Cecilia Vera de Gálvez: Educar con la mente y el corazón

Esta es una entrevista especial para mí, porque se la hice a mi mamá, lo cual es inusual en el mundo del periodismo. Hablar con ella de su rol como educadora, crítica literaria y mujer es todo un aprendizaje.

Profundizar en un diálogo público con la persona que más admiro en mi vida es algo complejo. Por un lado, pienso que lo sé todo sobre ella, y por otro, siento que no me he detenido a hacer un recuento de sus logros, porque los he vivido a su lado. En este caso, los méritos de Cecilia Vera de Gálvez han sido muchos (no puedo ser objetiva ni imparcial): formó a 4 hijos, al mismo tiempo que mantenía un matrimonio armonioso y se desempeñaba con soltura en cargos muy importantes dentro del ámbito de la docencia.

Ella es doctora en Filosofía y Letras, una destacada crítica literaria y una educadora connotada en el Ecuador. Fue catedrática universitaria, cinco veces decana de la Facultad de Filosofía y luego  vicerrectora académica de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Se desempeñó también como profesora del Colegio Nuestra Madre de la Merced, como rectora del Colegio Jefferson durante 25 años y como rectora del Colegio Santiago Mayor.

Mientras ella dice que está nerviosa y que no le gustan las entrevistas, nosotros le lanzamos la primera pregunta: ¿cómo entraste a estudiar a la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil en una época en la que muy pocas mujeres iban a la universidad?

“Bueno, a mí siempre me gustó leer. Mi papá me fomentó la lectura desde que yo tenía 10 años. A esa edad me regalaron un libro clásico, Corazón, de Edmundo de Amicis y me encantó. Luego él me invito a una de las pocas librerías que había, la Científica, me presentó al dueño y le dijo: ‘ella es mi hija, cualquier libro que le pida, anótelo en mi cuenta’. Cuando llegué a quinto y sexto curso del Colegio de La Inmaculada, donde me eduqué, me tocó de profesora -fíjate la importancia de los profesores- una religiosa estupenda, increíble para dar clases, con unos conocimientos muy buenos de literatura. Esto influyo mucho para que yo decidiera estudiar algo vinculado con la Literatura. En esa época, de 36 que nos graduamos, solo 2 ingresamos a la universidad. Las otras estudiaron secretariado o se prepararon para la futura vida familiar”, cuenta, para luego continuar recordando que su padre la acompañó a inscribirse en la Universidad de Guayaquil, pero que mientras estudiaba para los exámenes de ingreso la llamó un sacerdote jesuita que era su director espiritual y le comentó que se iba a abrir la Universidad Católica, con una carrera en la que podría sacar el título de profesora y luego de licenciada en Literatura. Y de allí, no hubo vuelta atrás. Pasó de alumna fundadora a profesora y después a vicerrectora de su alma máter.

 

El mundo de la educación

Ella ha sido profesora de varias generaciones de guayaquileños, tanto en colegios como en la universidad y dice llegar a la docencia por la literatura, cuando aún estaba en la universidad: “En esa época comenzó en Ecuador el movimiento de la Acción Católica, entonces una buena amiga mía, que es la doctora Nila Velázquez, me invitó a participar en ese movimiento y allí me vinculé con otras jóvenes que ya trabajaban en diferentes instituciones educativas y un buen día alguien me dijo que en el colegio San Francisco de Asís había una vacante para dar Filosofía y Literatura y me interesó. Allí me estrené como profesora. Había que ir recto por la calle Portete, luego en alguna otra calle virar a la izquierda y ya todo eso no estaba pavimentado, pero iba. Y estuve algunos años”.

