¿Qué está permitido en la intimidad matrimonial? El experto Carlos Beltramo explica por qué el amor, el respeto mutuo y la castidad son fundamentales para los esposos
Una de las dudas más frecuentes en la vida matrimonial es: ¿todo es lícito en la intimidad sexual dentro del matrimonio? La respuesta la tiene una palabra con mala prensa hoy en día, pero muy útil: la castidad. En algunos círculos se ha creído que la castidad consiste únicamente en que los adolescentes se abstengan de tener relaciones sexuales antes de llegar al altar. Lo que tal vez muchos ignoran es que la castidad es una virtud que se vive a lo largo de toda la vida, incluso dentro del matrimonio. Y, aunque más de uno se sorprenda, para una pareja casada, la castidad consiste precisamente en tener relaciones sexuales.
El amor entre los esposos se construye en todos los aspectos de la vida cotidiana, y una de sus expresiones es la intimidad sexual, ser “dos en una sola carne” (Génesis 2,24 y Mateo 19, 5-6). La buena comunicación, el entendimiento mutuo y una vivencia de la sexualidad conforme al plan de Dios ayudan a fortalecer ese vínculo.
Para profundizar en este tema, Carlos Beltramo, coordinador académico del Máster en Familia de la Universidad de Navarra y miembro del Patronato de la Fundación Goodlove —que agrupa programas de educación sexual acordes con el Magisterio de la Iglesia en diferentes países—, nos explica cómo comprender los alcances de la intimidad conyugal, reflexionando sobre cómo la ética y el amor ayudan a garantizar esa vocación a la unión dentro del matrimonio.
El experto distingue tres señales que ayudan a comprender qué es moralmente lícito en el matrimonio. Son maneras de comprender cómo el respeto y el amor deben estar presentes en la intimidad de los esposos. Y anticipamos que, lejos de ser una constante de prohibiciones, es una visión amplia que invita a los casados a disfrutar del don vocacional que Dios les ha dado: ser marido y mujer, y algunas de sus “ganancias secundarias”, entre ellas, el placer mutuo.
Primera señal:Los límites morales
La primera señal nos lleva a repasar aquellos actos que son inequívocamente contrarios a la naturaleza del acto conyugal. Aquí debemos colocar aquellos actos que deforman el fin anatómico de ciertas partes del cuerpo, sustituyendo la unión sexual por sucedáneos contra natura, así como aquellos mecanismos que alteran el acto o la integridad física de alguno de los dos para despojarlo por completo de su dimensión procreativa.
Beltramo explica que el uso de métodos anticonceptivos repercute en la dimensión unitiva del acto conyugal, pues ambos significados, unitivo y procreativo, están relacionados. “Incluso si solo es un dispositivo de plástico (el condón u otro método similar), estamos hablando de una barrera incómoda y antinatural”.
El experto también recuerda que los anticonceptivos hormonales producen cambios en el organismo de la mujer, entre los que se incluyen, entre otros, efectos sobre el deseo sexual.
Aquí Beltramo hace una distinción entre “anticoncepción” y “no concepción”, esta última entendida como el recurso a los métodos naturales de planificación familiar. Para explicarlo, utiliza una metáfora:
“Imagina que no quieres ver a alguien. Vienes caminando por una vereda y, de pronto, ves a esa persona que viene hacia ti por la misma vereda. Y realmente no quieres toparte con ella. Entonces tienes dos opciones: sigues por la misma vereda y, antes de cruzarte, la matas… o te cambias a la vereda de enfrente para evitar el encuentro. La anticoncepción es ir por la misma vereda y pegarle un tiro a la fertilidad. La no concepción consiste en cruzar a la otra vereda para evitar el encuentro. Y si a la vida le da por saludarte desde la vereda que acabas de dejar, muy seguramente es porque te toca encontrarte con ella en esta ocasión… y disfrutar del encuentro”.
Los métodos naturales de paternidad responsable permiten a los esposos conocer los periodos fértiles e infértiles del ciclo de la mujer y, por motivos justificados que siempre es bueno que el matrimonio sopese de cara a Dios, posponer un embarazo sin recurrir a la anticoncepción. Este proceso requiere comunicación y responsabilidad compartida.
Sin embargo, Beltramo advierte que incluso estos métodos pueden utilizarse con una mentalidad anticonceptiva, cuando la intención de los esposos no corresponde al sentido de una paternidad responsable y generosa.
“Analizando las tres fuentes de la moralidad (objeto moral, intención y circunstancias), utilizar un método natural, en sí, es un objeto bueno. Pero, si tu intención es egoísta, el acto se vicia por la intención. El método natural sigue siendo bueno, pero la intención no lo es, y eso hace que el acto moral se considere contrario a la naturaleza del matrimonio”.
Segunda señal:El respeto mutuo
La segunda señal nos lleva a considerar aquellos gestos y caricias íntimas que, aunque no son moralmente malos en sí mismos, pueden generar incomodidad en alguno de los esposos.
“A tu pareja le pueden molestar cosas que son totalmente lícitas dentro de la intimidad sexual. Una manera de ver los límites es considerar el respeto mutuo, que es otra de las caras del amor”.
Beltramo explica que las manifestaciones de afecto y las caricias que acompañan la intimidad conyugal forman parte de la preparación y la expresión del amor entre los esposos. Siempre y cuando no se altere la función de los genitales y la relación concluya con la unión de los órganos correspondientes, hay muchas muestras de cariño físico que esposo y esposa pueden darse, siempre dentro del respeto mutuo y de la naturaleza del acto conyugal.
