Conversamos con máquinas, pero el abrazo sigue siendo humano

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Cuando el algoritmo escucha

Son las once y media de la noche. La casa está en silencio. La ciudad duerme. En la habitación apenas queda encendida la luz del velador, donde una taza de té acompaña el resplandor de una pantalla.

Sandra —65 años, jubilada, madre y abuela— no puede dormir. Hace unos minutos vio las noticias y con ello fuertes imágenes: delincuencia, guerra y desastres por inundaciones en distintas regiones del planeta. Las imágenes la impresionaron más de lo que esperaba. No es solo el dato técnico; es la sensación persistente de que el mundo que heredarán sus descendientes será más incierto que el que ella habitó de niña.

Abre una aplicación de inteligencia artificial y escribe:

“Me angustia pensar en el futuro del planeta. ¿Y si en 10 años el agua se agota? ¿Y si estalla la 3era. Guerra mundial? ¿Cómo será la vida de mis hijos y nietos?”

La respuesta llega en segundos. Es ordenada, estructurada. Le explica escenarios probables, distingue entre alarmismo y evidencia científica, le ofrece estrategias personales para reducir la ansiedad y sugiere acciones concretas: informarse en fuentes confiables, participar en iniciativas comunitarias, conversar con la familia sobre consumo responsable y reciclaje. Incluso valida su emoción, le dice: “Es comprensible sentir preocupación ante estos temas.”

Sandra respira más lento. No porque el problema haya desaparecido, sino porque “alguien” —mas bien, “algo”— ha estado ahí, al alcance de su dedo sin importar la hora y le ha proporcionado información valiosa y resumida.

Cierra la aplicación unos minutos después. Se siente algo más tranquila. Pero también experimenta una sensación difícil de nombrar: ha sido escuchada, sí… ¿pero acompañada?

La escena se repite cada vez con mayor frecuencia en hogares de todo el mundo. Personas adultas, jóvenes e incluso niños recurren a sistemas de inteligencia artificial para procesar inquietudes que antes se conversaban en la sobremesa, con un guía espiritual, en la consulta terapéutica o en la intimidad de una amistad de años. El contexto violento y la delincuencia, la preocupación por el cambio climático, la incertidumbre económica o el temor por el futuro de los hijos encuentra ahora un interlocutor inmediato, siempre disponible y técnicamente competente.

La pregunta que comienza a emerger no es si la tecnología puede resolver nuestras inquietudes, entregar información —eso lo hace de manera eficaz, aun con errores pero mejorando velozmente— sino si puede ocupar un lugar en el delicado campo del consuelo y acompañamiento a humanos.

Porque si bien la información puede ayudar a reducir la incertidumbre, la angustia no es solo cognitiva sino existencial, entonces lo que se busca no es únicamente claridad mental, sino sostén emocional.

Y allí comienza el debate

¿Por qué las personas recurren a las IA conversacionales mas allá de la búsqueda de información?

Se me vienen a la mente varias razones obvias, entre ellas la disponibilidad 24/7, gratuidad o bajo costo, «privacidad” – entre comillas -, escucha sin crítica ni juicios de valor, sin interrupciones, sin prisa y, otra no tan obvia o que, de cerca, nos cuesta admitir: la IA conversacional suple una necesidad, un vacío.

La vida cotidiana, las prisas, las cuentas por pagar y también la distracción y exigencias que nos llegan a través de las redes sociales reducen el espacio para el acompañamiento empático y reflexivo que antes llegaba a través de la familia y amigos.

Investigaciones recientes han mostrado como adultos mayores están empleando las aplicaciones de IA generativas o conversacionales como una forma de interacción diaria, compañía y apoyo emocional.

