La letra pequeña de las disculpas (o por qué nos cuesta tanto pedir perdón a secas)

Si para disculparte necesitas un abogado, una presentación con diapositivas y un «es que tú me provocaste», tal vez el problema no sea la afrenta, sino el orgullo

Hace unos días, hablando con un buen amigo mientras se nos enfriaba el café, surgió el tema. Me contaba, con esa sonrisa resignada de quien reconoce un vicio propio en cabeza ajena, la última discusión que había tenido en su casa. Una tontería de tantas, de esas que empiezan por un plato sucio y terminan revisando la historia militar del matrimonio.

—Al final le pedí perdón —me decía—, pero le aclaré que si ella no me hubiera hablado en ese tono, yo no habría saltado.

Me dio la risa. Porque, seamos sinceros, ¿quién no ha perpetrado alguna vez semejante obra maestra de la diplomacia defensiva? Nos encanta pedir perdón… siempre que podamos meter en el mismo sobre una factura de cobro. Nos consuela dejar caer una disculpilla con un matiz tramposo, ese famoso «perdóname, pero…» que en realidad significa: «la culpa fue tuya, solo que yo soy más educado».

San Agustín, que de la psicología del alma humana sabía un par de cosas y no se andaba con rodeos, decía que la soberbia es el amor a la propia excelencia llevado al extremo de la ceguera. Nos aterra quedar expuestos. Pensamos que bajarnos del burro equivale a partirnos la espalda, cuando en realidad lo único que se rompe es la máscara de infalibilidad que nos hemos fabricado para andar por casa.

Pero seamos prácticos: ¿cuántas veces has salido ganando tras defender con uñas y dientes una posición absurda solo por no admitir un patinazo?

Pedir un perdón limpio, desarmado y sin cláusulas de rescisión es una de las bellas artes más escasas del mundo moderno. Cuesta un dolor, no nos vamos a engañar. Exige tragar saliva, dejar los «perros chiquitos» y las justificaciones en el perchero de la entrada y decir cinco palabras secas: «Me he equivocado. Lo siento». Punto. Sin comas, sin subordinadas causales y sin recordar lo que hizo el otro en la Nochebuena de 2018.

Cuando nos atrevemos a hacer esa locura en la mesa del comedor, en la oficina o delante de un hijo, ocurre algo casi milagroso. El ambiente, que estaba a punto de congelarse, se destensa. El otro, que ya tenía los puños cerrados y el escudo levantado para devolver el golpe, se queda de pronto sin contrincante. La vulnerabilidad sincera no nos debilita; al contrario, desarma los conflictos más enconados porque no busca ganar una discusión, busca recuperar a la persona.

San Ignacio de Loyola sugería en sus Ejercicios una práctica sensacional antes de irse a dormir: el examen de conciencia. Nada de latigazos ni culpa estéril, sino una mirada tranquila y honesta al día. Quizá hoy sea un buen momento para hacernos un par de preguntas a quemarropa:

  • ¿Llevo días acumulando distancia con alguien por no querer dar el primer paso?
  • Cuando pido disculpas, ¿estoy buscando sanar la relación o simplemente quedarme por encima en el marcador?
  • ¿Qué pasaría si hoy decidiera pedir perdón por mi parte de la culpa, aunque el otro no mueva un solo dedo?

El Evangelio propone algo bastante radical sobre este asunto. No nos pide que seamos jueces impecables de las faltas ajenas, sino artesanos de la reconciliación. Y la paz auténtica, esa que permite dormir a pierna suelta, nunca se edifica sobre la victoria en un debate, sino sobre la humildad de reconocernos de la misma pasta: imperfectos, torpes, pero capaces de volver a empezar.

Mañana, cuando surja el roce inevitable —porque surgirá, descuida—, prueba a guardarte el «pero». El café sabe mucho mejor cuando no se toma con la coraza puesta.

Por Miguel Morales Gabriel- Exaudi.org
foto www.magnific.com