El arte de desear

Tengo la impresión, la teoría, de que a medida de que los años pasan la sexualidad no desaparece sino que cambia de lugar. Esta claro de que con el paso de los años no se trata de rendimiento, de frecuencia o de responder a determinados modelos que aprendimos en la juventud. El deseo puede seguir estando muy presente, pero quizás ahora pide otras cosas: más conexión, más libertad, más presencia y menos obligación. La sensualidad deja de ser patrimonio de una edad y empieza a convertirse en una forma de estar en el mundo, de habitar el cuerpo y de reconocernos deseables y vivos.

También es una etapa en la que muchos de los guiones que aprendimos sobre las relaciones empiezan a quedar chicos. La idea de que una pareja debe cumplir determinadas reglas, que el deseo tiene que aparecer de una determinada manera o que el amor necesariamente debe conducir hacia un modelo conocido de convivencia puede dejar de tener sentido. Y revisar esos aprendizajes no significa renunciar al vínculo: significa preguntarnos cuáles de esas ideas realmente nos representan hoy y cuáles simplemente heredamos.

La segunda mitad de la vida puede ser, entonces, un momento de enorme honestidad. Podemos empezar a reconocer qué queremos, qué ya no queremos y qué estamos dispuestos a construir con otra persona. También podemos descubrir que la intimidad no tiene por qué parecerse a la que tuvimos a los 25 o a los 35. Puede haber más conversación, más ternura, más juego, más cuidado y también una sexualidad profundamente corporal. Una sexualidad que no necesita demostrar nada, porque ya no busca validación: busca encuentro.

Pero para llegar a ese punto hay que animarse a soltar algunos patrones. El miedo a envejecer, a no resultar atractivos, a ser rechazados o a quedar fuera del mercado afectivo puede llevarnos a repetir vínculos que ya conocemos, incluso cuando sabemos que no nos hacen bien. La madurez también consiste en dejar de confundir. Confundir qué…. Bueno… intensidad con deseo, disponibilidad con amor o sufrimiento con profundidad. A veces crecer afectivamente implica aprender a elegir desde un lugar diferente al que elegíamos antes.

Estoy más seguro que nunca que el deseo no tiene fecha de vencimiento: tiene transformaciones. Cuando dejamos de intentar encajar en una idea de cómo deberían ser el amor, el cuerpo y la sexualidad a determinada edad, aparece una pregunta mucho más interesante: ¿cómo quiero vivir hoy mi intimidad?

Les dejo esta pregunta y les deseo, eso, mucho deseo.

Por Diego Bernardini
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