Son varios los documentos que muestran esta nueva realidad. 1 El estudio cualitativo Addressing loneliness by AI chatbot: a qualitative study of empty-nest elderly 2 nos cuenta cómo los adultos mayores que ya no viven en familia interactúan con los chatbots de IA en la comunicación diaria para mitigar la soledad y nos muestra que no solo encuentran una vía confiable y cómoda para expresarse sino que también encontraron sugerencias de auto cuidado, recursos estimulantes a nivel cognitivo como juegos que activan su imaginación y juegos de rol que estimularon su autonomía y facilitaron la re conexión con su red de apoyo sea ésta, de manera presencial o en línea.

Escuchar o acompañar

La experiencia es distinta.

Cuando nos escuchan, nuestras palabras encuentran un receptor que atiende a lo que decimos, no a cómo lo decimos. En la escucha, alguien, —en este caso una máquina— capta la información, organiza el discurso y responde. Para nuestra comodidad y satisfacción, responde de manera rápida, coherente y sustentada en datos disponibles en la web. Para mayor satisfacción también, ordena ideas, valida emociones y ofrece estrategias. Desde el punto de vista cognitivo, la persona se siente comprendida porque su mensaje fue recibido y respondido.

Cuando somos ESCUCHADOS (la mayúscula es intencional) por un ser humano, somos acompañados y suceden muchas cosas de manera simultánea. Compartimos una experiencia emocional en tiempo real en la que el cuerpo participa.

El cuerpo del otro resuena con nuestro cuerpo, se conmueve con lo que decimos. Ese otro conoce algo —o mucho— de nuestro contexto, y además siente algún tipo de afecto por nosotros, por tanto sus respuestas reflejan empatía, creatividad e intencionalidad, conceptos que la IA no puede ni podrá incluir en la interacción. Se perciben mutuamente pausas, modulaciones de la voz, ritmos de respiración, el otro nos mira y nos vemos reflejados en los ojos de nuestro interlocutor.

Cuando hablamos entre humanos se desarrolla una danza, un va y viene en el que nuestros sistemas nerviosos se regulan mutuamente. Una danza en la que todo habla, no solo las palabras. Un silencio en un momento específico puede ser muy poderoso y nos grita lo que necesitamos percibir.

Cuando conversamos con una IA obtenemos información y hasta podemos sentir algo de empatía limitada al plano lingüístico pero no experimenta angustia o alegría por lo que decimos, no hay experiencia relacional. Por eso muchas personas pueden terminar una conversación digital sintiéndose aliviadas, pero no necesariamente menos solas. Han sido escuchadas en el plano del pensamiento; no siempre acompañadas en el plano del vínculo. Y en el ámbito emocional, el vínculo no es un accesorio, es lo que nos sostiene e incluso constituye.

Una mirada integradora para la convivencia con la IA 

No pretendo satanizar a la inteligencia artificial ni ubicarme en una postura de resistencia tecnológica. Al contrario, la utilizo, la valoro y reconozco su enorme potencial. Precisamente por eso, el punto no es temerle, sino mirarla con madurez. La conversación que necesitamos —como padres, educadores, autoridades y ciudadanos en general— no es si debemos usarla o no, sino cómo nos estamos relacionando con ella.

La cuestión central es el uso consciente y responsable que le damos; la claridad con la que diferenciamos sus alcances de sus límites; la lucidez para reconocer que puede hacer tareas cognitivas mucho más rápido que cualquier ser humano; incluso simular escucha, pero no constituir un vínculo real. Y, al mismo tiempo, la responsabilidad colectiva de prepararnos ante el impacto social y económico que trae consigo su vertiginoso desarrollo.

La tecnología avanza con rapidez. Nuestra reflexión y capacitación no pueden avanzar con lentitud.

En un mundo donde podemos conversar con máquinas que nos responden con palabras cálidas, la pregunta decisiva permanece abierta: ¿qué estamos haciendo para preservar la presencia humana?

1 https://www.lifeandnews.com/articles/older-americans-are-using-ai-%E2%88%92-studyshows-how-and-what-they-think-of-it/?
2 https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12922247/?
Ana Paulina Sotomayor/Psicóloga Clínica. Magister en Psicología
anapaulinasotomayorparedes@gmail.com
Foto www.freepik.es
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