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Haber hablado de las cuestiones importantes antes del matrimonio (en el noviazgo) nos ayudará a afrontar las crisis en el futuro.

Elegir el tipo de relación (el noviazgo) que queremos fundar entre nosotros es definitivo y no puede cambiar si no es para crecer (p.ej. de unión sin compromiso a unión comprometida; pero no al revés). Lo contrario sería engañar al otro, que está construyendo toda su vida en la confianza de que puede fiarse de mí.

Si queremos una relación de amor, para siempre, en fidelidad, fecunda (matrimonio), cuidar esos elementos, respetarlos y cumplirlos depende de cada uno de nosotros.

Se pueden presentar oportunidades de no ser fieles: en esas ocasiones, cada uno de nosotros puede elegir ser fiel o no. Igualmente depende de nosotros seguir adelante o romper la relación; vivir un amor que da vida o cerrarse a vivir un amor fecundo (que no es sólo tener hijos).

Hay otros elementos que componen el proyecto de vida que queremos tener juntos, que no dependen totalmente de nosotros. Yo lo he llamado algunas veces «la carta a los Reyes» porque conviene que hablemos de estos elementos como si pudiéramos elegir; aunque luego no siempre se podrá cumplir lo que queríamos.

Por ejemplo:

  • ¿Nos gustaría tener una familia numerosa o pequeña? Es bueno hablarlo, aunque luego, que vengan hijos o no, no depende totalmente de nosotros?
  • ¿Nos gustaría poder trabajar los dos fuera de casa? Hemos pensado que sí, pero tal vez más adelante no encontramos trabajo.
  • O al revés: nos gustaría que uno de los dos pudiera quedarse en casa sin trabajar fuera, pero necesitamos los dos sueldos.

Todo esto que compone el proyecto familiar, como digo, no depende totalmente de nosotros. Además, las circunstancias (la salud, el dinero, el trabajo, la familia…) van a ir cambiando a lo largo del tiempo y tendremos que acomodarnos a esos cambios.

 

 

Tener clara la base en el noviazgo

Si es firme la base (lo que depende de nosotros, que es elegir todos los días amarnos en una unión fiel, fecunda, para siempre), podremos adaptarnos (con más o menos esfuerzo) a lo que las circunstancias vayan exigiendo, y saldremos fortalecidos.

No podemos prever qué ocurrirá en el futuro en nuestra familia, pero sí podemos partir de una base compartida por los dos.

En todos estos elementos del proyecto familiar que son cambiantes, es donde se producen las crisis (que no son más que alteraciones en el equilibrio: nos iba bien y sucede algo -bueno o malo- que afecta a nuestra relación y nos exige hacer modificaciones).

Si tenemos clara la base, juntos encontraremos la mejor manera de hacer los cambios que sean mejores para nuestra familia en ese momento concreto: no son decisiones definitivas, irán cambiando según las circunstancias de cada momento.

Por ejemplo, al casarnos hemos decidido que vamos a vivir en una determinada ciudad; a uno de nosotros le ofrecen un trabajo en otro lugar: hay que pensar -juntos- qué es lo mejor para nuestra familia en ese momento: ¿aceptar el trabajo, con los cambios que suponen para todos?

Imaginemos que sí: no es una decisión inmutable de quedarse a vivir allí para siempre; cuando cambien las circunstancias (edad, salud física y psicológica, economía, familia, profesión…), tendremos que valorar de nuevo si es bueno para nosotros en ese momento seguir igual o conviene hacer cambios.

Otro ejemplo: hemos decidido que, en este momento, con niños pequeños, uno de los dos se quede en casa o frene su carrera profesional para estar más tiempo con ellos; cuando los niños pasen de etapa, es bueno replantearse si conviene seguir así o si es oportuno retomar esa carrera profesional.

 

 

¿Para qué hablarlo en el noviazgo?

Si no va a depender totalmente de nosotros, ¿para qué hablar de estas cosas en el noviazgo?

Porque, si hay un acuerdo de fondo, será más fácil que no surjan dificultades graves en el matrimonio y seamos capaces de amoldarnos, unidos, a lo que la vida nos vaya planteando.

También para saber si hay aspectos de nuestro proyecto familiar que me van a costar, pero puedo aceptar y si hay alguna cosa que me produce una ruptura interior, por la que no puedo pasar.

Por ejemplo, casarse con una persona que ya tiene hijos o que tiene algún otro familiar que depende totalmente de ella puede no ser una dificultad para algunas personas y suponer algo imposible de vivir para otras.

También puede ser algo que inicialmente parece difícil y, durante el noviazgo, aprender a vivirlo y que resulte más fácil de lo que se pensaba inicialmente.

De ahí la importancia de la sinceridad y del tiempo, que no me canso de proponer en cada artículo.

 

 

Imprescindible pensar sobre…

Señalo a continuación algunos aspectos que creo que no debemos dejar de pensar antes de casarnos:

¿Cómo nos gustaría plantear las relaciones con las familias? ¿En qué lugar están en mi vida y cómo afecta eso a nuestra relación? ¿Voy a encajar bien los cambios que supone la vida conyugal o hay otras relaciones que quiero anteponer a mi matrimonio?

¿Queremos tener hijos, o no; una familia numerosa o pequeña? ¿Cómo vamos a vivir la sexualidad, la paternidad responsable? ¿Qué pensamos sobre la educación de los hijos? Sin llegar a detalles, sí una idea de qué tipo de formación y el tipo de colegio que nos gustaría.
¿Qué lugar ocupa en la vida de cada uno y cómo vivir la espiritualidad? ¿Compartimos creencias? ¿Hay un respeto hacia las creencias del otro y a cómo las vive? ¿Hay un mínimo que podamos compartir? ¿Tenemos criterios irreconciliables en aspectos fundamentales?
¿Qué lugar ocupa en las prioridades de cada uno el trabajo o el éxito profesional? ¿Es más importante que la familia? ¿Cómo nos gustaría conciliar vida familiar y laboral?

Gestión del dinero: ¿cuentas comunes o separadas? ¿Admitir o no una dependencia económica de las familias de origen? Si uno de los dos se dedica prioritariamente a la atención de la familia, ¿cómo le afectará no tener ingresos propios?

 

 

Escrito por: María Álvarez de las Asturias, del Instituto Coincidir, vía Aleteia.

 

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