“Todas las zonas del cuerpo pueden formar parte de las caricias sexuales previas, siempre que el acto se complete adecuadamente. Ahora bien, si a uno de la pareja no le gusta determinado gesto, ese es su límite personal: no es un límite moral universal, pero para esa pareja es mejor no transitar por allí.”
La intimidad no debe reducirse al disfrute de uno solo, sino que debe procurar el bienestar y el placer de ambos, respetando siempre los gustos y las preferencias de cada persona. Una vez evitadas las situaciones moralmente desordenadas, como veíamos en la primera señal, el amor de los esposos irá fraguando las muestras físicas de afecto e intimidad en el fuego del diálogo, de la comprensión y, en definitiva, en la exploración conjunta de un mundo de disfrute que Dios mismo puso en esa relación tan particular. Juntos marcan el ritmo de esta exploración gozosa.
¿Y qué sucede si, con el paso del tiempo, la pareja cae en la rutina? El experto aconseja buscar nuevas formas de expresar el afecto y de vivir la intimidad, siempre desde el diálogo y el respeto. Y también desde el esfuerzo mutuo y recíproco por conocer al otro, incluso respecto de su anatomía y su psicología. Muchos matrimonios se estancan porque no hacen el esfuerzo de salir de su zona de confort y de ponerse “en los zapatos” de su pareja.
Después de todo, el acto conyugal también es un lenguaje de amor entre los esposos, una oportunidad para seguir conociéndose y fortalecer su unión. Como señala Beltramo, “hay que convencernos de verdad de que el amor es el centro de la vida sexual”.
Tercera señal:El débito conyugal
El débito conyugal, junto con la castidad, es tal vez uno de los conceptos menos usados actualmente y, curiosamente, uno de los que es más urgente y necesario hablar. Aunque el término puede sonar a “obligación de mantener relaciones sexuales cada vez que uno de los esposos lo desee” —normalmente asociado a la imposición machista del varón sobre la mujer—, su sentido es totalmente diferente, mucho más profundo y no debe confundirse con una exigencia ni con una imposición.
“Débito viene de deber, pero un deber de amor, que cada uno en la pareja siente para sí mismo y que está ligado a la dignidad humana. El débito no es de mi pareja hacia mis apetencias, sino de mí mismo, por amor, hacia el bien de mi pareja. El débito nos recuerda que el acto sexual es algo muy importante, de inmensa dignidad, un lugar de florecimiento y de dicha para los esposos. Gracias al débito, la pareja entiende que con la intimidad sexual no se juega: no se la usa para educar al marido ni para presionar a la mujer”.
Este punto es importante porque la intimidad sexual implica una disposición de amor y entrega hacia el otro. Sin embargo, en ocasiones puede utilizarse como forma de castigo o manipulación. Para evitar esta tentación, que daña muchísimo la vida matrimonial, el experto recuerda que, ante un conflicto, debe buscarse la reconciliación, sin utilizar la intimidad como instrumento de presión o manipulación.
Y aquí, nuevamente, la psicología diferencial viene en ayuda de esta comprensión y de este respeto mutuos en el amor. “Frente a una discusión, la mujer suele necesitar resolver el problema para tener sexo —explica Beltramo— ; en cambio, el hombre muchas veces ve el acto sexual como una manera de hacer las paces. Entender esos desajustes ayuda a no manipular con el débito y a establecer verdaderas conexiones mutuas”.
Pero el débito no es solo un recurso frente a los problemas. Son más los elementos positivos que aporta a la pareja que los negativos que evita. Para entenderlo, Beltramo nos propone otro ejemplo:
“Cuando la mujer, a pesar de no estar del todo motivada, atiende a su esposo en un momento de tensión, o cuando el hombre se esfuerza y se toma todo el rato que sea necesario para acariciar pacientemente a su esposa, respetando sus tiempos y permitiendo que ella también disfrute plenamente la relación, ambos están cumpliendo ese deber de amor. Lo más hermoso es que salir de uno mismo para dar placer al otro aumenta el propio placer”.
Esta entrega, por tanto, debe ser siempre libre y recíproca, pues el amor conyugal no puede construirse desde la presión ni desde la obligación de acceder a la intimidad.
Ser recíprocos: también de eso trata la vivencia del acto conyugal. Comunicarse, comprenderse y procurar el bien del otro permite que la intimidad sea una expresión de amor que fortalezca su relación.
Por último, Beltramo hace una mención especial de un problema actual: la pornografía. Advierte que su consumo introduce una mirada ajena en la intimidad de los esposos, afectando la manera en que se relacionan y comprenden su sexualidad. Nunca la pornografía salva la intimidad de una pareja y siempre la destruye.
Lo que realmente salva esa intimidad, tanto la sexual como la cotidiana de “desayunar juntos en el lugar que les recuerda algún momento especial”, es mirar a la pareja como Adán vio a Eva y decir: “Esta sí es carne de mi carne”, “Este sí es carne de mi carne”. Y tener una actitud de gratitud hacia Dios. Porque no solo le ha dado a la pareja la vocación al matrimonio, sino que también ha permitido que dos historias muy distintas se encuentren y se unan para ser una. Y no olvidar nunca que, también en la intimidad sexual, el esposo es el camino al cielo para la esposa, y ella lo es para él. Y por eso, también dar infinitas gracias.








