El doomspending revela algo más que malos hábitos financieros entre los jóvenes: comprar para refugiarse en la gratificación inmediata cuando el futuro parece incierto
¿Para qué ahorrar para un futuro incierto si estamos viviendo el presente? Esta es una de las ideas que parecen marcar a una parte de la generación actual. ¿Por qué ahorrar dinero que quizá pueda utilizar dentro de unos años cuando un viaje al otro lado del mundo suena más interesante, un equipo de última tecnología me mantiene conectado y unos tenis de marca ofrecen una satisfacción inmediata?
Detrás de estas preguntas, sin embargo, puede esconderse algo más profundo que el simple deseo de gastar: la dificultad de imaginar un futuro que parezca alcanzable.
Cada vez se habla más de jóvenes que gastan dinero de forma impulsiva porque perciben que construir un patrimonio está cada vez más fuera de su alcance. Ante la angustia económica que esto genera, algunos prefieren destinar sus ingresos al presente. A este fenómeno se le ha llamado doomspending: gastar como respuesta al pesimismo o la ansiedad respecto al futuro.
Un estudio realizado por Intuit Credit Karma -en Estados Unidos- muestra que esta incertidumbre está influyendo directamente en la manera en que los jóvenes se relacionan con el dinero. El 37% de la generación Z y el 39% de los millennials reconoce recurrir al doomspending para afrontar el estrés. Pero quizá el dato más revelador es que 47% de los jóvenes de la generación Z y 43% de los millennials afirman que, ante la incertidumbre sobre el mundo y la economía, les resulta difícil justificar el ahorro. A esto se suma que 43% de los estadounidenses encuestados asegura haber renunciado a algunas de sus metas financieras por considerarlas fuera de su alcance.
Pero, ¿estas preocupaciones son reales?
Durante buena parte del siglo XX se concibió la vida adulta alrededor de una trayectoria relativamente clara: crecer, desarrollarse profesionalmente, tener una familia y construir un patrimonio que proporcionara cierta seguridad financiera, especialmente mediante una vivienda y un sistema de jubilación.
Sin embargo, esa trayectoria ya no se percibe igual para muchos jóvenes. El aumento del costo de vida, la inflación y, especialmente en determinadas ciudades, el encarecimiento de la vivienda han complicado el acceso a algunos de esos objetivos.
En México, el Programa Nacional de Vivienda registró que, entre 2015 y 2025, el precio de la vivienda nueva aumentó 135.7% y el de la usada 119.6%. La brecha también se observa frente a los ingresos: entre 2016 y 2022, el precio promedio de la vivienda creció 58.4%, mientras que el ingreso laboral aumentó apenas 14.3%.
Esto alimenta la comparación entre lo que los jóvenes pueden conseguir hoy y lo que sus padres habían alcanzado a la misma edad. La sensación de estar haciendo “todo lo correcto” —estudiar, trabajar, ahorrar— sin acercarse necesariamente a las mismas metas puede transformar la incertidumbre económica en frustración.
A ello se suman las redes sociales, que pueden reforzar el doomspending mediante la comparación constante. Ver viajes, departamentos, restaurantes, ropa o experiencias de otros jóvenes puede generar la impresión de que todos están avanzando menos uno mismo.
Y aparece entonces una paradoja: si el futuro parece demasiado caro, lejano o incierto, el presente se vuelve el único lugar donde parece posible disfrutar del dinero. El famoso YOLO —you only live once— de hace una década deja de ser únicamente una frase y puede convertirse en una manera de relacionarse con el tiempo: si no sé qué podré construir mañana, al menos puedo disfrutar algo hoy.
¿A dónde nos está llevando este fenómeno?
El problema es que gastar no elimina la incertidumbre que provocó el gasto. Comprar algo deseado puede producir una sensación inmediata de recompensa y bienestar y, durante un momento, distraer de la preocupación económica. Pero ese alivio es temporal.
Incluso puede producirse un círculo vicioso: incertidumbre, ansiedad, consumo, alivio momentáneo y, posteriormente, una situación financiera que genera todavía más preocupación.
El doomspending encierra así una contradicción: nace del miedo a no poder construir seguridad en el futuro, pero puede llevar a tomar decisiones que hagan todavía más difícil construirla. El intento de escapar de la incertidumbre termina, paradójicamente, alimentándola.
Aquí aparece una pregunta que va más allá de las finanzas: ¿qué sucede cuando dejamos de creer que vale la pena construir algo que todavía no podemos ver?
Para los cristianos, no conocer el futuro no significa que este carezca de sentido. Lo que hacemos hoy tiene consecuencias y puede convertirse en parte de aquello que estamos llamados a construir mañana.
Esto tampoco significa vivir acumulando dinero por miedo. La alternativa al doomspending no es sustituir la ansiedad por gastar por la ansiedad por ahorrar. La esperanza cristiana tampoco consiste en creer ingenuamente que todo saldrá exactamente como queremos.
“Porque yo sé los planes que tengo para ustedes —oráculo del Señor—, planes de bienestar y no de desgracia, para darles un futuro y una esperanza.” (Jeremías 29,11)
La esperanza nos recuerda que Dios no nos abandona y que nuestra vida no queda reducida a aquello que podemos controlar. Precisamente por eso podemos actuar en el presente sin exigir tener asegurado todo el futuro. Ahorrar, prepararnos, disfrutar responsablemente de lo que tenemos y construir poco a poco no son acciones contradictorias.
¿Cómo recuperar el sentido del tiempo?
- Practica la templanza. La educación financiera debe ir acompañada de un reordenamiento de los afectos. Esta virtud permite distinguir entre el deseo pasajero y un bien que merece ser construido a largo plazo.
- Asume pequeños compromisos. Construir certidumbre mediante acciones pequeñas pero constantes —un ahorro modesto, un proyecto personal, aprender una habilidad o cuidar los vínculos— puede devolvernos la sensación de que nuestras decisiones presentes sí tienen consecuencias sobre el mañana.
- Confía sin dejar de construir. Vive en la esperanza y en la confianza en la Providencia. Permítete trabajar por el futuro sin convertirlo en una obsesión y disfrutar del presente sin consumirlo como si no existiera un mañana.