Hablando de exalumnos, yo soy testigo de todos los que la encuentran en la calle y la saludan con mucho cariño. Y yo digo, ¿cómo hizo mi mamá para sembrar ese amor al maestro?  Ella simplifica ese mérito diciendo que es cuestión de empatía. “Yo comencé muy joven y a un adolescente, ver a una profesora joven, le inspira más confianza. Aparte de eso yo era muy estricta para el cumplimiento de los estudios, pero me hacía amiga de mis alumnos, no para consentirles cosas sino a veces para escuchar sus preocupaciones fuera de la clase. Era como una consejera joven, no demasiado intensa, pero sí me preocupaba de ‘la persona’ del alumno. A veces en la clase hacía bromas o, para que no se aburrieran, contaba las historias como un cuento”.

Un matrimonio en Año Nuevo

En 1966 se casó con el médico Arnaldo Gálvez Cortés. “Después de un tiempo, nos fuimos a vivir a México. Tú tenías un año, pero desde pequeñita fuiste mi relacionista pública. Vivíamos en un edificio, cerca del hospital, y te hiciste amiga de todas las señoras de los demás departamentos. Cuando salíamos, tú decías, por ejemplo: ‘Hola, señora Amira, le presento a mi mamá’.  Yo nunca he sido muy sociable sino un poco distante y tú me presentabas a todos”.

Mientras mi papá hacía su especialización en pediatría, ella realizó sus estudios de posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México. Regresó con la tesis desarrollada bajo la orientación de la reconocida poeta y novelista Rosario Castellanos. “Al volver, revalidé los cursos doctorales en la Universidad Católica”. Enseguida empezó a dar clases en el colegio Las Mercedarias, donde permaneció durante 14 años y al que describe como el mejor trabajo de su vida.

Se enseña con el testimonio

Regresando al tema de la docencia, en el que ella es experta, le lanzo una pregunta tras otra, para luego hablar un poco de su tema favorito: la Literatura.

¿Qué diferencias encuentras entre la educación de antes y la de ahora?

“ A mí me encantaba el aula, por eso nunca dejé de dar clases.  Yo creo que una persona que solo se dedica a la administración educativa y no tiene un vínculo en el aula con los estudiantes, es una persona distante, que no va a influenciar mucho en la formación de esos estudiantes.

Y, ¿qué crees que le falta a la educación hoy?

“Siempre dicen que por qué se quitó la ética, pero pienso que es tan solo una materia. La ética tiene que ver con la formación del profesor. Él tiene que comenzar dando testimonio de su vida, de su manera de pensar y de lo que hace.

¿Cómo se logra enseñar la empatía, el respeto y la honestidad?

“Primero, con el testimonio. Si el profesor es empático, tiene que saber cuáles son los intereses de los alumnos, tiene que enterarse en qué andan los adolescentes. Tienes que estar al día, investigar y entrar un poco por allí”.

¿Qué es lo que más te preocupa de la formación de los jóvenes actualmente?

“Tal vez no vaya a gustar lo que diga, pero me preocupa la formación de los profesores. Ellos  deben aprovechar cualquier asignatura para transmitir los valores. La ética está en el testimonio de los profesores, en la conversación de los profesores con los alumnos, en aprovechar cualquier cosa para hablar de valores”.

Pasando al tema de los libros, ¿qué ha significado en tu vida tu faceta como crítica literaria?

“Ha sido mi realización personal y profesional. La literatura enriquece como cualquier otra rama del arte. Hay gente que es aficionada a la pintura y que no mira el cuadro solo para decir ‘me gusta’ sino para interpretar cuáles son los mensajes. El arte reproduce la realidad y desde allí te da mensajes”.

Sobre la madre… mi madre

Después de 51 años de matrimonio, enviudó de mi padre hace 9 años y eso le cambió la vida, porque la resulta muy difícil sobrellevar esa ausencia, aunque sus 4 hijos “revoloteemos a su alrededor”, como ella dice. A veces, a mí me recuerda que no soy su mamá sino su hija, cuando intento sobreprotegerla o controlarla un poquito. Nos educó a todos con mucho rigor y le encanta decir que sus hijos son profesionales y personas de bien. Así,  Arnaldo Javier es  ingeniero comercial y gestor cultural;  María Asunción, sicóloga y Daniel, médico pediatra. Todos formados con estrictez (de eso doy fe), por un lado, y con mucho amor, por otro, cumpliendo con esa rara combinación de afecto y disciplina que solían dar los padres de antaño.

