En el Ecuador, aún existe una deuda pendiente con miles de niños que, por sus condiciones de vida, son vulnerables a padecer desnutrición crónica infantil.
Para algunos, este término puede parecer técnico o difícil de entender; para mí, refleja una realidad palpable, presente en cada comunidad, en cada familia que sueña con brindar un futuro mejor a sus hijos y no encuentra las condiciones para lograrlo. La desnutrición crónica infantil no es solo un indicador de talla baja para la edad, sino la evidencia de que un niño no ha tenido acceso a las oportunidades mínimas para desarrollarse, la prueba de que la pobreza y la desigualdad marcan la vida desde el vientre materno.
Hoy, según cifras oficiales, casi dos de cada diez niños menores de cinco años padece esta condición. En provincias como Chimborazo o Santa Elena, la situación es aún más grave. No hablamos solo de estadísticas; hablamos de niñas y niños, de talentos que no podrían alcanzar todo su potencial, de futuros comprometidos. Cuando un niño crece con desnutrición crónica, no solo pierde estatura; pierde salud, defensas, capacidad de aprendizaje y oportunidades. Y cuando un niño pierde, pierde el país entero.
Conocedores de que este es uno de los problemas sociales más graves que enfrenta el Ecuador y que los esfuerzos colectivos deben ser permanentes, nació la Fundación Ecuador Crece Contigo, una iniciativa liderada por el expresidente Guillermo Lasso. Su visión abrió el camino para que desde la sociedad civil se contara con un espacio independiente, técnico y articulador frente a este desafío. Hoy, desde la Fundación, trabajamos con la convicción de mejorar la calidad de vida de miles de niñas, niños y sus familias, conscientes de que este sigue siendo uno de los mayores retos que enfrentamos como sociedad.
Desde este espacio, buscamos pensar el problema con rigor, generar soluciones basadas en evidencia y, sobre todo, acompañar a los territorios en la construcción de respuestas sostenibles. La experiencia nos ha demostrado que los problemas complejos no se resuelven con buenas intenciones ni con intervenciones aisladas. Para cambiar la historia, se necesita información confiable, modelos de acción adaptados a la realidad de las comunidades y alianzas sólidas entre todos los actores.
Bajo este enfoque, la Fundación creó el Centro de Análisis y Seguimiento a la DCI, un observatorio que reúne datos, investigaciones y recursos para que familias, comunidades, autoridades y academia puedan tomar decisiones informadas. Porque la información, cuando se comparte y se utiliza, se convierte en una herramienta poderosa para transformar vidas.
Sin embargo, los datos por sí solos no bastan. El verdadero cambio ocurre en el territorio, donde la vida de los niños transcurre día a día. Por eso, también acompañamos a gobiernos locales para adaptar un modelo integral que parte de lo más esencial: la familia y la comunidad. Nuestra apuesta es construir capacidades locales para que las propias comunidades, junto con sus autoridades, sean protagonistas de la transformación.
En varios recorridos que tuve por el país, me encontré con madres y padres que lo único que quieren es que sus hijos tengan una vida mejor que la suya. Ese anhelo tan humano debería ser la brújula de todas nuestras políticas públicas. Sin embargo, con frecuencia la infancia queda relegada ante urgencias políticas de corto plazo pero trabajar en la prevención de la DCI es algo que no puede esperar; cada día que pasa sin actuar es un día que un niño pierde para siempre una oportunidad de crecer sano.
Algunos podrían pensar que la desnutrición crónica infantil es solo un tema más dentro de la agenda social. Nada más lejano a la realidad. Invertir en la infancia es la decisión más estratégica que un país puede tomar. Ninguna política económica ni plan de seguridad dará resultados si antes no aseguramos que los niños crezcan fuertes, sanos y con acceso a oportunidades. Cada dólar destinado a mejorar la vida de un niño no es un gasto: es la inversión más inteligente que podemos realizar.
Lo he comprobado de primera mano. He visto comunidades que cambian sus prácticas de crianza y logran niños más sanos; municipios que priorizan programas de agua y saneamiento; universidades que aportan investigación y conocimiento; líderes comunitarios que defienden los derechos de los más pequeños. Todo ello demuestra que no estamos condenados a la desnutrición. El cambio es posible si combinamos voluntad, evidencia y compromiso.
El Ecuador debe comprometerse de manera permanente para enfrentar la desnutrición crónica infantil. No podemos resignarnos a pensar que “así ha sido siempre”. Contamos con la capacidad de cambiar esta historia si colocamos a la infancia en el centro de nuestras decisiones. Esa es la convicción que guía cada acción de la Fundación Ecuador Crece Contigo, trabajar con rigor técnico, visión territorial y pasión humana, para que cada niño pueda crecer sano, aprender y desplegar todo su potencial.
Por Erwin Ronquillo
Director Ejecutivo de la Fundación Ecuador Crece Contigo









