel en el que nacieron.

El psicólogo Erik Erikson identificó la integridad del yo como una tarea característica de la última etapa de la vida: la posibilidad de contemplar la propia existencia, aceptar sus contradicciones y reconocerla como una historia que nos pertenece.

Robert Butler, psiquiatra y gerontólogo estadounidense, estudió un proceso relacionado: la revisión de vida. Describió cómo volver sobre las experiencias pasadas puede favorecer la elaboración de conflictos y una comprensión más integrada de la propia biografía.

Mientras Erikson nos ayuda a comprender el significado de aceptar nuestra historia, Butler aporta una mirada sobre el proceso de revisarla y encontrar nuevas interpretaciones de lo vivido.

El sociólogo sueco Lars Tornstam amplió esta reflexión con su teoría de la gerotrascendencia. Propuso que algunas personas experimentan, durante el envejecimiento, una transformación en su manera de comprender el tiempo, las relaciones y su propia existencia. Pueden conceder menos importancia a ciertas preocupaciones materiales y desarrollar una perspectiva diferente sobre la vida y la finitud.

Estas tres aproximaciones permiten pensar en una dimensión del envejecimiento que me interesa especialmente: la posibilidad de continuar nuestro desarrollo psicológico, incluso cuando hemos recorrido buena parte de la vida. Son procesos que pueden manifestarse de distintas maneras y que no necesariamente experimentan todas las personas.

Al escuchar a aquel centenario, pensé en estas ideas. Había conocido el dolor de despedir a personas cercanas y atravesado momentos difíciles. Al hablar de su historia, reconocía el lugar que otros habían ocupado en ella y expresaba gratitud por lo vivido.

La Organización Mundial de la Salud entiende el envejecimiento saludable desde la capacidad de ser y hacer aquello que cada persona considera valioso. Esta perspectiva reconoce la importancia del entorno para conservar oportunidades de participación.

La autonomía y la lucidez, sin embargo, no determinan el valor de una existencia. Las personas que envejecen con enfermedades o dependencia conservan su dignidad y su derecho a ser escuchadas.

Al terminar su intervención, aquel hombre recibió el afecto de quienes lo acompañábamos. Había hablado de su vida con una claridad admirable y una emoción que todavía recuerdo.

Volví de aquella celebración con el interés de seguir comprendiendo cómo cambia nuestra relación con el tiempo y con una pregunta: ¿de qué manera podemos reconocernos en nuestra historia después de tantos años vividos?

Psic. Alexandra Landázuri Savinovich
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