O, en realidad, cuidarME para cuiDAR.
Cuando comparto esta frase con mujeres, con mamás y mamás en camino, suelo pedirles que me cuenten cómo fue su día. Lo relatan de arriba abajo, detallando cada acción.
Y luego les pregunto: ¿y qué hiciste ayer para cuidarte?
A menudo, sigue un silencio incómodo, seguido de una larga lista de justificaciones.
Si te pregunto: ¿qué hiciste ayer para cuidar al otro?, seguro podrías darme una larga lista. Pero, ¿y para ti misma?
Según la RAE, cuidar significa: “poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo”. Y agrega: “mirar la propia salud, darse buena vida”.
Desde pequeños aprendimos que cuidarnos era sinónimo de egoísmo. Que primero debemos dar a los demás y, si queda algo, nos damos a nosotros mismos.
Pero hay una frase de Jesús que lo cambia todo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39).
No dice más que a ti mismo. No dice igual que a ti mismo. Dice: como a ti mismo.
Entonces surge la pregunta: si cuidar al prójimo implica amarme como a mí misma, ¿cómo me amo si siempre pongo a todos los demás primero?
No hay una fórmula única ni perfecta. Cuidarse es experimentar, jugar, descubrir, tal como lo hacen los niños.
Podemos preguntarle a la niña y adolescente que llevamos dentro: “¿Qué necesitas? ¿Cómo puedo cuidarte?”
Un buen inicio es mirar nuestras quejas frecuentes. A veces nos quejamos de mamá, papá o pareja. Esa queja nos indica un punto donde podemos empezar a cuidarnos.
Por ejemplo: duele que alguien no me mire a los ojos. Entonces, me pregunto: ¿qué necesito yo? Y la respuesta es clara: atención, presencia, cuidado.
El siguiente paso es transformar esa necesidad en acción: escribirla, recordarla, ponerla a la vista cada día: «Yo te atiendo; yo te miro». Así, poco a poco, comenzamos a amarnos de verdad.
Porque aunque seamos adultos, dentro de nosotros sigue existiendo esa niña y adolescente que pide ser vista.
Cada final es un nuevo comienzo. El primer paso tal vez no te lleve a donde quieres ir, pero sí te saca de donde estás.
Mi invitación: amarME a mí misma para poder amar al prójimo. Si no conozco cómo darme, ¿cómo será dar en abundancia y plenitud al otro?
Cuidarse también significa aprender a hacerlo en comunidad. La maternidad es un camino de regreso a casa: al corazón, a la intuición, a la feminidad. Y este camino se vive con plenitud cuando hay otras personas que acompañan.
Como dice otra frase bíblica: “y los envió de dos en dos”. Somos seres sociales, y reconocer al otro es reconocernos a nosotros mismos.
Cuando nos cuidamos, nos miramos y nos escuchamos, buscamos pares para compartir y sostenernos. Ahí encontramos plenitud.
Muchas veces creemos que debemos hacerlo todo solas. Pero la vida y la maternidad fueron pensadas para vivirse en comunidad.
Recientemente, estuve en la Amazonía con la comunidad Waoroni y confirmé un saber antiguo: se necesita comunidad para criar, para sostener y para acompañar.
Cuando nos abrimos y pedimos ayuda, la maternidad y la crianza se viven con menos presión y más gozo.
Si buscas un espacio donde ser sostenida, escuchada y acompañada, te invito a sumarte a un círculo de mujeres y mamás, un lugar de contención, escucha y conexión profunda para quienes están gestando, transitando el puerperio o criando a sus bebés.
Cuidarnos para cuiDAR empieza desde dentro. La casa está en nuestro corazón. Y desde ahí, el cuidado se expande hacia el otro.
Camila Soriano Rodríguez/Puericultora y acompañante en maternidad y primera infancia









