Cuando cuidar se confunde con control

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Cuidar suele asociarse a un acto incuestionable de amor y responsabilidad.

En la forma en que solemos entender el cuidado, acompañar a una persona mayor implica protegerla, evitarle riesgos y facilitarle la vida. Sin embargo, en la práctica cotidiana, ese cuidado puede transformarse sin mala intención y de manera casi imperceptible, en una forma de control que limita la autonomía, invalida el criterio propio y reduce a la persona a una posición infantilizada.

Como psicóloga y gerontóloga joven, mi trabajo cotidiano me ha puesto en un lugar particular: acompaño procesos de envejecimiento sin estar aún atravesándolos en lo personal. Esa distancia generacional permite observar con claridad cómo muchas prácticas que se consideran normales, incluso amorosas, terminan afectando profundamente la forma en que las personas mayores se perciben a sí mismas. En nombre del “por tu bien”, se decide, se corrige, se organiza y se reemplaza, sin detenerse a pensar en el impacto subjetivo que esto tiene.

La infantilización de los adultos mayores no suele presentarse de manera evidente. No aparece como gritos, castigos o abandono. Se cuela en el tono de voz, en los diminutivos, en la forma de hablar por ellos frente a otros, en la costumbre de no preguntar. Aparece cuando se asume que la persona ya no puede decidir, que no va a entender, que es mejor evitarle la responsabilidad. Muchas veces estas acciones se justifican desde el cuidado, pero parten de una idea muy extendida: que envejecer equivale, casi automáticamente, a perder capacidad.

Desde la gerontología sabemos que envejecer implica cambios, pero no implica dejar de ser una persona adulta. La vulnerabilidad existe, pero no es total ni uniforme. Cuando el cuidado se basa en la suposición de incapacidad generalizada, la relación se vuelve desigual: la persona mayor deja de participar activamente en su vida cotidiana y pasa a ser alguien a quien se le organiza la existencia. En ese punto, el cuidado deja de ser acompañamiento y comienza a parecerse al control.

En el trabajo clínico y comunitario, es frecuente ver cómo estas dinámicas se instalan sin que nadie las cuestione. Las familias reorganizan horarios, imponen rutinas y toman decisiones “para evitar problemas”. Muchas veces lo hacen desde el miedo, el cansancio o la sobrecarga. Sin embargo, cuando se hace por la persona lo que aún puede hacer por sí misma, el mensaje que se transmite es claro: ya no confío en ti. Con el tiempo, esto no solo reduce la funcionalidad, sino también la seguridad y la motivación.

Las consecuencias psicológicas de este tipo de cuidado suelen pasar desapercibidas. Cuando una persona mayor deja de ser consultada, comienza a sentirse desplazada. Aparece la sensación de ser una carga, de estorbar, de ya no tener un lugar propio. La autoestima se resiente, el interés por participar disminuye y pueden aparecer síntomas depresivos, retraimiento social y una dependencia que no siempre responde a una limitación real, sino al lugar que se le ha asignado dentro del vínculo.

Estas formas de relación no se explican únicamente a nivel individual. Tienen que ver con cómo, como sociedad, nos vinculamos con la vejez. Vivimos en contextos que valoran la rapidez, la productividad y la autosuficiencia, y que tienen dificultades para integrar el envejecimiento como una etapa válida de la vida. En ese marco, cuidar muchas veces se vuelve sinónimo de administrar, controlar y anticiparse, más que de escuchar y acompañar.

Revisar cómo cuidamos implica revisar qué entendemos por cuidar. Cuidar no debería significar anular ni sustituir al otro. Un cuidado respetuoso reconoce la autonomía como un derecho, no como algo que se concede cuando la persona no incomoda. Reconoce también que el riesgo razonable forma parte de la vida y que equivocarse sigue siendo un derecho, incluso en la vejez.

Cuidar bien no es hacerlo todo, sino saber cuándo no hacerlo. Es acompañar sin invadir, sostener sin controlar y estar presentes sin ocupar todo el espacio. Es aceptar que la persona mayor sigue siendo autora de su propia historia, incluso cuando necesita apoyo.

Confundir cuidado con control es algo que ocurre más a menudo de lo que solemos admitir. Nombrarlo no busca culpar, sino abrir una conversación necesaria. Como profesional joven que trabaja con personas mayores, creo que el verdadero cuidado no infantiliza ni silencia. El verdadero cuidado confía, respeta y acompaña, incluso cuando el camino no es perfecto.

Por Pisc. María Sol Torres Cañizares/Mgs. Gerontología

Foto www.freepik.es

 

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