El amor hacia los pobres

Compartir:

Para estar cerca de Dios hay que estar cerca de los pobres.  

Esta es la exhortación del Papa León XIV en el primer gran documento de su magisterio en el que, al unísono con su predecesor, desarrolla algunas ideas fundamentales sobre el vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres.

  1. El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos.
  • En los primeros siglos, los Padres de la Iglesia enseñaron que lo que das al pobre no es tuyo, es suyo. Que la verdadera comunión eclesial se expresa también en la comunión de los bienes. Y que en el centro de la liturgia cristiana, no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres. Precisamente para compartir los límites y las fragilidades de nuestra condición humana, Él mismo se hizo pobre. En particular, los ministros de la Iglesia nunca deben descuidar el cuidado de los pobres y, menos aún, acumular bienes en beneficio propio. Es necesario que cada uno cumpla con esta obligación con fe sincera y providencia perspicaz. Sin duda, si alguien desvía algo para su propio beneficio, eso es un delito.
  • Desde la Edad Media, la hospitalidad monástica benedictina permanece hasta hoy como signo de una Iglesia que abre las puertas, que acoge sin preguntar, que cura sin exigir nada a cambio. Los monjes cultivaban la tierra, producían alimentos, preparaban medicinas y los ofrecían, con sencillez, a los más necesitados. Su trabajo silencioso fue fermento de una nueva civilización, donde los pobres no eran un problema que resolver, sino hermanos y hermanas que acoger. No solo ayudaban a los pobres: se hacían cercanos a ellos, hermanos en el mismo Señor.
  • En el siglo XIII, ante el crecimiento de las ciudades, la concentración de las riquezas y la aparición de nuevas formas de pobreza, el Espíritu Santo suscitó en la Iglesia un nuevo tipo de consagración: las órdenes mendicantes. A diferencia del modelo monástico estable, los mendicantes adoptaron una vida itinerante, sin propiedades personales ni comunitarias, confiando plenamente en la Providencia. No solo servían a los pobres: se hacían pobres con ellos. Estas Órdenes, como los franciscanos, los dominicos, los agustinos y los carmelitas, representaron una revolución evangélica. El testimonio de los mendicantes desafiaba tanto a la opulencia clerical como la frialdad de la sociedad urbana. Francisco de Asís no fundó una obra social, sino una fraternidad evangélica.
  • El Magisterio de los últimos ciento cincuenta años ofrece una auténtica fuente de enseñanzas referidas a los pobres. El Concilio Vaticano II representa una etapa fundamental en el discernimiento eclesial en relación a los pobres, a la luz de la Revelación. En palabras de Juan XXIII, la Iglesia es la Iglesia de todos, y en particular la Iglesia de los pobres. Gaudium et spes y Populorum progressio insistieron en que el derecho a la vida digna precede a toda propiedad, y que nadie puede retener en exclusiva lo que otros necesitan para sobrevivir.
  • En el período postconciliar, en casi todos los países de América Latina se sintió fuertemente la identificación de la Iglesia con los pobres y la participación activa en su rescate. En Medellín los obispos afirman con fuerza que la Iglesia, para ser plenamente fiel a su vocación, no sólo debe compartir la condición de los pobres, sino también ponerse de su lado, comprometiéndos diligentemente en su promoción integral. La opción preferencial de Dios por los pobres, una expresión nacida en el contexto del continente latinoamericano y en particular en la Asamblea de Puebla pero que ha sido integrada en el magisterio de la Iglesia sucesivo.
  1. Si es verdad que los pobres son sostenidos por quienes tienen medios económicos, también se puede afirmar con certeza lo contrario.
  • Justamente los pobres son quienes nos evangelizan. ¿De qué manera? Los pobres, en el silencio de su misma condición, nos colocan frente a la realidad de nuestra debilidad. Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón.
  • Los pobres son los tesoros de la Iglesia. Debemos reconocer que existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad.
  1. El anuncio del Evangelio solo es creible cuando se traduce en gestos de cercanía y de acogida.
  • El cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social; estos son una “cuestión familiar”, son “de los nuestros”. Nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia. Servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y es adorado. No se trata de “llevarles a Dios”, sino de encontrarlo entre ellos. Así lo advierte la gran parábola del juicio final, el protocolo sobre el cual seremos juzgados.
  • Los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. El Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. La limosna no será la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres. Para que el pobre llegue a sentir que las palabras de Jesús son para él “Yo te he amado” Ap 3,9

Madre Teresa de Calcuta precisó que nuestros pobres son grandes personas, son personas muy queribles, no necesitan nuestra lástima y simpatía, necesitan nuestro amor comprensivo. Necesitan nuestro respeto, necesitan que los tratemos con dignidad. La salvación no es una idea abstracta sino una acción concreta. La ayuda más importante para una persona pobre es promoverla a tener un buen trabajo, para que pueda ganarse una vida más acorde a su dignidad, desarrollando sus capacidades y ofreciendo su esfuerzo personal. La falta de trabajo es mucho más que la falta de una fuente de ingresos para poder vivir. Trabajando nosotros nos hacemos más persona, nuestra humanidad florece, los jóvenes se convierten en adultos solamente trabajando.

Por Francisco Arosemena Robles

Foto www.freepik.es
Compartir:

arte-ipac-navidad