“Mientras ustedes estaban chicos, yo no tuve cargos administrativos. Arreglaba mis horarios de 9:00 a 12:30. Por ejemplo, tu papá llevaba a tus hermanos o a ti al colegio y yo me quedaba con el más pequeño para llevarlo más tarde al kínder. Luego,  daba clases en la Universidad Católica de 6 de la tarde a 8 de la noche. Yo fui hija única y mi mamá fue de gran ayuda, y aparte de querer ayudarme, ella moría por sus únicos nietos”. Nos reímos cuando ambas recordamos la época en que se dedicó a ser chofer: “Desde las 2:30 de la tarde hasta las 5:30 yo llevaba y traía a niños de todas partes, a tus hermanos a sus entrenamientos de béisbol y a sus clases de pintura, a tu hermana al ballet y a ti a las clases de piano y luego me iba a trabajar”. Pero esa vida intensa de actividades extracurriculares solo era de lunes a jueves, porque los viernes ella siempre despejó su horario para llevarnos de paseo y luego a comer pizza y tomar helados.  

Sabe que en su rol de  madre ha sido muy estricta en algunas cosas, como en los horarios de llegada o en las calificaciones. “En los estudios, hiper estricta y muy demandante”, me dice sin arrepentimiento alguno. “Les he querido enseñar a ser honestos y compasivos. Yo los estaba preparando para que fueran unos adultos responsables y creo que lo he logrado, porque todos ustedes son sanos, buenos hijos, se preocuparon por sus padres y ahora que me he quedado sola, se preocupan mucho por mí”.

Pero con sus nietos, la historia cambia. No existen reglas para Eduardo, de 22 años, estudiante de medicina ni para las pequeñas Josefina de 10 y Maite de 7. “Bueno, es que allí las reglas las ponen los padres. Los abuelos los disfrutamos”, comenta como tratando de justificarse.

Para ella, el mayor desafío de su vida fue lograr el equilibrio entre su vida laboral y personal, “fue llevar una familia como yo creía que la debía llevar, preocupándome constantemente por mi matrimonio y a la vez tratar de cumplir con mis responsabilidades profesionales, que no eran solo el trabajo, porque yo siempre quise estar actualizada y seguía cursos y seminarios”.  A lo largo de su carrera he perdido la cuenta de a cuántos de esos seminarios fue y cuántas conferencias ha dado. Recuerda, por ejemplo, su participación en el grupo de los “Ecuatorianistas”, que estudia literatura ecuatoriana en varias universidades de Estados Unidos o las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana, a la que viajaba con varias colegas, entre las que estaba su gran amiga, la desaparecida escritora Gilda Holst.

Ahora, ya jubilada, sigue activa asesorando a dos clubes de libro con los que se reúne mensualmente y coordinando el programa “Literatura y vino” del Teatro Centro de Arte. Nos cuenta que la hace feliz una reunión familiar en la que todos estemos contentos y pasando bonito, “por ejemplo, cuando comemos juntos los domingos; o el almuerzo con mis amigas, con las 6 de toda la vida o también cuando me veo con otro grupo al que tu papá bautizó como ‘Las pluscuamperfectas’, porque según él, todas nos creíamos perfectas. A veces, también verme con grupos de la universidad. Ahora tenemos una reunión que se llama ‘El after’,  porque es después de la charla de cada mes de ‘Literatura y vino’”.

Y hasta aquí llego yo con esta entrevista. Le digo que espero que se haya sentido cómoda con la conversación, a lo que me responde: “tú me hiciste quitar el miedo”. Y ese, para mí, es el mejor halago del mundo.

Por María Gabriela Gálvez Vera
gabygalvezvera@gmail.com

Puedes ver la entrevista completa en: https://youtu.be/CM2ZfXVA59U