El, Ella, Nosotros

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Ya no hablamos solamente de cuántos años vivimos, sino de cómo los vivimos.

En Argentina, como en la mayoría del mundo, las mujeres tienen mayor expectativa de vida que los hombres. Pero ese dato frío, estadístico, es apenas la punta del iceberg. Lo verdaderamente interesante es comprender qué sucede en esa etapa donde el tiempo deja de ser promesa infinita y se vuelve conciencia concreta.

Los varones, en general, llegan a esta etapa con más carga biológica acumulada: mayor prevalencia de enfermedad cardiovascular, más conductas de riesgo sostenidas durante décadas, menor frecuencia de controles médicos preventivos. Culturalmente, fueron educados para resistir, para no pedir ayuda, para tolerar el dolor en silencio. Eso impacta no solo en la longevidad, sino en el ánimo con el que transitan esta segunda mitad: a veces con sensación de desgaste, otras con dificultad para reconvertirse cuando el trabajo deja de ser el eje identitario.

Las mujeres, por su parte, suelen arribar con mayor red vincular, más entrenamiento emocional y mayor hábito de consulta médica. Han atravesado transiciones biológicas visibles —como la menopausia— que, lejos de ser solo un evento hormonal, se transforman en un hito de revisión vital. Muchas experimentan un renacimiento identitario: los hijos crecen, las prioridades se reordenan, el deseo se redefine. Sin embargo, también cargan con años de doble jornada, cuidados no reconocidos y postergaciones personales que pueden emerger como cansancio o necesidad de reparación.

Lo que los diferencia, entonces, no es solo biología: es cultura, educación emocional, modelos de rol. Pero lo que los une es aún más potente: ambos llegan con la experiencia acumulada, con la posibilidad de elegir distinto, con la oportunidad de resignificar el tiempo. La segunda mitad no es una bajada; es una meseta fértil donde el propósito cobra más valor que la productividad.

Aquí aparece la oportunidad de nutrirse mutuamente. Los hombres pueden aprender de la capacidad femenina de tejer redes, de expresar vulnerabilidad, de consultar antes de que el síntoma sea crisis. Las mujeres pueden nutrirse de la lógica pragmática y la decisión de acción que muchos varones desarrollaron, animándose a priorizar proyectos propios con menos culpa. La complementariedad no es una teoría romántica: es una estrategia de salud.

La longevidad no se trata solo de sumar años, sino de sostener vitalidad, curiosidad y vínculos significativos. Si algo nos enseña esta etapa es que la salud es un proyecto compartido. Llegar bien a la segunda mitad no depende únicamente del ADN, sino de la capacidad de revisar hábitos, pedir ayuda, cultivar relaciones y mantener el deseo activo. En definitiva, se trata de aprender —hombres y mujeres— a vivir más, pero sobre todo, a vivir mejor.

Por  Diego Bernardine/lasegundamitad.org
Foto www.freepik.es
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